Mi reducto era reducido valga la redundancia. Lo había obtenido con un ardid fraguando recomendaciones, firmas y garantías. Se situaba en la panza de la Bolsa de Comercio, entrando por un viejo ascensor de una puertita lateral. Allí escribía, pergeñaba cosas, conspiraba, fracasaba. Allí había escrito el brulote hacia Ojitos Celestes que me valieran una amonestación seria del Sindicato y la reprobación generalizada de los bien pensantes. 

El espíritu de mi padre me sobrevolaba.

-No podés sugerir que el Fulano va a ser desgarrado por un caballo, es una falta de respeto.

Mi madre, con su alma y su hijita en brazos participaba del encuentro astral.

-Yo no lo leí pero dicen que te fuiste a la banquina.

-¿A la banquina? ¿De donde sacás vos esos términos?

-Son de tu padre: estás de cara, tenes una lija bárbara, no te parés de mano, rescatate. 

Y reproducía el gesto del índice y el pulgar moviéndolo de arriba hacia abajo. Lo miré a mi viejo. Se encogió de hombros.

-Es que a mi me tocó el subsuelo y ahí debajo además del calor y el ambiente carcelario se aprenden esas frases. 

Mi vieja en el Cielo y mi viejo en el Infierno. 

¿Sería El Purgatorio para mi? 

Lo dije en voz alta. En ese instante se abrió la entrada e hizo su aparición El Fulano con su camisita celeste y sus pantalones al tono.

-¡Una purga te hace falta!¡A vos te estaba buscando canalla! ¿Que pretendés de mi? -me espetó.

-¿Esa no es una frase de Isabel Sarli? -le susurré.

-Que Isabel ni Evita, no me hablés de nada que tenga que ver con Perón. Vos..vos —y me apuntaba con su índice-. Vos no sabés lo que yo soy capaz de hacer si muevo un dedo. 

Lo miré. Lo olfateé. No olía a sulfuro y estaba tan vivo como yo.

-Primero me acusaste de ladrón en otras contratapas, luego de mezquino, luego de incompetente pero esto de escribir que soy amante de un equino ¡ya es demasiado! 

-Es lo que decimos con mi marido -musitó mi mamá. 

La semblanteó Ojitos Celestes.

-¿Y esta señora? Ah, la de limpieza debe ser. ¿Y este otro? El encargado.

-Traigame un café -le ordenó y luego se dispuso a continuar la lidia conmigo.

Avergonzados con la escena mis padres se retiraron por el foro celestial. Estaba solo con Ojitos Celestes y su mal humor. 

Traté de explicarle lo de la ficción, el yo poético, el viejo rencor que tan mal hace a los escribas, mi fantasía de verlo knock out, mi despecho por el gran amasijo que había armado durante su gestión.

-Nunca me entendieron -dijo en un hilo de voz-. Traté de armar una República deshecha por el populismo y se rieron. Me llaman mentiroso, mentiroso, ¿Vos podés creer? 

Tenía los dedos como sarmientos tapándole la cara y su pecho se movía como si llorase de verdad.

-Levantate y hacete hombre de una buena vez -le grité.

-Te invito a un duelo a pistola, vos y yo en el lugar que quieras. 

Se sorprendió.

-Evito las armas, ya que soy yo quien las cargo yo y jamás las usaría en contra de mis hermanos argentinos o latinoamericanos.

-Estoy en presencia de un cagón le solté para arrepentirme enseguida. 

No me gusta humillar. Saqué de mi bolsillo una banderita de Bolivia para restregársela por la nariz.

-¿Un souvenir de Bulgaria? ¿A que viene este regalito? La acarició con desdén para dejarla caer sobre el piso.

-Agachate y alzala -le increpé. 

Lo hizo.

-Mis abogados te van a venir a buscar, anda sabiéndolo, escritorcito de mala muerte, hijo del peronismo y la educación pública. 

Me tiró la frase como una puteada y antes de irse se despidió:

-Sos un cara rota, un fracasado, un mal tipo, uno que usa el chiste fácil del amor equino; burlándose de que cualquiera, si se lo propone puede llegar a convertirse en centauro. Todos ustedes, los argentinos son muy vagos -fue su frase de despedida. 

Lo mire irse. Noté que aún rengueaba.

[email protected]