Desde Barcelona

UNO Rodríguez se pone de pie y proclama que “Aunque ustedes y Ripley no lo crean: contrario a lo que se asegura, los avestruces nunca esconden la cabeza en el suelo y, por lo tanto, eso de utilizar semejante actitud cuellilarga como agravio comparativo para humanos que rehúyen compromisos y demuestran cobardía es una infamia. Por lo contrario, cuando los avestruces hacen eso es para hacer un agujero donde depositar los huevos que vendrán”. Los suyos que ya vinieron –esposa e hija– ni siquiera alzan sus cogotes para dejar de mirar fijo sus respectivas pantallitas. Su pequeño pero inmenso hijo –el único que aun lo ve y lo escucha– no sabe muy bien qué decir. Así que, brusco golpe de timón, pregunta: “¿Vamos a ver la nueva de Guardianes de la Galaxia, papi?” Y Rodríguez le responde que sí, que claro, que por supuesto, que faltaba más…  

DOS …porque falta cada vez menos (y ese va a ser un día terrible) para que su hijo deje ese nido. Nido que Rodríguez ya casi no abandona, a no ser para ir a trabajar y para volver de trabajar. El resto de su existencia tiene lugar y tiempo cada vez más ahí, dentro, sin salida. Para Rodríguez, los fines de semana ya no son el principio de nada. Apenas un cambio ya no de planes sino de plano: oficina por piso. Y lo bueno de que las modas duren cada vez menos y de que –a su vez– haya cada vez más modas es que, más temprano que tarde, tus defectos o lo más desagradable de tu vida estará, sí, de moda. Y hasta será algo deseable y envidiado por los demás.

Así que, de pronto y al menos por un rato, Rodríguez se dice que lo suyo no es que no tenga ganas o motivos para ausentarse de casa por un rato sino que está practicando el nesting. El término en inglés equivale a anidar en español. O a hacerse la del avestruz. O ya no salir para entrar en uno mismo o cualquiera de esos mantras de auto-ayuda que tras su talante benéfico y relajante apenas encierran a la más desgarradora de las opresiones (Rodríguez e hijo vieron los avances de la nueva Alien antes de la segunda parte de Guardianes de la Galaxia; y aquí viene de nuevo ese monstruo ovulando en tus tripas, hasta que…) siempre lista para abrirte las puertas del mentirte a ti mismo a patadas y darte una de esas palizas de verdad. 

TRES En cualquier caso, ahí está Rodríguez este –y el pasado y el que vendrá– fin de semana: hibernando en primavera. Adentro y haciendo vida interior. Leyendo sobre el nesting, actitud que es la versión intensiva del housewarming. Algo así como disfrutar de lo que se tiene en lugar de partir a la búsqueda de lo que jamás se tendrá y consultores y psicólogos recomendando el retorno a una vida más decimonónica. Volver a eso de hornear pasteles, a ocuparse de macetas de balcón, a leer profundas novelas largas y acústicas. Y, atención, a contar con calcetines de calidad de esos de andar por casa porque “cuando la temperatura de nuestros pies es lo suficientemente cálida y confortable, la sangre irriga de manera directa al clítoris y los genitales masculinos y se alcanzan orgasmos más potentes”. Y así emprender la semana siguiente descansado en paz en lugar de cómo un waking dead. Renunciar a la obsesión del FOMO (el fear of missing out, el temor a perderse algo) y reemplazarlo con el JOMO (la joy of missing out, la alegría de no estar in) dejando de lado toda compulsión ansiosa por alcanzar la más efímera y amarga felicidad divirtiéndote por obligación y lejos del voluntarioso hogar, dulce hogar. Y convertir la casa en santuario y refugio antiatómico. Y –por supuesto, claro, era de esperar– hay numerosos blogs que se dedican a la cuestión. La clave pasa por buena iluminación y luz natural, por no recargar los ambientes con objetos innecesarios, por sillones y camas cómodas y, así, ser miembro de lo que ya se conoce como el Stay At Home Club. O, como lo describe su creadora, Olive Mew, “el club que nunca se reúne”, porque cada uno de sus miembros insiders está muy ocupado en sus cosas, en sus casas, leyendo a la reclusa Emily Dickinson o algo por el estilo. Por supuesto: la tendencia/mandato subliminal tiene sus detractores que advierten que el nesting no es otra cosa que una maniobra comercial obligando al mayor consumo hogareño y al enganche cada vez mayor a cada vez más series de televisión saciando así toda sed de aventura y adormilando toda excitación por lo desconocido. Por mejor desconocido que malo por reconocer y ya falta menos para la nueva temporada de Juego de tronos y, sí, comprar trono para poner en la sala frente a la tele.

CUATRO En casa –más rey de repuesto que rey puesto– Rodríguez piensa también en todos esos ibéricos corruptos políticos y allegados hospedándose en la cárcel de Soto del Real; en los registros a los niditos del Clan Pujol en busca de evidencia de sus evidentes chanchullos de décadas en el nombre de Catalunya; en los re/votantes franceses; en Trump esperando que llegue el fin de semana para poder y pensando en que “iba a ser más fácil” y apretando el botón rojo que se hizo instalar (señal para que le traigan otra Coca-Cola) y contando los minutos que faltan para escaparse de la Casa Blanca y aterrizar en su club de Florida; en el próximo estreno de la nueva Twin Peaks (que, si hay justicia y poética, significará volver al principio de todo y arrancar tanta tontería catódica en el nombre de Laura, otra muerta joven e inmortal). Y en que todo parece indicar que se ha vuelto a adelantar el reloj del Juicio Final y que está todo listo para que los pájaros de acero suelten sus huevos de radiactividad y… No hace mucho, Rodríguez se enteró de que –en caso de Armagedón y de end of the world news and I feel fine– la CNN ha dejado establecido que cerrará su emisión final con imágenes de una banda militar ejecutando “Nearer My God to Thee”. Pero a Rodríguez siempre le pareció mucho más apropiado –desde que vio por primera vez Doctor Strangelove de Stanley Kubrick– la voz de Vera Lynn entonando “We’ll Meet Again”. 

Así se imagina Rodríguez. En su nidito de desamor mientras –ahí fuera, por suerte se quedó en casita– estalla la más odiosa y calentita de las guerritas fresquitas. 

CINCO Y de las muchas cosas que se trajo de aquel adolescente e iniciático viaje a Buenos Aires, Rodríguez nunca olvidará el mantra “Tengo fiaca” en voz y en boca y en labio de su entonces vivísima pero futura muerta y actual fantasmal prima Mirta. Ella creía en la fiaca como en el magma primordial y el combustible nutricio del que brotaban “Las Grandes Ideas y El Gran Arte”. Y Mirta hasta se había documentado mucho acerca de la cuestión. Vidas y obras como la de Ingmar Bergman y Charles Dickens y Henri Poincaré y Charles Darwin, quienes trabajaban pocas horas por día seguros de que la eternidad residía en la paradoja de intensas y rigurosamente disciplinadas aunque breves ráfagas de trabajo de dos horas como mucho. “Y el punto más alto en la escala evolutiva es, sin duda, la siesta”, concluía ella. Y –como en una de esas novelas victorianas– Mirta “giraba sobre sus talones y salía de la estancia”. Y Rodríguez la contemplaba alejarse por el pasillo, no pensando entonces pero sí pensando ahora –mientras arrastra los pies sobre el parquet de un nido del que todos menos él parecen haber volado– en que tiene que comprarse calcetines nuevos.