Es mi alma sujeta entre estos signos la que habla. Habla, y seguirá haciéndolo, aunque no sea del alma lo que dice, sino de algo que le pertenece. Es curioso cómo se puede estar atrapado entre los signos, y al mismo tiempo andarlos como si al galope, encontrando nuevos caminos por cada vuelta. Dicen, las cosas son distintas en esta época. Siempre lo han sido, eso digo. 

No he visto amanecer, ni he sentido un frío de invierno igual a otros. He visto volar y gritar a los teros de varias maneras anunciándose a los guanacos o a los caballos cimarrones que veníamos en bandada. 

He visto correr las nubes transformándose a negras cargas de agua o pequeños nubarrones haciéndose chaparrones. El viento ha jalonado mi ser en cruz, y nunca del mismo costado. La naturaleza es variada en sus ciclos. Hasta para meter ruido y alarido la oportunidad siempre es despareja. Porque un hombre hace primero llenar la panza y esquivar la intemperie, se mueve para eso, y de allí salen todas las cosas. Hace para eso y nada más que para eso, y le viene de haragán cuando tiene bien domado al hambre. El que dibuja estos signos insiste en que cuente la historia. Explica que en eso está la vida del signo y en ellos mi alma.

Era un atardecer frío, uno de mil atardeceres, pero el mío, donde la noche se dejaba ganar por el celaje oscuro. Acurrucado contra los pajonales esperaba el momento de bolear un bicho, cuando de fondo sentí el retumbar hacia el horizonte. Pasaron como flechas apuntando a una carreta que se había quedado empantanada. Se llevaron a alguien, que no lloraba y tenía agarrado un libro de signos como estos. Lo agarraba con destreza pasándolo de mano a mano mientras se acomodaba a los tirones que recibía por la exigencia del flete. 

No alcancé a ver su rostro, cuando de regreso empujaron bien de frente a los guadales pasando a mi lado. En su cuerpo había un temblor de miedo contenido que no supe entender, hasta que vi cómo se les zafó de cabeza, llegando al suelo protegiéndose con el libro entre las manos. La pelea fue como baile (el de estos signos dice que probablemente se podría comparar de otra manera, o tal vez con símiles de otras tierras y otras costumbres para demostrar ilustración y secuencia de culturas), el capitanejo se lanzaba y el otro con su objeto lo apuntaba certero a la mandíbula. Ni rodeándolo o azuzando con las lanzas podían con esa persona diestra al manejo de su libro. Parecía fiera acorralada pero bien serena en la volteada. El filo de la luz disolvió la pelea.

Al amanecer encontré el libro. Me recordó mi propia existencia; el modo destrero de calcular una distancia, esperar el momento, revolear la herramienta hasta que la velocidad sea superior a la fuerza y tumbar el bicho. Yo era ese objeto. El objeto en sus vueltas me sostenía en cada acto. Pensé en la persona indefensa sin su arma y no pude imaginarme sin la mía. Después de todo no era más que eso, un nudo de cuero tensado al momento de soltarlo, y en ese momento estaba la justificación de cada amanecer por venir. Mi vida, la vida de mi gente fabricaba esos objetos, y esos objetos nos permitían seguir. Fuimos lo que el objeto nos dejaba ser.

Entrada la mañana, saliendo lento a un claro, me rodearon. Venían con la persona del libro buscando rastros del capitanejo. En esto le digo a los signos que me describen, que no somos todos iguales, la poca luz permitió la confusión de la mujer, y me tomaron por uno de ellos. El primer lanzazo les quedó corto y ante la espera de ellos salí por el lado de su caballo más flaco. Me corrieron parejo varias leguas pero se fueron cansando. Busqué hacerles ver que enfilaba a un montecito, para rodearlo y salir al medio de los pajonales por detrás. Acurrucado esperando bolearlos, me habían ganado la mano. No hubo gritos de ningún chajá. Empezaron a saltar como grillos y alcancé a enroscar mis tientos en un pescuezo.

Mi alma ahora está entre estos signos que van galopando, trotando, o quedan varados en medio de los pajonales, según quien los use, a la espera del día en que los abra usted, quien tiene allí, en una pared como ornamento, el objeto de mi ser.