Jean Luc Nancy nos propone: ”Luego de la pandemia tenemos que aprender a respirar y a vivir simplemente. Algo que es mucho, difícil y largo; los niños lo experimentan. Ellos, los infantes, no saben hablar. No saben modular su aliento sobre la palabra, pero no piden más que aprende , y aprenden y hablan. Seamos niños. Recreemos un lenguaje. Tengamos esa valentía...”

Nos describe un devenir no tan lejano en el tiempo, de miedo y aislamiento. La lupa viral aumentó nuestras contradicciones y límites. Fue un principio de realidad que golpeó la puerta del principio del placer. La muerte la acompañaba. Pero una muerte ya no disfrazada y negada sino todo lo contrario, siempre presente una amenaza constante. Nos acompañaba en cada uno de nuestros movimientos y en el lugar en que situábamos al otro, otro peligroso, contagioso y hostil; acechándonos en cada esquina.

Tuvimos plena conciencia de nuestra finitud, que nos señalaba el fallido intento de ser infinitamente poderosos. Nuestras certidumbres y seguridades tambalearon y vimos caer nuestra autosuficiencia.

De todas maneras, afirma Nancy, se reavivó una interdependencia tanto del contagio como de la solidaridad, la del mantenimiento a distancia como de la consideración mutua, la de la cohesión social en la observancia de los protocolos como de la anarquía que proponía la mentira y la destrucción.

Y last but not least, “el miedo” cotidiano, miedo a un virus inasible y que alimentaba una ansiedad suplementaria y un estado de alerta permanente aun en nuestras peores pesadillas. El semejante, su proximidad y el temor al contagio, el barbijo en tanto protección y señal inquietante.

La proximidad física, el abrazo, el roce de los cuerpos tenía consecuencias mortales. Se perdieron sonrisas, imágenes, corporalidad. Por un tiempo nos transformamos en un mundo herido en sus metáforas y creencias.

En ese estado de aislamiento permanente se agotan las reservas eróticas como así también las fuerzas que mantienen unida a una sociedad.

Transitamos la desazón y el miedo y nuestra vida se organizó en clave de protocolo, control y limpieza. La recreación de nuestros vínculos quedó despojada de la posibilidad de alojar y de hospedar.

¿Qué efectos se generaron en nuestros chiques en estas condiciones? ¿Qué consecuencias en la construcción de su subjetividad y en la relación con una otredad perniciosa? ¿Podemos pensar en los niños en pandemia y qué se resignificó a posteriori?

Para Donald Winnicott, la importancia del juego y del encuentro con los pares es imprescindible en la infancia. El juego compartido con otros territorializa y genera un espacio de fronteras móviles que dan cuenta de nuestra existencia: el extremo de una cuerda, una sonrisa, una mirada que nos concede la certeza de estar vivos.

En ese instante de convite para estar con otros se descubren e inventan mundos. Es la esencia del inicio de un vínculo y el advenimiento de un sujeto como el protagonista de la aventura de vivir. Y esa cita se renueva cada día.

Este encuentro con el otro extranjero significa una experiencia cultural, surge la creatividad como antecedente de formas de enfrentamiento a conflictos o experiencias ulteriores de nuestra adultez.

Este espacio intermedio, sostiene Winnicott, se alimenta en la confianza hacia la figura materna y sus sustitutos en el mundo extrafamiliar, ellos son los que nos proponen zonas de experimentación vitales y de aprendizaje. Para el infantil sujeto, cada uno de los acontecimeintos de su cotidiano devenir son posibilidades en la construcción del lazo social.

La base o los cimientos de esta construcción se apoya en la confianza, su ausencia significa en parte una pérdida de la zona de juego y su simbología.

Para Fred Plaut, "la capacidad de juego para formar imágenes y usarlas de manera constructiva por recombinación de nuevas figuras depende, a diferencia de los sueños y fantasías, de la posibilidad del individuo para confiar”.

Los niños de la pandemia atravesaron durante días, meses, nuevas condiciones de vida necesarias para su cuidado, pero no sin consecuencias. Y en algunos casos con ausencias definitivas y sin posibilidad de despedida.

Aparecieron nuevas formas de conectarse y lo virtual se convirtió en hegemónico como única posibilidad de encuentro.

No es momento de conclusiones, sí de preguntas, esta pandemia que todavía nos amenaza nos deja como legado en los próximos años el desafío de investigar, intercambiar y generar pensamiento acerca de lo ocurrido.

Gracias a Marcela Altschul tenemos algunos testimonios de los chiques en pandemia que reflejan sus estados de ánimo, su sentido del humor y su indoblegable capacidad de juego (testimonios de su libro de próxima publicación).

..."Si salgo, necesito salir con los que no convivo! No tener que salir con los que veo todo el día hace dos meses”. Anna, 13 años.

...”Lo que me está faltando en mi vida son los espacios intermedios. Los momentos de ir y venir del cole, salir a comprar algo. Todo es un continuo, todo es igual”. Victoria, 14 años.

...”El momento más exitante del día es cuando saco la basura a la puerta”. Lucía, 10 años.

...”El finde podíamos salir pero estaba en modo paja y no quise. Ya me acostumbré a la cuarentena”.  Lara, 12 años.

...”Gané la pelea familiar. Soy el encargado de sacar el perro a la puerta". Federico, 12 años.

Es apenas un comienzo de contar con algunos de sus testimonios, para convocarnos en tanto analistas a pensar en sus miedos y en sus posibilidades creativas para jaquear el miedo y la muerte.

Hago mías las palabras de Jean Luc Nancy a modo de epílogo: ”La enfermedad de la piel de la tierra es el hombre, el ser humano en contra de lo humano y de toda forma de vida que no esté a su servicio. Su prioridad es la relación consigo mismo. Deberemos inventar un dios que baila, otras relaciones entre nosotros y resignificar la palabra humanidad".

Monika Arredondo es psicoanalista.

Bibliografía

Jean Luc Nancy: “Un virus demasiado humano”.

Donald Winnicott: “Realidad y juego”

Fred Plaut: “Analysis-analysed”.

Marcela Altschul: “Rayos y lentejas, grandes reflexiones de pequeños pensadores”.