El cuento no es una especie literaria en extinción. Camila Fabbri escribe relatos de una potencia excepcional por el modo en que ilumina lo inestable o el desequilibrio, por más pequeño o insignificante que parezca. Se atreve a dirigir la atención con la persistencia de un felino que mira sin pestañear la fragilidad humana. En sus historias emerge la inminencia de un peligro que está en el aire o una desintegración que se avecina sigilosa: un yacaré “doméstico” puede convertir el mañana en sobras; un viaje en taxi deviene una experiencia arriesgada y sin escapatoria; un niño que padece una extraña transformación siente miedo de su gato blanco y negro; una joven descubre que la actividad física no será parte de su estructura, así como tampoco la tenencia de un inmueble, porque en su familia nadie es propietario. 

En los relatos de Estamos a salvo (Seix Barral), la escritora, directora de teatro y actriz, que en 2021 fue seleccionada por la revista Granta entre los 25 mejores narradores en español de menores de 35 años, los personajes lidian con eso extraño que crece por dentro, una amenaza que late como una bomba a punto de explotar.

Leer a Camila es sumergirse en un torbellino de observaciones que desbaratan un orden o una composición. Como cuentista logra dar en el blanco de ciertas intuiciones que interpelan con la contenida perplejidad de lo nombrado por primera vez. No hay aspavientos ni subrayados en el tono; más bien lo que se expande, en desplazamientos sutiles, de cuento en cuento, si se mira en conjunto los 17 relatos de Estamos a salvo, es un problema, un conflicto, un “pero” que denota contrariedad o un fantasma que asedia. La autora del libro de relatos Los accidentes (2015) y El día que apagaron la luz (2019), una novela de no ficción sobre la tragedia de Cromañón, ese recital de Callejeros en diciembre de 2004 que terminó con la muerte de 194 jóvenes y más de 1400 heridos, se refiere a la tapa de su más reciente libro de cuentos, en la que se ve una foto de Christa MacAuliffe, la maestra que viajó en el transbordador Challenger que se desintegró 73 segundos después de su lanzamiento el 28 de enero de 1986.

“En la foto, a Christa MacAuliffe se la ve feliz porque en la próxima prueba iba a volar. Y en la próxima prueba voló, literal...En el gesto de ella aparece la idea de una cierta alegría, como si estuviera implícita la pregunta: ¿estaré a salvo?”, analiza la cuentista en la entrevista con Página/12. “Hay algo de humor también en la cita de Charly García por eso que cuenta que se tiró a la pileta desde el noveno piso y miró al cielo, quiso ver a Dios, no lo vio y se rio”, agrega Fabbri (Buenos Aires, 1989), directora de las obras de teatro Brick, Mi primer hiroshima, Condición de buenos nadadores, En lo alto para siempre y Recital Olímpico, que como actriz fue nominada a los Premios Cóndor de Plata por su trabajo en la película Dos disparos, de Martín Rejtman.

El fantasma de la depresión

-En varios cuentos hay un interés por las casas. Las protagonistas no son dueñas del lugar donde viven. ¿Por qué aparece este tema con tanta insistencia?

-Es un tema constitutivo para mí por el hecho de alquilar; es algo de la estructura familiar, de no haber sido dueños y que eso fue una conversación que escuché desde muy niña. La idea de la tenencia de un inmueble; de buscar una casa de tantos ambientes; el tema de las expensas… todo el vocabulario de la vida de la casa, del departamento. Esas cosas que me constituyen desde muy chica aparecen en lo que escribo. Tal vez no fue un tema en otros libros; puede ser que en este tenga que ver con un momento más adulto de salir al mundo y de convertirme en esa adulta que tiene que alquilar también. Antes era algo más oído y no transitado y ahora se transformó en algo propio.

-Otro tema que aparece es la depresión. ¿Por qué te interesa la depresión para explorarla desde la ficción?

-Me crié en una casa de psicoanalistas y tengo el recuerdo de leer mucho el lomo de los libros que hablaban sobre cuestiones como el síntoma, el malestar en la cultura, el superyó, el inconsciente, un vocabulario que no tenía idea de qué se trataba y que ahora es parte de mi vida cotidiana: así como alquilo voy al psicoanalista hace muchísimos años. Siempre estuve rodeada por ese dialecto de los psicoanalistas, que hablan en otro idioma que lo entienden solo ellos y eso me parece muy impresionante. Me obsesiona la tensión entre el cuerpo y el pensamiento, que está en algunos trabajos que hice con Eugenia Pérez Tomas para teatro. Una obra fue En lo alto para siempre y la otra Recital Olímpico; las dos obras toman la hipótesis de la tensión entre el cuerpo y el pensamiento. Hay una chica que es deportista y otra que es una poeta atormentada, que se vinculan y tienen un romance, pero eso termina destruyéndose porque hay una que quiere seguir dedicándose a correr, a saltar, a no pensar, y la otra quiere dedicarse a pensar. Esa tensión me resulta muy atractiva como materia prima para escribir. La depresión no sé si la conozco o no la conozco; nunca estoy tan segura de si la pasé o no. La depresión un día aparece, incapacita un cuerpo, lo obtura, y es algo que viene de adentro, una especie de situación autoinmune. La depresión es un fantasma para mí, creo que por eso aparece tanto.

-¿Le tenés miedo a la depresión?

-Sí, porque muchas veces estuve muy cerca y es muy curioso cómo a veces no hay resistencias a algo tan invisible y la voluntad deja de existir. La depresión es un fantasma de mi vida adulta que en los cuentos se lo adjudico más a las madres; hay un padre depresivo en “El calor era rebelde”, pero son las mujeres las que salen a buscar a sus hijos y los padres se quedan encerrados porque están deprimidos. Mi sensación es que las mujeres, pese a todo, van a salir a buscar. Para mí ese cuento no está solo hablando de la depresión como síntoma sino de la capacidad; con esto no quiero hacer un juicio de género, pero es algo que observo alrededor.

-Tenemos a las Madres y a las Abuelas de Plaza de Mayo, pero no existe una entidad que se haya llamado Padres o Abuelos de Plaza de Mayo, aunque ha habido algunos padres más activos, que acompañaron a las Madres, como Julio Morresi, por ejemplo.

-Es cierto, no lo había pensado... fueron las madres las que se organizaron para hacer todos los jueves la caminata. De ellos no sabemos bien qué fue lo que pasó. No podría juzgarlos; pero lo pienso más como el famoso padre ausente, algo súper permitido que una hija o un hijo tendrá que resolver en algún otro lugar. En cambio una madre ausente es considerada una criminal.

 

Perdonar a los padres

-La maternidad está muy presente, de muchas formas, como por ejemplo en “Linaje”.

-Sí, la mujer que encuentra una perra y que es fecundada sin haber estado con ningún hombre y a la perra le pasa lo mismo... Hay algo de las mujeres solas que también aparece mucho; son mujeres solas que alquilan (se ríe). Ese cuento tiene un epígrafe de la National Geographic que habla sobre la fertilidad y dice que es la hembra la que elige al macho, más allá de que se crea lo contrario. Muchas veces siento que como fenómeno “sociológico” parecería ser que, como en los bailes, son las chicas las que esperan sentadas a que venga el hombre a elegirlas para bailar. En realidad, si uno quiero hacer una lectura más quirúrgica, es la mujer que está decidiendo dónde quiere estar. Me parece una mirada un poco más sana poder verlo así; lo otro es más sesgado y vetusto.

-¿Por qué tanto la paternidad como la maternidad en los cuentos están desplegadas de modo tal que se diría que “hacen lo que pueden”?

-Hay algo más humano, en el sentido de entender la limitación de madres y padres como una forma de perdonar un poco. También el camino a la adultez es entender que estas personas (padres y madres) pueden hasta cierto punto. Y que uno también se va a transformar en eso y que va a hacer lo que pueda. Que tal vez no sea mucho. Tiene que ver con cierto proceso que uno hace en la escritura y más en la vida íntima. El camino a la adultez empieza cuando perdonás ciertos rasgos de tus padres. Cuando uno no puede perdonar a los padres, no termina nunca la infancia.

-¿Qué es estar a salvo para vos?

-Yo creo que es una especie de pregunta permanente que me hago en determinadas situaciones, cuando tengo que hacer grandes movimientos: ¿estaré a salvo acá? El otro día recordaba una viñeta de Mafalda, que fue como mi educación sentimental, en la que está su padre viendo un partido de fútbol atormentado, fumando un montón de cigarrillos y golpeando el piso; en otra está la madre poniéndose los ruleros y escuchando la radio como enajenada y ella está en una habitación observándolos y se pregunta si estará en buenas manos. De muy chica me pareció muy gracioso ese chiste, pero no entendía si era gracia lo que me daba u otra cosa, cierta identificación: ¿estoy en buenas manos? Y cuando estos dos sujetos no estén, ¿entonces qué? Hay algo de esa pregunta, en esa viñeta, que es constitutiva y que aparece en distintas ideas que tiene el libro en relación a tener la sensación de encontrar lugares que parecen seguros y familiares. Estar a salvo es imposible, si se quiere es un oxímoron.

El cuento como casa más familiar

-¿Qué diferencias percibís entre la escritora que publicó su primer libro de cuentos Los accidentes y la cuentista de “Estamos a salvo”?

-Cuando se publicó Los accidentes yo tenía 25 años, pero los cuentos los había escrito entre los 18 y los 23. La diferencia, a priori, tiene que ver con que a esa edad no me pensaba como alguien que pudiera dedicarse a la escritura. Y cuando digo dedicación no hablo solamente de “vivir de” en términos económicos, sino que me refiero a tomar una decisión en cuanto a ese oficio; después si es redituable o no es otro cantar. Esa decisión no había llegado y yo estaba más bien probando. Había una especie de reunión de ideas en Los accidentes, ideas que tenían un principio, un nudo y un desenlace y que eran cuentos. Lo que había armado en ese libro era un camino más sinuoso de alguien que todavía estaba preguntándose muchas cosas en relación al oficio. En Estamos a salvo esa decisión ya llegó y había algo de cierta responsabilidad de escribir un libro y no tanto encontrar un libro en los archivos de Word. Este libro se escribió entre 2016 y 2020 y tuvo un tiempo de construcción. Lo escribí en paralelo con El día que apagaron la luz. Hay dos cuentos que los trabajé en el taller de Liliana Heker entre 2017 y 2018. Hay algunas decisiones más de forma en estos cuentos que tienen una impronta más clásica. Los personajes tienen una presentación; hay algo de lo visual y de invitar al lector a mirar, como si las imágenes estuvieran mucho más nítidas.

-¿Por qué todos los cuentos tienen un epígrafe de la National Geographic?

-Yo tenía los cuentos y había algunos pocos que tenían una cita de National Geographic que me había interesado: uno era “Linaje”, que tenía que ver con la fertilidad, y el otro era “Corremos peligro”, que habla de las células que se multiplican. Lo que pasó fue que le hice leer el libro a Rodrigo Fresán porque fue jurado de lo de Granta y él quiso la primera versión del libro y se la pasé. Y después hubo una conversación en la que me dijo varias cosas y una de las ideas que me dio fue la de encontrar citas de National Geographic que hablaran de la naturaleza en todos los cuentos, para que se pudiera armar el álbum. Me gustó la idea, hice una pesquisa y la probé. Ese ejercicio inverso fue bastante curioso; era leer “Buscando casa” y pensar en qué animal la búsqueda de casa puede aparecer o en qué situación de la naturaleza me imagino que hay algún bicho que busca casa o se va de la casa o se escapa. Lo que se me ocurrió fue lo de las tortugas marinas, que salen de los huevos que se abren en el medio de la arena, pero solo unas pocas llegan al mar.

-¿Seguís escribiendo cuentos o el “mercado” te obligará escribir una novela, como ha pasado con otras cuentistas argentinas?

 

-Por ahora el mercado no me dijo nada (risas). Muchas veces se me preguntó ¿y la novela para cuándo? Yo sé que tan largo no podría escribir porque conozco mis limitaciones y además me aburre. Hay un momento de la peripecia de un solo personaje que para mí se agota, necesito que aparezca uno nuevo y que le pasen otras cosas. Cuando terminé Estamos a salvo escribí una especie de novelita muy corta, o un cuento largo dividido en capítulos, con la que no hice nada. La escribí en 2019, que fue un momento de mucha escritura, y la dejé ahí. El cuento es el género con el que me siento más cómoda y el que más me atrae como lectora.