Trabajadoras de la economía popular, beneficiarias del programa Potenciar Trabajo, cuentan en primera persona qué implica cobrar un plan social, cuáles son las posibilidades que generan los programas económicos en poblaciones con los derechos vulnerados, por qué se trata de un sector altamente feminizado y cómo viven la discriminación y el señalamiento social.

Se trata de un sector de más de 3 millones de personas, según datos del Registro Nacional de Trabajadores y Trabajadoras de la Economía Popular (Renatep), aunque el número podría ser casi el triple si se tiene en cuenta la Encuesta Permanente de Hogares (EPH) y el Ingreso Familiar de Emergencia (IFE). De ese total, el 57,8% son mujeres, siendo las más afectadas por la falta de empleo y quiénes ocupan en un alto porcentaje las tareas de cuidado.

Cartoneras de Chacarita

Sobre la calle Osorio, a una cuadra del cementerio de Chacarita,en la Ciudad de Buenos Aires, funciona una cooperativa de reciclaje y tratamiento de desechos gestionada por mujeres: ANUILLAN. Es mediodía, varias trabajadoras están sentadas en grupo, almuerzan y organizan las tareas para la semana. “Hoy comí arroz con pollo porque me siento un poco mal y acá me cuidan”, dice Ana María Amador, una de las referentes de la cooperativa del MTE (Movimiento de trabajadores excluídos). Caminamos por un pasillo largo por el que ingresa, en simultáneo, una fila de cartoneros con los carros llenos, van directo al control, ahí les indican cuánto material es útil para la venta.

“ANUILLAN es un nombre mapuche que significa mujer decidida”, comenta Ana, lo eligieron hace más de 10 años las cartoneras fundadoras del proyecto. Ana se sienta detrás de un escritorio, prepara mate y tabaco. Tiene 42 años y es mamá de 5 hijos, con una amplitud de edades que van de 25, el más grande a una bebé de dos años. Hace 4, que ya no sale en el carro, los “achaques” no se lo permiten, estuvo casi toda su vida tirando de uno y caminando las calles. Ahora decidió terminar el secundario en el Bachillerato Popular y pasó a ocuparse, junto con otras compañeras, de la gestión del Galpón. Una tarea que al principio le costó, extrañaba su rutina menos estática, pero después entendió la importancia de su rol: cuidar los puestos de trabajo de sus compañeras, dar a conocer cuáles son sus derechos, luchar para que todxs puedan tener un ingreso por las horas trabajadas. “Para la política era mala palabra, siempre lo viví desde el lugar del político que se acerca al barrio cuando necesita los votos, poder entender que esto también es político me costó mucho”. Ana empezó yendo al tren cartonero a hablar con sus compañeres que venían de provincia, contarles qué era el MTE, en qué consistía ser parte, las responsabilidades y los derechos. Hoy existen tres requisitos fundamentales: no trabajar con menores, no consumir ni bebidas alcohólicas ni sustancia en horarios laborales y usar uniforme.

Desde 2017, en el barrio Funebrero, se llevan adelante las tareas de acopio y reciclaje, ollas populares, un nodo de Pueblo a Pueblo y el centro barrial Vientos de Libertad. Un techo que consiguieron a fuerza de lucha y resistencia. “Acá podemos trabajar de forma digna, guardar los carros, traer nuestro material, clasificarlo, pesarlo y llevarlo a otro lugar para poder hacer la venta colectiva”, reconoce Ana.

Juntas, todo

Una de las fundadoras de la cooperativa es Jacki Flores, referenta nacional del Movimiento de Trabajadores Excluidos (MTE) y actual secretaria de Residuos Sólidos Urbanos (RSU) en el Ministerio de Ambiente. Ana resalta que fue quien Impulsó la cooperativa e incentivó a muchas cartoneras a organizarse. También fue quien propuso el rol de Promotoras Ambientales, un logro enorme dentro del mundo cartonero y la primera política con perspectiva de género, en 2012, que permitió generar empleo para muchas trabajadoras que ya no podían tirar del carro. Salen, hablan con lxs vecinxs, les preguntan qué hacen con el material reciclable y les ofrecen un servicio de recolección de ese material. “A todas nos une la problemática de género, vivienda, la falta de trabajo, muchas somos jefas de hogar, madres solteras, sin estudios, ella nos abrió los ojos, nos dimos cuenta de que solas no íbamos a lograr nada”, cuenta Ana que nombra a Jacki con mucho amor y agradecimiento. Hoy las mujeres dentro de la cooperativa asumieron las responsabilidades de gestión, Ana cuenta que fue y sigue siendo un desafío porque muchos compañeros se resisten a que sean ellas quiénes toman decisiones, pero es una lucha diaria que hacen de manera conjunta.

 

“Muchos dicen que el cartonero va y junta mugre, ¿sabes el gran bien que le está haciendo al medio ambiente? son toneladas de plástico, de cartón que recuperamos para el reciclaje”. Otro rol primordial para el sostén de la organización es el de las trabajadoras a cargo de las tareas comunitarias, las ollas de comida para la gente en situación de calle.

Ana María Amador, referente de la cooperativa de MTE en Chacarita.

 

Ana comenzó a cartonear con el carro de su suegro, por necesidad de trabajo, vivía en provincia y se venía a la Ciudad con el tren cartonero, después se separó, no pudo pagar más el alquiler y se mudó de Don Bosco a la casa de su hermana en Chacarita hace casi 10 años, ahí fue que decidió sumarse definitivamente a la cooperativa “subí mi carro al tren cartonero que funcionaba en Constitución y me vine para capital, cuando llegué a la estación caminé hasta acá juntando material”, con las manos en el escritorio marca una línea diagonal “de Constitución a Chacarita”.

“Cuando me dicen planera yo me pregunto ¿qué significa planera? Si cobrás un plan es porque te faltan uno o más derechos, ¿por qué una persona tiene que cobrar un plan? ¿porque no puede cobrar un sueldo o tener un trabajo formal? ¿porque soy vaga?. Si me dicen vos sos planera, yo respondo soy trabajadora”, resume y señala que se trata de una mirada discriminatoria porque es más fácil pegarle a un sector con los derechos vulnerados que a los grandes empresarios. Para las integrantes de la cooperativa, el hoy llamado Potenciar Trabajo, no es un sueldo, es una ayuda para complementar un ingreso que está por debajo de la línea de indigencia. Gracias a ese programa pueden sostener los salarios de casi 159 trabajdorxs de la cooperativa, el resto sigue en lista de espera, aproximadamente otras 150 personas. Un ingreso fijo, más allá del material vendido, para poder pagar un abono de celular, comprarse un par de zapatillas o pagar los servicios. En este nuevo rol, Ana se ocupa de resguardar el presentismo de sus compañerxs, por ejemplo si algunx se enferma ayudarlx a gestionar el trámite para no perder ese día de trabajo. “Yo estuve ahí, con un carro, con frío, con lluvia, con calor, gestionando que alguna compañera vaya a buscar a mis hijos a la escuela si había una emergencia, ese me genera mucha responsabilidad”, reflexiona.

Garantizar la olla

Son las 9 de la mañana y ya hace dos horas que lxs recicladores urbanos del Galpón de la Corriente Villera, ubicado en la calle Iguazú al 1400 en la Villa 21 24 (CABA), entran carros y sacan bloques gigantes de plástico, realizados con una máquina empaquetadora. Al lado del portón se ubica, como todos los miércoles, un grupo de mujeres de la UTT (Unión de trabajadorxs de la Tierra) que traen desde La Plata frutas y verduras a precios populares. La fila de vecinxs se ubica desordenada entre los bloques, las paradas del 46 y el 70, que van hacia Pompeya, generando un embudo para la circulación en esa cuadra. Entre la multitud se puede ver el portón metálico por el que lxs cartoneros ingresan los carros. En la puerta una pizarra anuncia: HOY OLLA POPULAR.

 

Natali Autalán, integrante de la cooperativa de recolección y barrido de la Corriente Villera, está atendiendo un llamado e intentando resolver una situación urgente, camina hacia el fondo del galpón que tiene aproximadamente 20 metros de extensión. A lo lejos se puede ver una máquina, que apelmaza plásticos, y a varios trabajadores vaciando sus carros. Natali vuelve a la puerta, cuando sus compañeras le hacen señas, y levantando el brazo derecho marca con la boca: esperen

 

Recicladoras de la cooperativa de Corriente Villera en el barrio 21-24 de CABA.

En la cartelera ubicada en la pared izquierda, apenas ingresas, hay datos sobre cómo separar la basura, la importancia del cuidado del medio ambiente, indicaciones para lxs cartoneros, días de funcionamiento del Bachillerato, entre otros anuncios sobre las actividades que realiza La Dignidad en la Villa 21- 24.

La Corriente Villera, se ocupa de la recolección de basura en el barrio desde hace más de 10 años. En 2016 comenzaron con las actividades de reciclado. Hoy coordinan puntos de acopio, en los que lxs vecinxs llevan los residuos secos, espacios de separadores de basura y en el galpón se hacen los empaquetados con el plástico para vender.

La Villa 21-24 Zabaleta tiene 64 manzanas, todavía no se terminó de censar pero calculan que hay alrededor de 80 mil habitantes. “Nosotras hacemos difusión para que lxs vecinxs sepan que pueden reciclar”, dice Natali, que ya solucionó el “problema”, y agrega que en el piso de arriba funciona el espacio de cuidadoras comunitarias para que las trabajadoras puedan dejar a sus hijxs durante la jornada laboral. Se suma a la charla Alejo, que con 18 años forma parte del “Espacio de escucha” de la Red sin Muros, un lugar en el que abordan situaciones de consumo problemático, rondas de apoyo a familiares, desayuno, merienda y ollas populares. “Hoy es día de garrafa popular”, cuenta y señala una pila de garrafas que esperan la llegada del camión que hace el reparto, las venden a vecinxs a $700, un 30% del valor de mercado.

Alejo nos acompaña hasta el local en el que funciona la Red Sin Muros en el sector “Pavimento Alegre”, a dos cuadras de Av. Iriarte y cinco del Riachuelo. “Vivir una vida libre de violencia, es tu derecho”, indica uno de los carteles en la reja de entrada. Es un punto de encuentro y contención para el abordaje de consumos problemáticos, se realizan charlas, talleres, de 10 a 11 hs hay desayuno, los viernes a las 20 olla popular. Es miércoles, día de promotoras ambientales y de garrafa social, por lo tanto mientras conversamos entran y salen vecinxs. También es un punto de salud comunitaria, te recibe una mesita con preservativos, pastillas anticonceptivas, trípticos con información sobre salud sexual ingtegral, aborto y un tensiómetro. Un grupo de trabajadoras está sentado alrededor de una mesa, están desayunando mate cocido y galletitas. “¿Cómo llega un plan social a nuestras vidas?”, se ríen, “primero porque salimos a buscar laburo y no encontramos. Hay un estigma sobre la forma de vestir y la forma de hablar por ser habitantes de la villa”, introduce Natalia Molina, que con 45 años, nació y se crió en la 21-24 Zabaleta, de Barracas. Es coordinadora de la junta vecinal Tierra, Techo y Trabajo, y referente del movimiento popular La Dignidad. Según ella, habitar un barrio sin urbanización, sin calles, sin agua, ni luz y muchas otras carencias genera una naturalización de esas violencias y muchas veces lxs vecinxs se olvidan que eso no es lo que les corresponde.

Marta, cuenta que a su hijo lo rechazaron varias veces en entrevistas porque en el DNI dice que vive en la villa, en su caso siempre trabajó de manera informal, hasta que se sumó a la organización y empezó a realizar tareas como promotora ambiental. Van casa por casa explicando a lxs vecinxs cómo separar basura y cuáles son los puntos de acopio para llevar el material seco. “Hoy estamos organizadas y tenemos una segunda generación dentro de la organización”, y señala a Alejo, que sonríe tímide. 

Natalia cuenta que cuando nace su tercera hija, se hacía cada vez más difícil sostener el trabajo, tenía que amamantar y no le daban las horas de lactancia correspondientes. Un accidente laboral le impidió continuar. Desempleada y con tres hijos, encontró en la organización un espacio de contención y dónde llevar adelante sus proyectos “no teníamos lugar y lo abrí en mi casa, salíamos a pelear por el plato de comida para nuestros hijos. En ese momento no se pensaba en trabajo, se pensaba en comer”
 

Acción directa: somos trabajadoras

 

Las primeras conquistas de fuentes de empleo que recuerda, son en el año 2010, tras pasar Navidad en un acampe en la Catedral, lograron que 40 personas ingresaran a trabajar en el espacio público, limpiando las calles del centro. Eva, una de ellas, está sentada en la cabecera de la mesa, tiene una gorra verde oscura y una campera, hecha por sus compañerxs de la cooperativa textil, el uniforme con el que acopia y recupera el material reciclable en el barrio. Llegó a la 21-24 hace casi 20 años, desde Bolivia con sus dos hijas buscando un lugar donde vivir segura, la organización le permitió construir una nueva familia. “No marchamos para molestar a los habitantes de la ciudad. Lo hacemos porque no nos queda alternativa, es la única forma en la que nos escuchan”, señala y cuenta que por más que quiera ir a buscar trabajo no consigue, tiene más de 40 y vive en la villa “o nos rebotan, o nos dan los peores lugares”, remata.

Primero identifican las necesidades del barrio, luego crean ese puesto de trabajo y por último comienza un reclamo al Gobierno por el reconocimiento de esas tareas, básicas, necesarias y de cuidado, de las que el Estado no se hace cargo: limpieza de los pasillos, las paredes pintadas, las calles en condiciones, evitar que se siga contaminando el suelo, recolección de basura, cuidados comunitarios como ollas populares, desayuno, merenderos, puestos de salud y distribución del tráfico, entre muchas otras tareas para mejorar la calidad de vida, ante la falta de urbanización. “Cuando pudimos dejar de pensar en el plato de comida, salimos a pelear por esas fuentes de trabajo”, relata Natalia, hace cuentas y marca con 3 dedos la cantidad de años que limpiaron pasillos, recolectaron y barrieron, sin recibir una remuneración. En 2014 lograron 22 puestos para quiénes se dedicaban a la recolección de residuos. Más adelante, ante la necesidad de un semáforo en las esquinas de las escuelas 10 y 12, crearon los viales comunitarios “nuestra acción directa es cubrir la necesidad, primero se arma el puesto de trabajo y después se ve como garantizar el salario”, indica Natalia y afirma que por eso fue tan importante la conquista del salario social complementario, en 2017, un logro de los movimiento sociales, un beneficio económico que garantiza un ingreso que complementa el trabajo que ya tenés. “Fue un alivio pero en partes porque no todas pudieron cobrarlo, teníamos 300 compañeras esperándolo”, relata Natalia.

Hoy muchas de las trabajadoras cobran el Potenciar Trabajo, un programa económico que promueve “la inclusión social y la autonomía económica de personas en situación de vulnerabilidad”, las integrantes de la corriente villera coinciden en que si bien no es suficiente, ayuda. Marta reclama que todavía faltan muchas conquistas de derechos básicos de la clase trabajadora: obra social, aguinaldo, vacaciones. “Hay gente que quiere que nos reconozcan como vagas, como negras como choriplaneras, incluso dentro de nuestro barrio, pero nosotras buscamos romper con ese discurso y generar la conciencia del trabajo”.

El sonido de los carros, las motos y los autos, que apenas entran en la calle Lavarden, rebotan en las paredes del local y distorsionan la charla. Está la reja abierta y entra un poco de claridad. Los rayos del primer sol de la semana, sin embargo, se posan sobre las casas más altas. Ante unos segundos de silencio, todas la miran a Sandra como indicando que es su turno de hablar, se ríe incómoda, levanta la cabeza y cuenta su preocupación por el anuncio del Gobierno de la Ciudad de Buenos Aires de quitar los subsidios para les estudiantes que no tengan regularidad escolar, denuncia de que los funcionarios saben que en la Villa se viven otras realidades, sin embargo toman medidas y hacen reglas para la clase media alta “si llueve se inunda y no podés salir, si no tenés luz a la noche o no tenes agua, la sensación que se atraviesa en el cuerpo es inmediata, ¿cómo no te vas a deprimir, si te levantas y tenes tu puerta llena de mierda, porque no hay cloaca y el atmosférico no vino aunque lo estuviste llamando hace tres días, cómo se puede cuidar la salud mental y psicológica?”, mira a sus compañeras que asienten con la cabeza. Todas son madres, trabajadoras, a cargo de las tareas de cuidado en el hogar y también, en sus empleos. Natalia suma la incomodidad de llegar a tu casa después de una larga jornada de trabajo y no poder bañarse con agua caliente, o agua para hacerte un mate, o para lavarle la ropa a sus hijes.

Quienes se ocupan de las tareas de cuidado de forma remunerada tienen las peores condiciones del mundo laboral, además de ser actividades feminizadas, el informe del INDEC indica los siguientes porcentajes: enseñanza (72,8%), salud y servicios sociales (68%), trabajadoras de casas particulares (97,7%). Las trabajadoras de la Corriente Villera sobrevivieron la pandemia, a partir de la expansión de la economía popular en el barrio, las asambleas, los cuidados colectivos, la militancia y la concientización “asistimos a 2.200 abuelos, si nosotras somos capaces, por qué el Estado no?”, dice Natalia.

La hora de lxs pibxs

Fedra Olivera tiene 25 años, se presenta como trabajadora del Potenciar Trabajo, se hizo un rato después de almorzar para que podamos hacer la entrevista. Actualmente coordina 7 centros educativos socio comunitarios llamados “Hora Libre”, en Ituzaingó. Son sedes recreativas para niñes de entre 5 y 12 años. El proyecto, impulsado por el Movimiento Evita, cumplió cuatro años y se sostiene gracias al trabajo de 60 mujeres que llevan adelante tareas pedagógicas y de gestión. Se trata de un lugar al que les niñes asisten después de la escuela, mientras sus familias trabajan. Hay talleres de inglés, de arte, música, teatro, circo, merienda y acompañamiento escolar. Fedra se acercó a la organización con apenas 20 años, primero como voluntaria en un comedor comunitario del barrio de San Alberto. Luego se sumó a la construcción de una sede educativa, para les pibis que iban a almorzar y así acompañarlos en sus recorridos pedagógicos, jugar y evitar que dejen la escuela. En la Provincia de Buenos Aires casi no hay instituciones de doble jornada, por lo tanto lugares como “Hora Libre” son muy significativos, se trata de un trabajo que produce un valor que no cotiza al mercado y es fundamental para construir comunidad.

Desde el primer día Fedra se sintió convocada por las necesidades de lxs pibes de su barrio, hay familias ausentes y otras presentes, pero no los pueden ayudar en las tareas, porque no lo saben hacer, o son muchos hermanitos, no tienen dispositivos, ni tiempo. Durante todo el relato Fedra sonríe “este trabajo me permitió estudiar lo que me gusta, Educación Inicial, pero además trabajar con chicos”.

Ante la pregunta acerca de la mirada social discriminatoria sobre las personas que cobran un plan, su cara cambia a un mueca de resignación y la acompaña con un movimiento de no con la cabeza “quiénes no nos conocen no no saben el trabajo que hay detrás de cada comedor comunitario. Es muy triste que nos desprestigien así, es nuestro laburo”, afirma y agrega que todas tienen otro empleo para “poder ayudar a sus familias”. “Piensan que se puede vivir de un plan”, se ríe burlona. Fedra señala que se trata de un salario complementario que contiene una situación social muy compleja.

Todos los días, Fedra se levanta temprano y organiza la recorrida diaria, su rol es acompañar a las educadoras de cada centro, estar atenta a que falten elementos y lo más importante, el vínculo con las escuelas y con las familias. “Hacemos una gran tarea todas las educadoras, acompañamos a las infancias en la continuidad educativa. Me hubiera encantado ir a un espacio así cuando era chica”, reconoce.

 

Las guerreras del Reconquista

La Cooperativa Textil Diego Duarte, está ubicada a 300 mts del Río Reconquista, el segundo afluente más contaminado del país. Es la zona locataria del Ceamse, desde 1976 se entierra la basura de los 34 municipios de la Provincia de Buenos Aires, aproximadamente 17 millones de kilos de basura por día. “Estamos al lado del basural, todo el tiempo tenemos a mano materiales para reciclar, los empezamos a juntar y a darle un valor agregado, para transformarlo en bolsos y carteras”, cuenta

Alicia Duarte, trabajadora de la Cooperativa y también del Centro Cultural que lleva el nombre de su hermano “Diego Duarte”.

Un niño que el 15 de marzo de 2004 desapareció en el predio del Ceamse, aplastado por la basura que tiraba una máquina, mientras se escondía de la policía. Hoy la causa continúa archivada, pero la memoria de Diego sigue viva en la organización que impulsó la lucha de Alicia en el barrio.

Ella era una de las más de 20 mil personas que, en ese entonces, vivían del relleno sanitario, en la pobreza extrema, desplazados por el avance de la basura sobre sus hogares. Encabezó la lucha y pedido de justicia por Dieguito, junto a otras mujeres de Costa Esperanza, una localidad de Loma Hermosa, partido de San Martín. Ante la falta de empleo y la dificultad de vivir en la periferia empezaron a gestionar su propio espacio de trabajo, hace 16 años comenzaron con actividades de apoyo escolar, alfabetización y un merendero. De a poco fueron creciendo y hoy gestionan un espacio cultural además de una cooperativa textil. “Venir a este lugar nos hace muy bien, la mayoría somos mamás con muchos problemas”, revela Alicia y asegura que

a través de la costura y el arte encontraron una forma de compartir tiempo juntas, olvidarse por un rato de las preocupaciones y lo más importante vender sus propios diseños para generar un ingreso económico

. Aprendieron a hacer serigrafía, estampados y consiguieron sus propias máquinas. Ese fue un gran paso para poder mejorar el producto, ahora articulan con Matín Churba, artista plástico que trabaja con reciclado y vende sus trabajos en una feria de Recoleta.

A partir de una serie de capacitaciones en Economía Social que les brindó el municipio, consiguieron armar la cooperativa y comenzar a recibir el Potenciar Trabajo “cada gestión le pone un nombre distinto, para nosotras es un salario complementario que nos sirve mucho y es una forma de dignificar el trabajo”. Alicia extiende una cartera cuadrada tipo bolso de playa color metalizado, después una compañera le alcanza una del mismo tamaño color rosa con fileteados grises, mete la mano y del bolsillo saca una billetera negra con varios compartimentos, además acerca un molde de una matera hecha con silo bolsa. Hace dos años que articulan con una fundación que se dedica a recolectar todo ese material que tiran en el campo.

Alicia está orgullosa del emprendimiento que llevan adelante “las guerreras del basural”, la mayoría jefas de hogar, sostienen económicamente a sus familias, muchas están terminando el secundario con el plan FINES

“sabemos que solas no nos vamos a salvar, por eso elegimos hacerlo de manera colectiva”, expresa Alicia, baja la cabeza y reconoce que hay mucho abandono del Estado en esa zona. A partir de la desaparición y muerte de su hermano, decidió “pelear por los demás Diegos” y gracias a esa lucha, hoy en la escuela de la zona cada 15 de marzo se lo recuerda, para Alicia eso es un gran acto de justicia.