Desde Barcelona

UNO No hace mucho (el verano pasado, tan parecido a este; la única diferencia es que en el 2016, aunque ya había muchos, habían menos festivales de rock que en este 2017 en el que, si todo sigue así, hay menos de los que habrá en 2018; aunque sordos pero amenazantes rumores oír se dejan entre tanto sonido amplificado y furia eléctrica) Rodríguez leyó algo que le causó gracia. En un artículo de la revista Tentaciones de El País, Guillermo Arenas bromeaba desde un hipotético futuro así: “Verano de 2030 / Los más viejos del lugar recuerdan la época en la que una ardilla podía cruzar la península ibérica de macrofestival en macrofestival para acabar muriendo extenuada (y sin dinero), pero nadie les hace caso”.

Ayer Rodríguez soñó que era una ardilla festivalera y al despertar ignoraba si era Rodríguez que había soñado que era una ardilla festivalera o si era una ardilla festivalera y estaba soñando que era Rodríguez. Y cuando Rodríguez se despertó después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en una monstruosa ardilla festivalera. O algo así.

Pero una cosa era segura: ahí fuera, en un festival cercano, sobre el escenario y frente a multitudes con sus teléfonos en alto, seguían tocando The Festival Squirrels.

DOS Y está claro que algo sucedió entre aquel supuesto 2030 y este 2017. Algo de voltaje catastrófico y post-apocalíptico, como en alguna de esas novelas de moda listas para convertirse en serie de televisión. Pero, claro, antes de toda esta histeria, un poco de historia: el rock festival estival conoce su edad de oro a finales de los años 60 y principios de los 70; justo cuando la supuestamente sana y macrobiótica y orgánica Era de Acuario empieza a mutar a la enfermiza y trash-food Era de Cáncer. Pero el fenómeno tampoco era nuevo entonces. Y, antes de los proverbiales “tres días de paz y música” y de lodo y de ese niño que nació allí pero que nadie ha identificado claramente hasta la fecha (en Woodstock, que no fue el primer festival pero que sí es aquel contra el que se mide todo a favor o en contra y donde, sí se sabe que se dio a luz eso de la “Woodstock Generation”) estaban ya los festivales de jazz a lo largo y ancho de USA y Europa. Y esa especie de cabalgata itinerante de primitivas estrellas del rock con un cierto aire de circo freak-empresarial en el que se apuntaban nombres como los de Buddy Holly y Jerry Lee Lewis y Elvis Presley. Aunque –si nos ponemos puristas y fundamentalistas y líricos e imaginativos– por qué no pensar que el primer gran rock festival estival tuvo lugar, nunca mejor dicho, entre las rocas de Stonehenge. Allí, solsticio de verano, percusiones básicas, hierbas y pócimas de esas que te hacen ver colores y dioses, tetas y talismanes merchandising y, tal vez, dragones y Winter Is Coming y todo eso. 

Después y hasta ahora el rock god y la rock godess y, a sus pies, toda esa carne en éxtasis. Y puede haber evolucionado el costado tecnológico y logístico y, en ocasiones (no siempre) lo artístico de la oferta. Pero el sentimiento puro y duro, se dice Rodríguez, sigue siendo el mismo y está conformado por dos fuerzas tan opuestas como complementarias. Por un lado, los jóvenes queriendo olvidar, por dos o tres jornadas, el que viven con sus padres (o con sus padres que ahora han vuelto a vivir con sus abuelos) y el que nada en los arcanos predice un próximo cambio de esa situación. Por el otro, adultos que ya superan con creces el medio siglo de edad (en lo que hace al público festivalero, también es cierto que los cincuenta son los nuevos cuarenta o los nuevos treinta y restando) y que necesitan sentirse forever young soltándose por un rato el poco pelo que les queda.

TRES Y Jaime Gonzalo en la revista de rock Ruta 66: “Los festivales de rock, esa supuesta organización racional de una serie de fuerzas irracionales, entre estas la económica, son lo que son y lo que cada uno de sus usuarios decide que sean. Carece de importancia si uno sale de ellos más idiota de lo que entra o si vive allí la iluminación de su vida. La cuestión, ahora y antes, para bien o para mal, es divorciar al individuo de la realidad sometiéndole a un eufórico bombardeo de conciencia y sentidos”. Algo así como los sanfermines pero sin toros, supone Rodríguez.

CUATRO Pero la realidad también es live. Y desde comienzos de milenio –coincidiendo con el amanecer del crepúsculo de la industria discográfica y el descubrimiento que si eres una joven banda lo importante pasa por el directo y no por el envasado– hay más y más calurosos y tórridos festivales en España. Algo que empieza a ser rasgo tan nacional como toros y paella y cervecita y playa. De ahí que cada vez asistan a ellos más extranjeros procedentes de largos inviernos (el 52% de la asistencia al Primavera Sound está compuesta por visitantes de hasta 124 países) con ganas de hacer, y en más de una ocasión deshacer, lo que no les permiten en sus más restrictivas patrias. 

Y se multiplican. Micros y macros. Y los suplementos de los periódicos editan ediciones especiales para dar cuenta de todos yendo desde lo indie y lo satánico pasando por lo jazzero y flamenco hasta lo burgués y ajardinado donde Tony Bennet se engripa y suspende a último momento o el abonado a todos los estíos Roger “Supertramp” Hodgson vuelve a pedir a little bit como si ya no hubiera recibido suficiente. Y aumentan las quejas y las voces agoreras en cuanto a que hay demasiados y demasiada improvisación (como en esos acompañados solos insoportables de guitarra o de batería) que el que antes se montaba un chiringuito en la arena ahora se monta un festival en el barro. Y a que el mercado debe autorregularse y deben salir de la pista los muchos amateurs e improvisados. Y que (en España cada año se celebran unos 850 festivales; pero sólo los diez más grandes consiguen un impacto económico aceptable) ya hay o habrá una burbuja festivalera como ya hubo una burbuja inmobiliaria. Y que la parte artística se resiente porque –en un país con un 50% de desempleo juvenil– se obliga a la caza y captura de más y más importantes patrocinadores que también imponen su gusto pero que permiten bajar (un poco) el precio de las entradas. 

Y Rodríguez se acuerda de un episodio de la serie de televisión humorística Portlandia que jugaba con la idea de alquilar un dron con cámara y guiarlo desde la sala de tu casa y hacerlo sobrevolar terrenos y escenarios. De llegar a eso, Rodríguez se preocuparía por planear y buscar a su hija, cada vez más ausente en cuerpo y alma en su casa. Pero también le daría miedo encontrarla. Y espiarla justo en el acto de parir a ese bebé instantáneamente legendario. Nacido –ya pasaron muchos clásicos como el Sónar o el Primavera Sound, estos son los que vinieron y vendrán tan solo en julio, y queda todo agosto– en el FIB o en el Mad Cool (donde acaba de matarse un acróbata que hacía lo suyo entre las actuaciones de alt-J y Green Day) o en el Cruïlla Barcelona o en el Bilbao BBK Live o en el Pirineos Sur o en La Mar de Músicas o en el ContemPOPránea Alburquerque o en el Sinsal Son Estrella Galicia o en el Heineken Jazzlandia o en el Noreste Estrella Galicia o en el Santander Music o en el Ebrovisión o en...

CINCO ¿Sabe usted dónde están sus hijos esta mañana-tarde-noche-fin de semana? Por supuesto qué sí. En un festival de rock. El problema-duda-inquietud es averiguar en cuál de todos ellos. 

Preguntárselo a la primera ardilla con la que me cruce, se dice Rodríguez.