“ '¿Qué van a ver estos imbéciles desde tan lejos?’ me preguntó un taxista la mañana del 20 de junio (de 1973). Traté de explicarle que no iban a ver. Que no eran espectadores sino protagonistas”.

Rodolfo Terragno, revista Cuestionario, julio de 1973.

El cronista camina por la zona aledaña al Obelisco, atraviesa la 9 de julio en auto, deambula algunas cuadras. Ve a algunos de los millones de argentinos que se volcaron a las calles, a las autopistas, a los puentes. Que caminaron desde ciudades alejadas cumpliendo promesas-cábalas. Se le dibuja una sonrisa que perdura al cierre de esta nota, entrada la noche del martes.

Predominan jóvenes, sub -30, sub.-40 como mucho, con camisetas pegadas al cuerpo o revoleadas al aire. Cantan a coro un repertorio consagrado, compuesto en estos treinta días inolvidables. La mayoría no podrá ver al micro de cerca, saludará en triunfo a los helicópteros, volverá a sus hogares riendo, cantando, sacando selfies, haciendo videos.

“¿Cuándo estará la camiseta nueva?”, preguntan periodistas pendientes del alto consumo. Se pierden una primicia que salta a la vista: ya hay en cantidades que antes se llamaban industriales. Con las tres Copas, confeccionadas a los piques por productores alternativos. O bordadas con destreza hogareña. O pintadas a la que te criaste.

Hubo que pernoctar o prepararse para una larga vigilia. Venerables heladeritas entradas en años sirvieron para proteger al morfi, al ferné, a las gaseosas. Las reposeras quisieron rehabilitarse después de haber sido emblema de la derecha autóctona. Dieron alivio a la vera de los caminos, en Plazas, en cualquier lugar. La reposera es policlasista, pues.

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Dejo a los sabiondos enseñar cómo se prepara un operativo que garantice respeto a la muchedumbre incalculable con las fuerzas de seguridad que supimos conseguir. En primera aproximación --a la espera de más información y de leer posturas diversas-- uno prefiere que los canas estén lejos, que se minimice o anule su auto comando. Remember el partido Gimnasia - Boca, meses atrás. La policía provoca por sola presencia, agrede por instinto, carece de profesionalidad. Hablamos en general, en promedio, por larga experiencia histórica.

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El indignómetro vibró movido por voces de comunicadores, de variadas pertenencias. Mala organización, denuncian. Un debate en ciernes, válido desde luego.

A primera vista, la multitud dio la vuelta conforme, no estalló de bronca: terminaba el feriado, el miércoles se labura.

Hemos compartido un 20 de diciembre único con helicópteros vitoreados, se hace inevitable comparar. Los hiper críticos que pululan en el espectro opositor adeudan todavía una autocrítica de las jornadas luctuosas de 2001. Mención especial a los ex Sushi ahora macristas, a la exministra Patricia Bullrich, al ahora gobernador jujeño Gerardo Morales.

El expresidente Mauricio Macri volvió de Qatar tras treinta días de holgazanería. Se tomará cuarenta de vacaciones. Se opuso a un feriado en nombre de la cultura del trabajo. Marche otro guión para Netflix: el susodicho es hijo de un contratista del Estado enriquecido y sospechoso, que le pagó estudios y un título universitario en una universidad de privilegio. Un tipo que trabajó sólo de heredero, que quiere barrer conquistas laborales y sueña con un mundo sin sindicatos… el moralista de la meritocracia. Mejor ejemplo son unos cuantos jugadores de la Selección (Dibu Martínez, Gonzalo Montiel, Ángel Di María) que llegaron desde abajo y aman a su familia. 

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Dejo para otro momento las comparaciones cuali-cuantitativas con otras manifestaciones, en cualquier contexto.

Cedamos a los periodistas o dirigentes de derecha la moralina berreta de equiparar a un equipo nacional de fútbol con una sociedad compleja, tensionada por la injusta distribución de la riqueza. O a los jugadores con "los políticos".

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La marea humana supo ser protagonista. Los jugadores y el cuerpo técnico los habrán mirado desde el cielo pero no desde arriba porque la soberbia no es lo suyo.

El equipo y la mega hinchada se llevarán recuerdos, orgullosos de los kilómetros que recorrieron a paso lento como San Martín en la cordillera de los Andes. La felicidad permanecerá en la memoria de todos. El regocijo crecerá ramificado según pasen los años cuando las criaturas (la generación de mis nietes que nació campeona) lo rememoren, lo reescriban, lo embellezcan. Los gratos recuerdos bien enhebrados son superiores a las fotos y a la mera textualidad.

Lionel Messi abrazando a la Copa como cualquier pibe a un juguete o su frazadita simboliza lo que disfrutamos en este fin de semana alargado. El romance creció desde la Copa América para acá. Para redondear el círculo Messi y Di María viajaron a Rosario, Dibu Martínez a Mar del Plata, Julián Alvarez irá a Calchín, Scaloni a Pujato. La celebración se federaliza y vuelve al hogar. Casi nada.

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Atravesamos una época difícil, propicia para la ultraderecha y los garcas. La crisis de representación se ahonda y duele. Una sugerencia (amable, con la sonrisa puesta): poca bola a los falsos voceros de la “gente”. A los aguafiestas arrogantes que escupen cualquier asadito que huela a pueblo. Que rebajan, (porque desdeñan) la vivencia de un día único que elevó hasta el cielo la gloria y la identificación que solo el fútbol consigue motivar.

Un paso al costado, por una vez. Permitan que los protagonista de una fiesta argentina hasta la manijas (equipo e hinchada masiva) decidan si lo pasaron bien. Uno cree que sí y que lo recontra merecen.

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