El cuento por su autor

Este es un cuento de cuarentena. Lo escribí a principios de 2020. A mí, el encierro, cualquier encierro, me cae muy mal desde siempre: todavía recuerdo lo mucho que me costaba dar clase en lugares sin ventanas, como me pasó en la UNLA hace mucho tiempo. Y no soy nada “casera”. A pesar de que tengo hasta un jardincito, necesito salir con frecuencia fuera de mi espacio. En los meses de principios del 2020, sentía que iba a estallar en mil pedazos entre esas paredes que quiero. Primero, sacaba al perro varias veces por día sin razón (nunca lo sacamos, ni antes del 20 ni cuando volvimos a la normalidad). Cuando eso se volvió imposible (Sandokán es enorme y no sabe hacerlo: me tiró dos veces, decidí evitar una tercera), me llevaba una bolsa de compras a ninguna parte solamente para dar la vuelta a la manzana con alguna excusa. En ese tiempo horrible (horrible para mí, aclaremos: es importante aceptar la diversidad humana; hay amigas mías a las que les gusta mucho “quedarse”, amigas que sintieron la cuarentena como un remanso, una alegría), escribí poco: críticas, algún texto académico, poesía y dos cuentos sobre el encierro. Tal vez porque no había otro tema. Tal vez, para limpiarme, para sacármelo de encima. Uno de esos cuentos fue a pedido (está publicado en una antología para chicos sobre el tema). El otro es este.

Nunca sé adónde va lo que escribo hasta que lo escribo. Yo no conozco el final cuando me siento con una birome y un cuaderno (la primera versión es a mano: no consigo inventar nada en un teclado). Solamente imagino la escena inicial; después, dejo que esa escena me dicte la que sigue y así una y otra vez, hasta que la historia está terminada. En este caso, como había estado arreglando fotos viejas, empecé por ahí. Pero este no es un cuento sobre fotografía; creo que es sobre comunicación. Sobre la charla con otros, esa que se abre a pesar de la distancia, la timidez, el tiempo, el espacio y hasta el encierro. Ah, un detalle: el pueblo del que hablo está basado en mi recuerdo de Uribelarrea, al que fuimos dos veces (y que, como en un juego de cajas chinas, me hizo recordar a Ambrosetti, en Santa Fe, mi lugar de infancia). La esquina que describo existe, la recuerdo bien. Saqué varias fotos ahí.


Tiempo y espacio


Si no fue el destino (y yo tiendo a no creer en el destino, la suerte, ese tipo de magias), no tengo idea de por qué me puse a ordenar las fotos. Lo único que se me ocurre como excusa es la cuarentena. Que las fotos fueran uno de los muchos proyectos que me inventé para llenar las horas vacías, el deseo urgente de salir, de caminar por la vereda, de viajar en tren, de sentarme en un café, de subir a un colectivo. Pero es raro: yo nunca fui ordenada. Amo la desprolijidad de las pilas de papeles sobre los escritorios, los libros mezclados que no encuentro, las tachaduras. Los álbumes eran una montaña sobre una mesa olvidada de la pieza que antes era de nuestro hijo. ¿Y qué? ¿Por qué de pronto me importaba eso? Y por otra parte, si el orden era el cronológico, habría podido armarlo sin mirar las imágenes: bastaba con leer las fechas escritas en los lomos (eso sí lo hago) y ubicar las colecciones una detrás de la otra en un estante.

Por ahí (se me ocurre ahora), fue porque necesitaba nostalgia. Por ahí, lo hice para recordar los muchos pasados detenidos de las fotos. Pero de nuevo, ¿por qué buscar nostalgia? La nostalgia es triste y, a mí no me gusta la tristeza.

Hasta ese momento, yo había guardado las tomas según un estricto criterio temporal, marcado por letras desparejas: “Enero a Mayo, 1986”, por ejemplo. Pero ahora quise mirar las fotos y me dije que lo hacía porque, en el interior de cada álbum, nunca me había preocupado por el tiempo. Ponía las imágenes por “orden de llegada”, digamos, cuando me entregaban el rollo revelado, sin prestar atención al hecho de que teníamos dos cámaras, una para mí y otra para Sergio. Y ahora, de pronto, ahí estaba yo, sentada en medio de un remolino de rectángulos de colores, convertida en mi vieja, sí, dedicada a la exactitud, al perfeccionismo. ¿Por qué se me daba por armar de pronto ese calendario desde la primera imagen que guardamos en casa hasta el momento del siglo xxi en que Sergio y yo nos hicimos digitales y empezamos a poner todo en “la nube”, ese lugar inconcebible?

No puedo explicarlo, pero lo cierto es que no era una misión fácil. Yo no escribía mucho en el dorso de las fotos: a veces ponía solo el año; a veces, si aparecían personas, los nombres de cada uno; a veces, una referencia al lugar; a veces, nada. En muchos casos, tuve que mirar la ropa o los árboles del fondo para saber en qué estación habíamos sacado cada una y, aun así… Pero fue con ese plan (obvio, diría ahora; un cliché) que empezó esta historia.

***


Fue así.

Hacía una semana que estaba en eso cuando se me cayó un álbum al suelo (nada nuevo: soy muy, muy torpe) y, cuando bajé la vista, lo vi abierto de par en par en el suelo.

La tía Leda en el casamiento de Alan.

Me quedé quieta, sin agacharme, mirando la foto desde arriba. ¿Cuántas imágenes tendría yo de Leda? Me lo pregunté sin pensar en las consecuencias y no me di cuenta enseguida pero la pregunta era peligrosa. Un segundo después, me había puesto a buscarlas, olvidada por completo del orden cronológico, al que nunca volví. Tal vez, ese orden había existido solo para que yo viera la foto, para que pensara en Leda. Eso diría yo si creyera en el destino, en la suerte, ese tipo de magias.

***

No había muchas imágenes de la tía en los álbumes y yo ya lo sabía. Leda había sido una figura provisoria en nuestras vidas. Vino a quedarse dos años en casa durante la enfermedad de mamá, cuando mi hermano y yo teníamos diez y once. Los dos la adorábamos. Cuando, contra todos los pronósticos, mamá mejoró, yo supuse que Leda iba a quedarse. Alan decía que se iba. Discutimos mucho por eso y, al final, ganó él. Y fui yo la que se enteró primero: la oí rechazar la invitación de papá a través de la puerta entreabierta de la cocina. Nunca entendí las razones: que yo supiera, la tía no tenía adónde ir.

De ese tiempo, el primero, el largo, el bueno, no hay ninguna imagen. Nunca las hubo. Las fotos eran caras y mamá y papá las limitaban a las vacaciones. En los álbumes que seguían –los revisé con cuidado—no encontré nada. Lógico: en los diez, doce años posteriores, Leda había vuelto solo para algunas fechas importantes.

El casamiento de Alan era la primera. Yo ya estaba en la universidad. Me acuerdo de haberla visto apenas entró al salón. Y recuerdo bien lo que pensé de ella: una mujer tímida que yo había visto en alguna parte y que no conseguía identificar del todo. Una desconocida. La reconocí más tarde, cuando se me acercó, me rodeó con los brazos y me apoyó la cabeza en el hombro. Y lo que reconocí fue el abrazo. No le conté eso, no me atreví, pero bueno…, una no es la misma a los once que a los veintiuno. Cada vez estoy más convencida de que, de chicos, vemos y miramos de otra forma.

***

Había cinco fotos de ella en esa fiesta. Las estudié despacio. Flaca, rara, siempre sola, siempre en los rincones. Ningún testimonio de charlas o bailes.

Me tranquilizó que se pareciera tanto a mi recuerdo de ella. Me hizo bien saber que me acordaba claramente del vestido, la cartera, los zapatos. Después, se me ocurrió que tal vez recordaba las fotos, no la fiesta en sí y eso me asustó. A veces, es difícil separar fotos de recuerdos.

La volví a encontrar en la siguiente reunión de familia. Sergio y yo no nos casamos por ley pero, cuando nos fuimos a vivir juntos, armamos una fiestita íntima. Yo fui la que insistió: era importante para mamá.

Leda vino, por supuesto, pero cuando miré los álbumes, me di cuenta de que no tenía ninguna imagen de eso en la memoria. En esas otras fotos, es una mujer muy diferente de la que casi no reconocí en el casamiento de Alan: está deslumbrante. Me sorprendió verla de pie junto a objetos y personas que sí recuerdo (la torta, la cara de Sergio, mi vestido turquesa). Y me sorprendió porque me acuerdo muy bien de todo lo demás, de todo menos de ella. Es como si la hubiera borrado. Me quedé un rato muy largo examinando una foto en la que estamos los cuatro: ella, mamá y nosotros dos. Ninguno de nosotros la está mirando.

***

No sé por qué seguí buscándola. Supongo que me empeciné (me empecino con facilidad). Eso, o fue el destino, la suerte, esas magias en las que no creo: Leda murió un año más tarde y no volvimos a verla. No tenía sentido seguir mirando fotos pero yo lo hice.

La encontré en el último álbum de fotos en papel que tenemos, un rollo que sacamos en una excursión a Piedras Redondas, a unas dos horas de casa en auto, justo antes de comprar la cámara digital. Me acuerdo de que Sergio y yo necesitábamos mucho ese viajecito pero no recuerdo por qué. Y tuvimos suerte: a pesar del otoño, esa tarde hacía un calorcito delicioso.

Y no, no vimos a Leda en Piedras Redondas.

Sostuve la foto en la mano derecha, cerré los ojos, los volví a abrir.

Le habíamos pedido a otro turista que nos sacara una a los dos juntos. En ese momento, no vi a la mujer que nos miraba desde más atrás pero, en la imagen, éramos tres en dos planos distintos: ella, por un lado; nosotros dos, por otro, en un día que yo creía recordar muy bien.

Había una segunda foto más adelante. Separé las dos del álbum. Me sentí uno de esos personajes de película que revisan imágenes viejas y se descubren de pie junto a un fantasma.

En la primera, es de mañana y ella está lejos, al fondo, recostada contra un árbol en una esquina que nosotros ya dejamos atrás. En la otra, es de tarde (volvíamos al auto, creo). La mujer está más cerca, junto a la puerta de una casa, en el mismo cruce de calles. Dos fotos: mismo espacio, dos tiempos distintos. Dos juegos de luces y sombras. La esquina es hermosa y atrás se ven esas casas de ladrillos antiguos, desparejos; esas puertas muy altas de madera rústica pintada de verde.

***

Dejé las dos fotos a un costado y volví a revisar el álbum. Me temblaban un poco las manos. Después, respiré una vez y me llevé las dos fotos a la cocina, donde Sergio se había hundido en su consuelo de cuarentena y preparaba una de sus delicias. Creo que no dije una sola palabra pero, apenas me vio, él dejó de amasar algo en un bol y abrió los brazos, como para abrazarme.

No le di tiempo a preguntar.

--¿Te acordás de Piedras Redondas? –pregunté.

Quise darle las fotos pero él me mostró las palmas de las manos cubiertas de harina. Hizo que no con la cabeza. No quería arruinarlas. Cuando yo se las puse frente a los ojos, hizo un gesto que no entendí y fijó los ojos en la segunda. Sergio sabe concentrarse: se hunde en lo que le interesa y el cuerpo robusto se le pone agudo de pronto (yo reconocería ese gesto en cualquier parte y desde cualquier distancia).

Se quedó así un momento. Después, levantó la vista y dijo:

--Tenés razón. Se parece mucho… Y es el mismo lugar en las dos. Creo que pasamos como diez veces por ahí… Es a una, dos cuadras de la plaza donde estaba la feria. ¿Te acordás? Por ahí vive en esa casa. –Señaló el umbral y la puerta de madera verde de la segunda imagen.

Yo esperaba otra cosa, no sé qué, y supongo que él se dio cuenta. Me apoyó el codo en el brazo para no mancharme de harina, se dio vuelta y así, sin mirarme, las manos en la masa de nuevo, agregó:

--No es ella. Fijate bien: demasiado joven.

Yo eché una mirada a las fotos y se me llenaron los ojos de lágrimas.

Eso también es raro. Cuando me llamaron para decirme que había muerto la tía, no sentí nada. Sorpresa, como mucho, tal vez una leve curiosidad de buenos modales, un ¿qué le habrá pasado? Y ahora, tantos años después, frente a esa Leda joven, tan parecida a la de los tiempos de la enfermedad de mamá (y de ella sé que tengo un recuerdo real porque, como dije antes, en esos días no sacábamos fotos), me puse a llorar. Primero sin ruido, después con fuerza, como una nena, atónita frente a la intensidad del dolor. Sergio me abrazó, harina y todo. No cruzamos ni una palabra. No había nada que decir.

***

A la mañana siguiente, volví a las fotos. Quería organizarlas de otra forma. Los criterios de orden siempre son inadecuados, eso lo sé. Todas las fotos pertenecen a más de una lista. Todas cambian según qué otras fotos las acompañen.

Tardé en decidirme. Lo pensé una semana y al final, pensé en el lugar. Agrupé las imágenes tomadas en cada casa, cada esquina, cada plaza, cada calle que dejé de recorrer en cuarentena. El resultado me gustó mucho: cuando las vi así, me pareció que esas imágenes bailaban con las historias, que las reinventaban.

Trabajé con las dos imágenes de la mujer que no era Leda frente a mí, apoyadas contra un libro. Seguramente seguí dándole vueltas al asunto porque, para cuando me di cuenta, me había convencido de que Sergio tenía razón: seguramente la Leda joven vivía en la casa de la puerta de madera pintada de verde. Así que fui a la computadora y busqué la dirección. Es tan fácil encontrar esos datos ahora…

Arroyo 142, Piedras Redondas. A una cuadra de la placita. Qué memoria, la de Sergio.

***
La cuarentena seguía: no podíamos ir en auto hasta allá. Esa imposibilidad me paralizó durante unos días: hablar por teléfono con desconocidos me asusta mucho más que la charla frente a frente. Pero llevaba en el bolsillo el nombre del dueño (un hombre, según la web) y un número de teléfono de los viejos, los “de tierra” en un papelito.

Ahora pienso que la cuarentena lo explica todo, incluso la llamada: en cualquier otro período, habríamos ido a Piedras Redondas o yo me habría ido olvidando del tema en el remolino de los meses. No me habría costado mucho: en realidad, quería olvidarme. En un momento, hasta perdí el papelito. Pero esa no era una buena excusa: ya sabía dónde encontrar los datos. Así que, al final, una tarde (porque sí, porque no tenía nada más que hacer, porque hacía calor y estaba sola), me senté en el patio, afuera, a la sombra, y marqué.

Las tres primeras veces, colgué apenas contestaron. La cuarta, escuché el ¿Hola?, respiré una vez y contesté. Después, cerré los ojos (como si estuviéramos frente a frente, como si pudiéramos vernos), tragué saliva y conté. Sin demasiada entonación, casi sin emociones, creo, como si yo fuera una grabación anodina, un aviso publicitario más.

Hablé de la tía Leda, de la enfermedad de mamá, de las fotos, del casamiento de mi hermano, de la reunión cuando Sergio y yo nos fuimos a vivir juntos. Y de la mujer en Piedras Redondas. Estaba segura de que el hombre iba a colgar en cualquier momento. Yo lo habría hecho, pero él me escuchó sin hacer ruido hasta que se me terminaron las palabras.

¿Qué esperaba yo? ¿Que él me confirmara que la mujer de la foto vivía ahí? ¿Que me dijera algo más, algo imposible, que ella era hija, prima, pariente de la tía Leda, por ejemplo? No sé. No tengo idea. Pero entendí que su paciencia tenía que significar algo. Y significaba mucho.

--Hacía tanto que no escuchaba otras voces –dijo él de pronto. Eran palabras lentas, cuidadosas. Me lo imaginé sentado junto a una mesita de madera con un teléfono negro, antiguo, en la mano. --Gracias por la historia –agregó.

Otro silencio. Yo seguí esperando. Tuve paciencia.

Él no quería cortar y, en ese atardecer de casi primavera, yo tampoco.