El presidente brasileño Luis Inácio Lula Da Silva eligió a la Argentina como destino (valga la palabra) de su primer viaje al exterior. Es su costumbre desde que asumiera su primer mandato en 2003. Antes mirábamos a Europa o a Estados Unidos para seguirlos, explicó, ahora nos orientamos desde nuestra región. 

Lula ha venido decenas de veces a la Argentina, en particular pero no exclusivamente a Buenos Aires. Visitas de Estado, algunas Cumbres inolvidables. Un trance gozoso, masivo, codo a codo con la gente común: la celebración del Bicentenario en 2010, clímax de las izquierdas y progresismos regionales. Clímax del kirchnerismo que preparaba el terreno para las elecciones en la que sería reelecta Cristina Fernández de Kirchner. Contados meses después el líder del PT habló en el velatorio del presidente Néstor Kirchner sin retener su emoción, otra de sus marcas personales. Una muchedumbre lo vitoreó en la Plaza de Mayo, liberado de su injusto encarcelamiento cuando costaba imaginar que regresaría a Planalto. De nuevo está de vuelta aunque, como canta la zamba, tuvo que hacer un alto.

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Lula es un político colosal, su vida es un collar de hazañas. La victoria electoral del año pasado fue un avance cualitativo para la región, para su país, para el nuestro. Estremece pensar un desenlace distinto, da para agradecer y congratularse. El estrecho margen del resultado o, puesto de otro modo, la cantidad de votos que cosechó el expresidente Jair Messias Bolsonaro modera la euforia, enciende señales de alerta. Las luces amarillas hasta parecen rojas cuando añadimos el asalto golpista a los tres poderes del estado brasileño, semanas atrás. Politólogos refinados o fariseos entrenados pueden discutir si fue un golpe de estado, un conato, una versión maléfica de Fuenteovejuna o un engendro innominado. Lo cierto es que el sistema tambaleó, que se estuvo al borde de vaya-uno-a saber qué catástrofe. Atravesamos una época de disyuntivas atroces que se dirimen por un pelito… que reenvían a la sencilla parábola de la película Match Point.

Si hubiera triunfado Bolsonaro los argentinos estaríamos al horno. Pudo ocurrir, zafamos. Se abre un porvenir más promisorio con Lula: cooperación, convivencia, un proyecto común. El estadista que nació pobre de solemnidad piensa en su país integrado al mundo, articulado en Mercosur, Unasur. Los BRICS también, ojo al piojo.

Es creíble cuando promueve movidas para concretar una moneda común. Con racionalidad y experiencia advierte que la tarea requiere laburo, preparación conjunta, estudios. Meses, años acaso.

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El regreso de Lula mejora de por sí las perspectivas económicas argentinas. Con políticas públicas inteligentes, caminando unidos, las posibilidades crecerían. Dicho escanario sería imposible con Bolsonaro allá o con el expresidente Mauricio Macri acá. Lula sabe los bueyes con que ara. En un contexto crudamente más difícil que en la epifanía de 2003, viene a arremangarse y a abrazar a sus compañeros peronistas.

Cunden en estas pampas relatos peregrinos… por no usar otra palabra de cuatro sílabas más certera que empieza también con “pe”. El expresidente de Estados Unidos Donald Trump, Bolsonaro y la vicepresidenta Fernández de Kirchner serían parientes cercanos, populistas que desconocieron los triunfos electorales de sus adversarios. Con piedad, dejemos de lado que Cristina ni el peronismo desconocieron el resultado, que está mal contado el episodio de la asunción de Macri. Vamos al hueso: la derecha mundial es un peligro creciente, sus protagonistas se parecen. La derecha argentina ranquea entre las más hipócritas del mundo. Ni siquiera se autodefine como tal: serían “liberales”, “republicanos” o coso. Hete aquí que los presuntos liberales son racistas, discriminadores, machistas, misóginos, negacionistas de la pandemia, xenófobos. Admiradores y copiones de la DEA. Partidarios de que “la gente” se arme. Enemigos inconciliables de los sindicatos y las organizaciones sociales. Bolsonaro, Trumpo y Macri son socios, lo han ostentado… Lula no puede engañarse, no come vidrio aunque una caterva de vivos o zonzos diga cualquier pavada.

Hace menos de veinte años esa derecha mendaz se valía del “ejemplo de Lula” para catequizar a Kirchner. El izquierdista que "entendía  al mundo" versus el Jaimito peroncho. Después, bulímicos de poder, endiosaron a los verdugos del tornero-presidente. El revolucionario que llegó al poder en democracia. Como otro referente surgido desde las bases: el expresidente boliviano Evo Morales.

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Está de moda macanear, denigrar lo nacional, abjurar de todo lo que sea argentino. La democracia cae en la volteada. “La pobreza es una deuda de la democracia”. Achalay. ¿El capitalismo salvaje no tendrá nada que ver? ¿La concentración de poder y riquezas nacional e internacional? ¿La insolidaridad de las potencias y las clases dominantes? Y claro, los errores e inconsecuencias de las fuerzas nacionales y populares, sus tropiezos para articular. Lula lo sabe. Va con su inteligencia superior, su voluntad inquebrantable por la oportunidad que conquistó. Que nos atañe, que es colectiva, que ilumina algo el gris cielo de esta etapa.

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