La muchedumbre, gente mal vestida, palos en las manos, embiste; ellos tres, pasajeros a los que hicieron saltar como tapón hacia cualquier sitio del ómnibus bloqueado, caen aquí, en medio de los que baten vidrieras con barras y ladrillos, saltan vidrios, se meten de cuerpo entero a manotear lo que pueden.

El chico (no tendrá más de doce años) arrastra un televisor por la calle. Acaba de arrancarlo de un negocio.

Las alarmas de los comercios gritan a todo pulmón; muy lejos se escuchan las sirenas de autos policiales. -‑¿Qué es esto ‑interpela Hernán a una mujer embarazada de vientre tan pesado que la ancla al suelo, en tanto ella remolca ‑tomando las cuatro puntas de una lona‑ alimentos, carne, queso, vino, leche.

-‑El barrio salió a protestar -jadea‑. Nos echaron a los maridos de la fábrica de baterías, por ruina de la empresa, dicen, y debido a su quiebra no pagan ni pagarán las indemnizaciones; encima, nos desalojaron de nuestras viviendas, que eran de la compañía, y arrojaron nuestros muebles a la calle.

Caen pedazos de cascotes dirigidos al primer par de policías que desembarcan, clavando las botas, banderas de su expedición.

--Déjeme que la ayude, señora. Hernán tironea la lona hacia una esquina disimulada por árboles para que la mujer se fugue por ahí. ‑-¿Tiene algún lugar cercano dónde esconderse?

-‑Mi casa es aquélla, la primera después de cruzar la esquina.

-‑Vamos, la acompaño.

Unos muchachos echan a la calle mesas y sillas de una mueblería; les prenden fuego, y alimentan la hoguera en la esquina donde desembarcarán los agentes. Forman una cadena que traslada los objetos de madera de una mano a otra, hasta acabar alimentando la enorme fogata. Ivana, también echada del bus, se incorpora al encadenamiento.

-‑Pero... ‑se detiene la preñada, y gira con susto: -‑¿Pero don Tito, qué hace usted? ‑interpela a un hombre bajito que pasa a la gente mercaderías que los vecinos van sacando desde un pequeño local.

El petiso se encoge de hombro, y sigue echando al aire productos, medias, pañuelos, calzones: -‑Al mejor postor ‑grita y apunta los textiles a los manojos de palmas alzadas en alto.

La embarazada menea la cabeza, ventilador empecinado: -‑Es el dueño del negocio ‑cosa que no puede explicarse. "¿El propietario saquea su comercio?"

-‑¿Propietario? ‑se burla el que arroja sus mercaderías, ‑¿de esta gigantesca multinacional?‑ cabecea hacia el localcito. Sí, claro... ‑y se muerde la risa arrojando las facturas de servicios públicos con ajustes siderales que no puede ni podrá pagar.

-‑¿No se va a arrepentir? -se aleja la vecina.

Otra risa. "Si rematan el negocio, puesto que van a colgarme de la bandera roja para la cifra que me encajaron este 'todo' es nada".

Alguien aplaude.

Otros alertan: "No tardarán en llegar a los bomberos para extinguir el fuego; tenemos que empezar la retirada", gritan, alzan lo que pueden y buscan vías laterales por donde desaparecer en ráfagas.

Pero Hernán ulula: -‑Esta vez no pasarán. Antes que nada, embócense, cámara de seguridad que vean, rómpanla, ustedes, ustedes. Y nosotros hagamos barricadas, alimentemos un fuego bien alto, busquemos combustibles en la fábrica, saquémoslos de esos tanques, ¿ven? Éstos.

Y echan en el perímetro de la empresa líquido que arde y la cerca, ellos detrás del vallado incandescente.  -‑Y si nos vemos en peligro... que se  incendie la fábrica, nos replegamos y huimos. Arrojan maderas como lanzas que arden, y apuntan a sus blancos.

Un policía al que se le enciende el uniforme, se revuelca en las baldosas para apagarlo. Los otros se atrincheran y deliberan cómo neutralizar a los que los atacan detrás de una infranqueable cortina ígnea. Aparecen algunas escopetas en manos de los vecinos. -‑No tirar a matar -recomienda Hernán-. Cuidado con eso.

Otra cuadrilla colabora con él rociando las instalaciones internas de la fábrica. En tanto, terminan los preparativos y desatan el fin de la manufacturera.

-‑No nos van a agarrar, -grita un pibe adolescente; a su lado una mujer vestida de maestra lo ayuda a los empujones a trasladar una computadora, con visor y teclado. 

Pedrea desde los techos apunta a los cascos de represión.

El saqueo languidece en tanto se retiran las familias, siguiendo el consejo de Hernán. -‑Busquen algún familiar, parientes en otros barrios, huyan.

Justicia hecha llamas.

En esa nada residual y chamuscada, intransitable por los carbones al rojo vivo, los acorazados azuzan: -‑A la carga ‑grita su ira, pistolas en mano, escudos en la otra. -‑Alguien tiene que pagárnosla‑. Apenas si avanzan algún paso. Castañetean colmillos.

-‑No se dejen agarrar o terminarán heridos, -recomienda Hernán y huye por las vías del ferrocarril; cruza un puente que acaba en una calle con mucho tránsito. Ahí toma un colectivo urbano. Si los requisan, lleva su documentación en regla. Allá otro expulsado del bus, un tipo alto, Miguel, se escurre con los baqueanos del barrio viboreando por los techos hasta puntos de fuga que los vecinos emprenden montados en motonetas, y huye con ellos. Ivana recoge una chapa de zinc, amontona en fila, atrás, a unos chicos de seis, siete años, y la va corriendo para cruzar la calle. -‑¡Qué ricos chocolates! ‑se relame uno, en medio del pandemónium.

Ya las fuerzas de seguridad empiezan a extenderse en una punta del barrio y se suben sobre dos hombres rezagados a los que talan igual que a árboles, saltan sobre ellos como chimpancés, y luego, la cosecha alcanza su punto top, con el disparo de lleno sobre un obrero que un paso más y alcanzaba la huida. Éste cae con los brazos abiertos, inerte;  el trofeo se ha logrado. Mientras, Ivana filma con su celular el origen del puummm y su itinerario que hace blanco en el obrero. Luego se escabulle por una alcantarilla.

La calzada vacía queda ocupada completa por ese único cuerpo. El cuerpo y la calle.

La calle y el cuerpo

***

Los vecinos y obreros resisten. El país resiste. Las ocupaciones de empresas por parte de empleados con amenaza de cierre y despidos son cotidianas en todo el territorio nacional: recientemente, sucedió con la de GGM, productora de calzados y textiles, en Las Flores y la de Atanor, en Río Tercero, entre decenas. El hotel Bauen tomado hace tiempo por su personal sigue gestionado por los ex empleados quienes formaron una cooperativa para administrarlo. En otro orden, los saqueos registrados en la ciudad de Córdoba en diciembre de 2013 se dieron cuando la policía local se acuarteló con el propósito inconfeso de desencadenar la desestabilización del gobierno nacional; de los que intervinieron en dicho saqueo 60 terminaron heridos y 18 detenidos. También fue notable la lucha de parte de la gente del barrio Malvinas Argentinas, en Córdoba, los que tomaron en 2012 la futura planta de Monsanto que comenzaba a instalarse en ese sitio. El acampe comenzó en 2013, y los vecinos siguieron impidiendo el acceso a la planta, sufriendo represiones policiales y políticas. Un par de años después, Monsanto paralizó el proyecto, desistió de instalarse en el lugar y vendió el predio.

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