Gabriela Massuh reconstruye el amoroso impacto de la Walsh en su vida.
La continuidad de los parques
Se conocieron cuando una de ellas ya era un símbolo patrio y la otra una joven recién llegada a la realidad argentina desde una temporada en Alemania y una educación en una familia conservadora. No sólo nació el amor sino una ceremonia de amparos, lecturas y descubrimientos. En su libro Nací para ser breve. María Elena Walsh. El arte, la pasión, la historia, el amor (Random House Sudamericana), Graciela Massuh da cuenta de este gran encuentro y también reproduce una extensa conversación/entrevista con la Walsh, una suerte de biografía dialogada que luego de 30 años hoy vuelve a la luz.
Imagen: Sebastián Freire

“¡Chiquita, dónde estuvistessssssss! ¿Por qué llegás recién ahora?”: así la recibía María Elena Walsh a Gabriela Massuh cada tarde, cuando la iba a visitar al hospital donde peleaba contra el cáncer. La saludaba así, de buen humor, alegre pese a lo doloroso y lo incierto de la enfermedad que padecía, metiéndole una “s” y remarcándola al final del “estuviste” porque le gustaba hacer eso, subrayar lo rioplantense de la lengua que hablaba y eligió como regente de su obra. La recibía así, contenta. Y sería en esa sala donde le daría una de esas tardes “un papel de carta azul que había doblado en cuatro y en cuyo dorso se leía ‘Gabriela’. Aludía a un poema de Cernuda que habíamos leído juntas”, cuenta Gabriela en este libro amoroso y melancólico de su autoría que acaba de salir, Nací para ser breve. María Elena Walsh. El arte, la pasión, la historia, el amor (Random House Mondadori), en el que cuenta algo de su relación con la ya entonces legendaria artista, escritora, música y poeta como marco al reportaje que le hizo, en una ceremonia íntima y reparadora, durante el tiempo de su quimioterapia, a principios de los 80. 

¡Lo dijo!

Para contar cómo surgió el reportaje Gabriela no puede evitar contar buena parte de su propia vida, porque así se nos trenza la biografía con las personas que amamos mucho. “Fue la persona más importante de mi vida”, va a decir en un rato la que hoy conocemos como autora de tremendas novelas como La intemperie, La omisión y Desmonte y durante dos décadas conocimos como gestora cultural de la mejor época del Goethe y hasta hace poco como editora y fundadora de la editorial Mar Dulce. 

La persona más importante de su vida, esa que le hizo conocer lo que no conocía de su propio país, esa a cuyo lado se sentaba para preguntarle amorosamente acerca de sus lecturas y de su práctica artística; de su excepcional biografía, de esa infancia en una casa grande en Ramos Mejía cuando Ramos Mejía era algo parecido a un campo con casas quintas; de ese padre artista que le hablaba en inglés y de esa madre dulce; de esa adolescencia que le cayó como un golpe en la cabeza justo cuando, además, el entubamiento del arroyo Maldonado se llevaba puesta a su casa grande y la arrojaba a uno de esos chalets californianos que no le gustaban nada; del camino que se iba haciendo a sí misma a medida que avanzaba pero que parece haber sido hecho sin mayores intenciones: niña poeta prodigio a los 16, elegida de Juan Ramón Jiménez, poco después prodigiosa folklorista junto a Leda Valladares deslumbrando a los cabarets de París en su época de oro, insuperable compositora, cantante y escritora para chicos para siempre, novelista, guionista; surfer entre géneros porque se aburría fácil y porque podía con todos. Una referente legendaria de la cultura popular argentina. Una de las mujeres insoslayables de la segunda mitad del siglo pasado. Pero volvamos a la carta doblada en cuatro que María Elena le dio hace ya casi cuarenta años y que dice Gabriela que aludía a un poema de Cernuda. Nosotros podemos decir que no solamente. Miren:

“Te lo digo con los oros de las hojas de Areco y un aro definitivamente mordido.
Te lo digo con lágrimas y saliva y la despavorida ternura de unas zapatillas junto a una cama que dejó de ser cuna.
Te lo digo con el dolor más grande de todos, el de esperarte con los ojos clavados en un triángulo sobre una triste cour porteña y que tardes.
Te lo digo con la gratitud de haberme dejado entrar por tus ojos hasta un paraíso inesperado, perfecto, donde la vida empieza.
Te lo digo con toda la vida, amada hasta el paroxismo en cada minucia sólida y líquida que te compone.
No tengo nada que decirte con el olvido ni más allá de la nada.
Te lo digo más acá, destruida de todo lo que no te contenga, para empezar siempre.
Te lo digo con miedo, con alegría, con deseo, con desesperación, con serenidad y con unos pobres dedos muy torpes que se enredan y vuelven.
Te lo digo con rosa y azucena y con ganas de estar ocupada en desmayos y en refugios australes.
Te lo digo para ampararte de las tormentas, los tormentos, los osos y las soledades.
Te lo digo para vivirte, te lo gritaré frente a las olas y lo susurraré en tus adentros.
Ya está, te lo dije.”

Nací para ser breve es un libro que habla de amor: por momentos pareciera una respuesta, todo el libro, como si fuera un sistema de cajas chinas amorosas, a este poema. Porque el centro de Nací para ser breve, ese reportaje donde María Elena desgrana tranquila su biografía -y su humor y su erudición y su sensibilidad y su genio y también su ternura- es una ceremonia dulce, una escena en que la mujer más joven le pregunta a la mayor porque quiere estar cerca de ella y ese deseo ahí, extendiéndose en el tiempo de las siestas durante meses, es darse a la otra. Y en esas respuestas, la otra se brinda y se abre a los saberes de la que le pregunta -y en ese brindarse y en ese abrirse hay un volver a sí misma y un alejarse un rato de la incertidumbre y el dolor de la enfermedad- y así, en ese ida y vuelta, construyen una intimidad que hace de la conversación toda un acto amoroso. Para Massuh, María Elena Walsh fue un amor pero fue mucho más que eso. Fue su posibilidad de encontrar una patria, fue oxígeno, fue ver el mundo como no había podido verlo antes. De eso habla acá: “Fue muy cuidadora, muy amparadora, muy generosa” va a arrancar diciendo apenas se prenda el grabador, después traer un café negrísimo y de presentar a sus dos hermosos gatos blancos y negros de ojos redondos y buenos. 

Sebastián Freire
Fotos y correspondencia privada, gentileza de Gabriela Massuh.

 

“Nada más doloroso que revivir tiempos de felicidad que tuvieron lugar en el pasado distante y sin embargo siguen presentes”, decís en este libro. ¿Fue doloroso para vos escribirlo?

-Fue muy difícil, lo estuve evadiendo durante 30 años. Le hice ese reportaje a comienzos de los 80; estaba terminado y estaba por ser publicado, pero yo era una persona terriblemente insegura con la escritura. María Elena a su manera lo había aprobado, porque lo había corregido.

Más aprobación que esa…

-Sí. Tenía esas inseguridades vocacionales yo; todavía no había entrado al Goethe, había vuelto recién de Alemania. Era una persona sumamente insegura. Había salido hacía poco el libro de Alicia Dujovne sobre María Elena y yo no me sentía a la altura, aunque a ella no le terminaba de gustar. Ahora entiendo por qué; en ese momento sólo veía la brillantez de Alicia Dujovne y me preguntaba qué puedo decir yo al lado de esto. Con el paso de los años, sobre todo ahora, me di cuenta de que lo que hay ahí es mucha opinión jocosa de Alicia sobre María Elena. Y una permanente discusión entre las dos, en la que Alicia le dice a María Elena: vos sos demasiado parca, entonces yo puedo decir lo que yo quiero. Ahí entendí lo que la hacía dudar del libro de Alicia. Bueno, esto pasó y con el correr de los años yo adquirí seguridad, como toda persona tímida. Pero iba dejándolo para más adelante. Y después de publicar Desmonte, que es el libro en el que creo, puse toda la carne al asador, dije voy a leer ese material. Y hubo una coincidencia y era que mis gatos habían empezado a morder todo el cartón. Entonces sobresalían las hojas del manuscrito. Así que dije ya está. Lo leí y la verdad es que me gustó. Y también lo leyó gente a la que yo le tenía confianza, por ejemplo Mariana Docampo, que me dijo esto está bien, está listo.

¿Lo editaste mucho o lo dejaste igual?

-Apenas separé algunas cosas para darle aire, reformulé otras y corté lo que era demasiado específico de la época. El proceso de escritura, no el reportaje, pero sí el primer capítulo y el segundo me costaron mucho porque tuve que volver al pasado mío. Y esa frase que vos citás es del Dante -la recita en italiano- y la repitió en una película Marlene Dietrich, una película de Maximilian Schell en la que ella ya está vieja y no sale en las cámaras y le dice a él: “No me preguntes más” y agrega esa frase que es tremenda. Ese fue el proceso hasta que me puse, me costó muchísimo empezar. Mi editora quería algo más novelado y la verdad es que a mí me parecía terrible tocar el reportaje. No hubiese podido relatar, mechar las preguntas con recuerdos, con lo que fuera; yo no podía tocar este reportaje. Así que empecé conmigo, con el momento de conocerla. Y después con terminar de dar cuenta de su obra, porque publicó tres libros de prosa después. 

La escena entera del reportaje es una escena de amor. Me imagino a esa mujer enferma pero que quiere hablar y quiere hablar con vos. Y vos ahí, cada tarde.

-Fue terapéutico. Vos imaginate, estamos hablando de 1981, 1982. No había momento de liberación, no había horizonte de salida de la dictadura militar. Está bien que fue su menopausia, porque fue una descalsificación, muy típica, un cáncer de médula ósea que después avanzó y entonces se le quiebra el fémur. Pero el cáncer también es un proceso de odio. Ella, con esa cosa jocosa que tenía, hablaba de su propio Proceso de Reorganización Nacional. Y en medio de esa cerrazón, para mí ir a la casa y verla aunque estuviera mal, con todo ese proceso doloroso, Sara Facio intervino increíblemente y fue afectuosa también, en el sentido de que dejó que se armara. Encontrarnos era un estado de felicidad y de libertad total, era como meterte en un proceso como el de ayer -habla de la brutal represión a la manifestación por la aparición con vida de Santiago Maldonado- de pura violencia y de repente empezar a hablar de Bach, de tu infancia. Y a mí me corroboraba algo que yo había intuido siempre en la creación estética que es la dimensión de lo popular. A mí siempre me fascinó eso de ella. En toda creación estética, ya sea Bach, ya sea Borges, hay una dimensión de lo popular: lo tenés que haber sentido alguna vez. Y tu grandeza tiene que ver con eso. María Elena era eso, era la empatía con los géneros populares. Entroncaba con la poesía española, con Simone de Beauvoir, con el feminismo, con las luchas sociales y con todo lo indígena. Nadie como ella, y Leda Valladares, tuvo esa fineza para entender qué era lo originario. Y todas esas tardes eran eso. Yo la recuerdo en un extraño estado de buen humor y felicidad.

Encontrarla, y a su obra, a vos te produjo una especie de iluminación, un posicionamiento político y estético, eso que en el libro definís en estos términos: “Me hablaba a mí y me decía algo que entonces no pude descifrar, pero que me dejó atrapada: sólo se puede hablar de lo que se conoce y eso que te estremece no es alambicado ni abstracto, está a tu lado, es tu vecino, tu ciudad, tu pueblo, tu infancia y también es todo lo que te altera o te hace sufrir”.

-Sí, tenía ese sismógrafo increíble. Su manera de observar incluso; nunca miraba fijo. Pero ese ojo dando vueltas veía todo. Mirá: al día siguiente de conocernos le dijo a Javier Fernández, que es el que había hecho la invitación, era el consejero de la Embajada -se conocieron en la Embajada argentina en París- le dijo: “Che, esta chica es una neurótica” (risas).

Y vos eras una nena, qué edad tenías.

-Tenía como 30, era una grandulona.

Leyéndote te pensaba más joven.

-Para ella siempre fui una nena. Como para María Herminia Avellaneda, que era fantástica, maravillosa. Tuvo un final espantoso, pobrecita -murió de cáncer, luchando con una empresa prepaga que le negaba lo que necesitaba para atravesar su enfermedad- Podías estar un día entero con ella y no parar de matarte de risa, era un chisporroteo de genialidad. Fue la gran amiga de María Elena, la más querida.

Antes del gran amor de su vida que fue Sara Facio María Elena Walsh había tenido una relación con Avellaneda. Una de esas que se transforman en amistad para siempre.

Sara Facio, María Elena Walsh y Gabriela Massuh.

 

En esa escena de convalecencia en que la cuidan Sara Facio, María Herminia Avellaneda y vos hay algo del orden de un amor expandido, ¿verdad?

-Es que ella quería salir. No sabés cómo tenía a los médicos, zumbando. Un médico le dijo “el que tiene brazos, camina”, con lo que le estaba indicando que era posible que le amputaran las piernas. Sin esa conjunción de humor, de bronca, de tratar de salir y además de superar las enormes depresiones que tenía, María Elena era una persona con ida y vuelta, había momentos de su vida en que no quería saber más nada. Pero siempre con esa fuerza. Y también el dolor y la reacción al dolor se le volvía fuerza: eso se vio claramente durante el cáncer, del cual salió. Vivió treinta años más; desde los 51 a los 81.

De la historia de amor concreta entre ustedes dos es como que hablás y no hablás. Está nombrada, pero no narrada.

-Está como en La Intemperie, con mucho pudor.

Me parece que La Intemperie es menos pudorosa.

-Ah, mirá, qué bien. Puede ser. Sí, hubo una historia de amor. Fue la persona más importante de mi vida María Elena, obviamente. No fue solamente un amor, también significó la inspiración, la vocación. Y sobre todo el echar raíces. A mí lo que ella encarnaba, aún antes de conocerla, en sus poemas y canciones, me reconciliaba mucho con la Argentina.

Claro, vos habías vivido en todas partes.

-Tampoco tanto. Yo viví de chica en Alemania, lo que me marcó mucho porque era un entorno muy pastoril, un pueblito de campesinos. Y ahí teníamos dos piecitas y yo vivía todo el tiempo afuera y eso me signó la infancia. Cuando volvimos y estuve encerrada en un departamento y tomaba el 113, todos los días 45 minutos para ir al colegio, sentí como una nostalgia infinita que me duró muchísimo. Después volví a Alemania. Quería irme de acá. Y de hecho fui más o menos gringa mucho tiempo. Yo no entendía el país, no entendía los movimientos de liberación, venía de una familia muy gorila, mi padre fue muy antiperonista. Yo venía como de un huevo. Y a través de sus canciones, de sus poemas, encontré una dimensión de la Argentina con la que yo comulgaba. Eso fue antes de conocerla. Cuando la conocí me pareció deslumbrante. Y todo esto venía en un paquete de sabiduría. Me asombraban su biblioteca y su discoteca. Nos pasábamos horas escuchando a Monteverdi. O a Aznavour. O las canciones de Maricastaña. Tenía un conocimiento visceral de lo estético. Y no dejó de leer hasta el final. Leía religiosamente todas las mañanas: en un sillón, con las piernas cruzadas y el libro sobre la falda.

Con ella pudiste revisar la idea que tenías del peronismo.

-Sí: no era para nada lo que consideramos hoy gorila. Tenía esa visión un poco popular, de estampita, esa especie de santidad medio plebeya que había generado el peronismo. Lo que tenía muy claro y respetaba mucho del peronismo era no solamente las reformas radicales que hizo Perón con el tema de los sindicatos, ella veía muy claramente que el sindicalismo argentino tenía una fuerza que no existía en ningún otro lugar de América latina, sino que también rescataba era el amor y la devoción que generaba en los pobres. No pensaba que eso era solamente fruto de la caridad, como pensaban las señoras paquetas en esa época.

Vos venías muy de otro palo, esa mirada política te habrá influido.

-Sí, claro. Además, ella tenía una mirada feminista de Evita. Vio en ella la lucha feminista. Y para mí era una absoluta novedad que alguien le dedicara un poema a Eva. Y después de leer el poema cambié. 

Habla de ese poema increíble que da cuenta él mismo de una deriva política.

“Estaba como en una burbuja yo donde María Elena operaba como si me diera oxígeno. Y otra cosa que me fascinaba mucho es que yo venía de hacer un doctorado en Alemania, venía con toda esa carga académica. Y viste que en el reportaje dice que no pensaba mucho en términos de estética. Mi tesis se llamaba Una estética del silencio, era sobre Borges: pensaba la estética como una ética literaria. La definición de la estética de Borges como “la inminencia de una revelación que no se produce”, le encantaba. También había trabajado mucho sobre Proust y la idea de revelación de la magdalena y los cinco sentidos como ejes de los libros de la Búsqueda del tiempo perdido. Ella estaba chocha, fascinada de haber descubierto de qué modo jugaban en esa obra los sentidos. Tenía sensibilidad para esas cuestiones también. Otra cosa que extraño de ella es la infalibilidad para recomendarte un libro. Vos leías lo que te decía y te abría un mundo. O la fascinación que tenía con Doris Lessing, Libertad Demitrópulos, Mercedes Rodorera. El metejón que tuvo con La enfermedad y sus metáforas de Susan Sontag”.

“Sin saber que era la última vez que la veía, estuve en su casa cuando cumplió ochenta años. Yo acababa de leer Fantasmas en el parque y quería transmitirle mi entusiasmo por ese libro extraño, acongojado y urticante a la vez. La conversación de los comensales no permitió ahondar en el tema. María Elena se retiró temprano y, antes de irse me preguntó a boca de jarro:

-Nena, ¿vos creés que van a desaparecer el parque?-Hice un gesto de desamparo. Entonces agregó:-Sí, lo van a hacer desaparecer”.

Le hablaba a Gabriela, que devino especialista en urbanismo porteño -es autora del imprescindible El robo de Buenos aires- y hablaba del parque Las Heras María Elena Walsh, el parque al que alude el título de su último libro y el que amó y el que recorrió hasta el final ayudada por su bastón. Sobre el edificio de la Penitenciaría que hubo ahí, escribió: “Pudo haber sido conservado y transformado, como se hace con los edificios europeos que admiramos tanto. Pero no, esa pasión por la destrucción es gemela de la pasión por el crimen, que no ceja y en definitiva detesta el futuro y a las gentes que lo vivirán”. La cita Massuh, que agrega: “Otra vez tuve la sensación que siempre me provocó su obra: que era capaz de expresar de manera certera, poética y exenta de todo acaramelamiento lo que una siente con fastidio, ira o desesperación sin poder expresarlo con palabras que convenzan o conmuevan”.

Cualquiera que pase por ahí en estos días va a poder comprobar que el gobierno de la Ciudad parece trabajar para darle la razón a María Elena Walsh: está toda la tierra revuelta, todo a medio destruir. Menos los árboles. Porque los quieren tirar abajo, los quieren talar como si fueran basura y como si sobraran árboles en esta ciudad, pero por el momento no pueden:

“Setenta y nueve árboles casi centenarios quieren tirar. Ya presentamos un amparo, un juez prohibió tocar un sólo árbol. Obviamente, interpusieron un recurso para poder talarlos. Todos los sábados no reunimos cuatro gatos locos ahí, a repartir volantes. Yo voy a presentar este libro en el parque. Voy a ir también con Fantasmas en el parque y voy a leer con un megáfono los dos libros. Va a ser a fin de este mes, un sábado.”

Ya saben: a fin de mes vuelve María Elena Walsh al parque. En diálogo con su amada Gabriela, en un abrazo a los árboles, a la vida. Vuelve a vibrar el amor que las une. Y nosotrxs con ellas.