Algunas claves de Zama, de Antonio Di Benedetto, como novela de culto
Según pasan los años
El actor hispano mexicano Daniel Giménez Cacho en el papel de Diego de Zama.El actor hispano mexicano Daniel Giménez Cacho en el papel de Diego de Zama.El actor hispano mexicano Daniel Giménez Cacho en el papel de Diego de Zama.El actor hispano mexicano Daniel Giménez Cacho en el papel de Diego de Zama.El actor hispano mexicano Daniel Giménez Cacho en el papel de Diego de Zama.
El actor hispano mexicano Daniel Giménez Cacho en el papel de Diego de Zama. 

Treinta años antes de su muerte en 1986, Antonio Di Benedetto publicaba una novela que también debió, como el protagonista, soportar una espera hasta llegar a alguien más que un reducido grupo de iniciales lectores. Al cumplirse en 2006 veinte años de la muerte del autor y el cincuentenario de su principal obra, los homenajes ratificaron el reconocimiento institucional de sus méritos, a diferencia de lo que sucedería a su personaje Don Diego de Zama. En esos tiempos vertiginosos de escritura que registran las anécdotas literarias (valga mencionar la siempre recordada acerca de Dostoievski culminando El jugador en escasas semanas), Zama surgió luego de un mes en que el autor aprovechó unas vacaciones de su habitual oficio de periodista. 

Las fechas que pautan las partes en que se divide: 1790, 1794 y 1799 llevaron casi obligadamente a incorporarla al repertorio de novelas históricas. No dejó de aludir Di Benedetto, en una entrevista, a su recorrido por documentos de la época, es decir, el tramo final de la dominación española en gran parte de América, con sus funcionarios legales y militares, sus ordenanzas, favores reales, domesticación de indios, etc. Hubieron quienes argumentaron en favor de la reconstrucción del castellano de entonces. Ante lo cual surgieron las más que fuertes objeciones, incluida la del propio autor, que señaló haber dejado atrás todo eso para implicarse en su propia andadura narrativa. Tampoco se soslayó la manía de atribuir géneros y genealogías, por lo que se lo vinculó a Kafka, Rulfo, Dino Buzzati, El coronel... de García Márquez, el existencialismo, el fantástico y así siguiendo. 

Con todo, la peculiaridad de Zama desmiente cualquier fácil clasificación por su magnífica escritura, lo cual se aprecia desde el inicio, apenas aparecen la tan citada visión del cadáver del mono en el agua y el remate filoso de ese primer fragmento (de los muchos que contienen cada una de las tres partes): “Ahí estábamos, por irnos y no”. Un “no” que retorna a lo largo del relato en la contundencia del adverbio o en otras formas expresivas pautando elecciones, acaeceres inesperados, contrariedades, decepciones o incógnitas.

Efectivamente se trata de una historia de espera, objetivada en la carta que habría de proveer de mejor destino a quien se encuentra en un territorio de límites imprecisos donde habitan y circulan españoles, indianos, mulatos, indios. En francés hablar de una lettre en souffrance indica que la carta está en espera de llegar a su destinatario, expresión metafórica teniendo en cuenta que souffrance es en su primera acepción “sufrimiento”, y es este precisamente el estado de quien en ese “mientras” –que no hace sino agrandarse– vive agónicamente las circunstancias que lo rodean. El relato semeja así un extenso soliloquio, testimonio verbal de la soledad de Zama. Una soledad pautada por la lejanía de su esposa, pero más porque es la condición que lo define, solo, entre los que están a su alrededor, y solo, habitando el intersticio entre la vida otra que tuvo y la que está viviendo, extrañada, plena de interrogantes. 

Si bien el personaje no deja de mencionar los momentos de “holgar” y dormir sea por alivio o para enfatizar el tedio, o consigna el rutinario trabajo en la gobernación, asimismo es partícipe activo y pasivo de otros hechos, donde se juegan las vitales cuestiones del sexo, el amor y el dinero. Los barcos que arriban no sólo traen cartas sino también la paga para los funcionarios, la demora de las remesas desencadena entonces conflictos inmediatos para procurarse alojamiento y comida y esto a su vez tratos con quienes pueden dispensarlos, lo que envuelve al protagonista en situaciones de enfrentamientos, recelos, traiciones y humillaciones. Más fuerte estas últimas cuando otro elemento en juego es la preservación del honor y de la “carrera”, o sea los servicios prestados a la causa española por Zama “el enérgico, el ejecutivo, el pacificador de indios”… “el corregidor desconocido con presunción al Zama asesor letrado”, que devendría el “condicionado”, el “menguado”, y, no menos, el falseador, el calculador, el ridículo y el aventurero. Con una constante, Zama es un permanente observador, personas y cosas son objeto de indagación, causa de conjetura, intento –muchas veces repentinamente virado o fallido– de prever. Esto lo lleva a enfrentar su propia interioridad, sopesando y sopesándose. 

En el variopinto escenario de la ciudad, Zama se vincula, voluntariamente o no, con varios personajes de distinto rango e importancia. Quizá las dos relaciones más complejas se den con Vicuña Porto y con Manuel Fernández, lo que podría llevar a pensar en “las armas” y “las letras”, respectiva, pero no esquemáticamente. Ambos son capaces de sorprender e intrigar a Zama, cada uno puede enrostrarlo y develarle de este modo algo de él mismo que bien pudo ser el mensaje escrito con sangre de avestruz y lanzado en un frasco al agua. En estos lances de fortuna e infortunio las mujeres juegan distintos roles asociados a las necesidades, apetencias e ilusiones de Zama. Planteadas según usos y costumbres de la época, las relaciones con la mujer casada, la señorita, la mandadera o la india, promueven conductas diferentes, la densa espera se abre entonces a escarceos amorosos, confidencias, mediaciones, servidumbre, apareamiento y al sondeo de lo que misterioso impulsa a tentar límites y de hecho los toca. 

En un relato aparentemente lineal donde se registra el paso de los años y a la vez fijado en la expectación, se desencadenan los frutos del sueño, el recuerdo y el delirio, de modo que los aconteceres, aun verosímiles, están inmersos en una atmósfera borrosa, difuminada, donde caben potentes imágenes que, al igual que la inicial del mono muerto, densifican el tiempo al enlazar en un presente sostenido, lo pasado y lo futuro. Persisten así los rizos de una mujer, los cuartos sin techo, un verdadero bestiario (peces, gallinas, una araña, caballos, víboras, vacas), y sobre todo –como en aquella mirada a la chica subida al árbol en torno de la cual gira toda la terrible historia de El sonido y la furia de Faulkner– el niño rubio, tal vez, el verdadero mensaje que Zama habría de recibir.