Teatro> Caravana y Cosas que pasan
Ritos del futuro
Ahora mismo en el Cultural San Martín se presentan dos obras en las que la danza investiga sobre el cuerpo y los objetos: Caravana de Amparo González Sola y Cosas que pasan de Luis Biasotto. Cada una en su estilo, las piezas prefieren la intensidad y la incertidumbre, pensando la realidad como algo inaprehensible y, por lo tanto, lleno de poder y misterio.
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Caravana 

La relación entre nuestros cuerpos y todo lo que los rodea: con la materia que a primera vista está inafectada, hasta que una silla se rompe y deja caer un cuerpo, hasta que un pedazo de plástico se quema con la hornalla e irrumpe en escena de otra forma, causando unos segundos de hermosura y pavor. Cosas que pasan, la nueva obra de Luis Biasotto, que vuelve en su segunda temporada al Centro Cultural San Martín después de haber fascinado a muchos el año pasado, y Caravana, el último y filoso trabajo de Amparo González Sola y Juan Onofri, que se estrenó en el TACEC y sigue con funciones también en el Cultural, son dos investigaciones sobre el cuerpo y los objetos, el cuerpo mismo como material y las cosas como entidades cuasi mágicas que pueden develar experiencias misteriosas. Ambas obras desafían  el principio de realidad, como un túnel al que cae Alicia; una Alicia que son dos en Caravana (Juan Onofri y Amparo Gonzalez) y un grupo de siete  en la obra de Biasotto (Luciana Acuña, Luis Biasotto, Gabriel Chwojnik, Gabriela Gobbi, Agustina Sario, Matthieu Perpoint y Paula Russ). El tiempo pasa a ser una experiencia y un espacio que habitar de una manera distinta. ‘La realidad misma es inaprehensible’ dice Biasotto, y es precisamente esa cualidad la que ambas obras exploran y hacen estallar. Hacen pensar en lo absurdo de presentar la experiencia como algo lineal y ordenado, y no una mezcla de explosiones de ideas y sensaciones.   

 “Caravana: un grupo de personas que se junta para viajar en una misma dirección en zonas despobladas o peligrosas”; esa es la definición que aparece en el diccionario y que tan bien le sienta a la obra de Onofri y González Sola, creadores e intérpretes del trabajo. En un espacio delimitado por luces de led, en una oscuridad misteriosa y un paisaje sonoro alucinante (diseñdo por Ismael Pinkler) que guía la experiencia a la vez que provoca emociones fuertes en el espectador, los dos intérpretes se lanzan al camino de la exploración, de ellos mismos, del otro, del espacio, de las cosas que los rodean. Un perímetro que podría ser una pista de baile, pero también un cuadrado cósmico, una forma simbólica cuántica que se va desarmando a lo largo de la pieza en sus múltiples combinaciones, como un átomo que va estallando hacia el infinito. Se alude al mismo tiempo a la oscuridad del universo y al tiempo flotante y difuso de una fiesta electrónica. En Caravana el viaje es contemporáneo y muchas cosas aluden a él, las luces, la música, la ropa, las zapatillas, pero el espíritu es atávico; o incluso futuro. Es interesante ver cómo varias obras en este momento aluden precisamente a ese tiempo pasado que pega la vuelta y se vuelve porvenir; quizás estemos en un momento en el que para abrazar la multipicidad, el estallido de formas y velocidades, tengamos que sentir en nosotros también las pulsiones de las cavernas y del fuego, de todo lo que está en nosotros como potencia y revelación. Integrar todo eso para ser futuro. Caravana puede ser la investigación de esa multiplicidad, de cómo podría ser la relación con las personas y las cosas si verdaderamente nos dejáramos llevar por la experiencia que lo otro propone; sin más premisa que la aventura, aún a riesgo de devenir otra cosa.

“Pensar un trabajo donde las relaciones entre dos personas no fuera binario fue una de las premisas desde el comienzo. Las relaciones preceden a la forma. La simultaneidad de relaciones, y fuerzas entre nosotros, con los objetos y con el espacio trajo una multiplicidad de sentidos e imágenes. El gran desafío fue no cerrar esos sentidos sino intentar dejarlos en ese estado de ambiguedad”, cuenta Amparo Gonzalez Solá. Y sigue Onofri: “La intensidad que la obra despliega apareció para hacer que los cuerpos se encendieran y estuvieran presentes, para estar a la altura del parlante que produce el sonido, de los cables; la relación íntima con la materia nos pidió una intensidad que por momentos se volvía inmensa”. En ese espacio, lo que está presente es el cuerpo de los intérpretes, y el de los espectadores, atraídos como imanes a esa forma que se despliega: “El presente de los cuerpos en la obra es un flujo de fuerzas e intensidades en las relaciones entre nosotros y las cosas. Esas diferencias componen un flujo que es nuestro presente, un presente que trae el futuro y que está desplegando potencias del pasado.”

Luis Biasotto, como co-director del grupo Krapp junto a Luciana Acuña y como creador de sus propios trabajos, propone siempre universos de una vitalidad asombrosa. Esa vitalidad está marcada por la capacidad de crear mundos donde los intérpretes se mueven como criaturas siempre al borde, dispuestos a cruzar la raya todo el tiempo. Les propone llevar al límite las fuerzas de sus cuerpos, pero también volverse capaces de ser parte de un paisaje mayor, por momentos de una simpleza enorme, como una bandada de pájaros aleteando a la vez durante horas. “Siempre me interesó lo que no puede explicarse con palabras. Me gustan las cosas muy simples.  Siempre trato de llevar a los actores a lugares en los que sientan a la vez libres, cómodos e incómodos; donde la energía vaya de la nada a todo y de todo a la nada.” En Cosas que pasan, las sillas se quiebran con el peso de los cuerpos que se arrojan sobre el plástico, con la irreverencia que siempre treae la ruputra de lo que debería conservarse; dos intérpretes se besan durante largos minutos como si fuera lo único que pudieran hacer para estar vivos. En un escenario como un ring, como un perímetro que acoge otras reglas, que da otras libertades, los intérpretes y los objetos se transforman en cosas diferentes, no en cosas que no son, sino en cosas para las que normalmente no son utilizados. De esa forma, la transformación es constante, generando una sensación de libertad inmensa, en los que miran, y en los que hacen, como si se tirara todo el tiempo de un hilo que descose la sociabilidad, que permite y permite y permite. No es absurdo, es más bien la habilitación de otras formas de vivir la realidad. Que pueden ser graciosas y emocionantes porque construyen con lo que hay, imágenes más grandes, espacios de la imaginación. “El trabajo es para mí una forma de ver cómo puede existir la ficción escénica desde otro lugar. ¿Qué pasó con lo mágico? ¿Con el teatro que nos hacía creer cosas?” pregunta Biasotto y uno re construye su obra y entiende ese afán de creer en otras formas posibles, que podrían ser como una autobiografía de su imaginación. “Me interesa que ver una obra sea como entrar a una casa desordenada, mirar un rato, cerrar la puerta e irse. Entendés cosas, armás un montón de pensamientos pero no terminás de ver todo. Eso me interesa. La realidad misma es inaprehensible y es hermoso que una obra presente eso” .

Caravana se presenta los jueves y viernes, y Cosas que pasan los viernes y sábados, en el Centro Cultural General San Martín, Sarmiento 1551. A las 21.

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