El grupo de Düsseldorf llevó su energía a La Plata
Postales de un idilio irrefrenable

“Hace mucho que querrríamos tocarrr en La Plata”, dice Breiti, con el mismo acento que un argentino usaría para imitar a un alemán. Pero aquí sucede lo inverso: a pesar de que Die Toten Hosen vino innumerables veces al país, el guitarrista es el único de sus músicos que domina el castellano. Si Campino es el profeta, Breiti funge de exégeta de todo aquello que el cantante de la banda germana intenta proferirle al público criollo. Un idilio que comenzó en 1992, cuando debutaron en el extinto Halley, y que se extendió durante 25 años hasta “De vuelta a las canchas”, la gira que los ahora los trajo a estas pampas. La escala del miércoles en el Teatro Opera platense fue la parada previa antes del cierre de hoy sábado en Obras.

Los alemanes se sienten locales en la Argentina y lo perciben cada vez que regresan, patean las calles, intervienen con sus fanáticos y se prestan a iniciativas por fuera de su programa oficial, como el show que hicieron el lunes en la casa de un fanático, en Vicente López. Esa postal se repitió este miércoles, cuando al atardecer la calle 59 ya estaba atestada de fanáticos bebiendo cerveza y aguardando el momento de ingresar al teatro. 

A pesar de que el recital en La Plata había sido anunciado con estricta puntualidad, el grupo de la industrial Düsseldof salió al escenario una hora después de lo previsto. Para ese entonces, la sala de la capital bonaerense era un caldero y el propio Campino ya tenía su camisa transpirada. Un atavio que luce usualmente sólo para después sacárselo a mitad del show y quedar vestido nada más que con una musculosa, sus tatuajes y el sudor que genera su irrefrenable inquietud sobre el tablado.  

Después de “Strom” y “Liebesspieler”, los Hosen se despacharon con “Auswärtsspiel”, que entraña el quiebre del vínculo entre la banda y el público criollo. La canción, que significa “Partido de visitante”, dio nombre al disco que presentaron en el festival Quilmes Rock 2003, la vez que Campino escaló un kilométrico andamio y encendió una bengala en la cúspide de las marquesinas. Esa inolvidable postal (en tiempos donde la pirotecnia aún no era un arma de destrucción masiva para la cultura rock local) dinamizó el fanatismo de los argentinos por los alemanes. 

El minúsculo escenario no fue impedimento para que los músicos se desplazaran alternando posiciones como hormigas e intercambiando micrófonos. Ni tampoco para que Campino introdujera reiterados soliloquios de amor en espanglish antes de cada tema. Después de casi dos horas de show, el Ópera rugió “¡Hier kommt Alex!” cada vez que se repetía el estribillo de la canción más celebrada de la noche. La oda a Alexander DeLarge y sus Drugos fue hecha justo después de “1, 2, Ultraviolento”, demostrando que La naranja mécanica inspiró allí y también aquí. Y que acaso no existe demasiada diferencia entre aquellos argentinos y alemanes que lo mismo se inspiran en un mundo cada vez más agresivo y desembozado.