El sentido de la historia

El problema fundamental del siglo XIX es: ¿pudo haber sido diferente o todo conducía a que fuese como fue? Rosas tenía la posibilidad de una modernidad que no entregara a cambio la soberanía. Pero su desdén por todo lo gringo lo llevó a la soberanía pero le negó la modernidad que un país cuidadosamente abierto requería. Solano López contrató ingenieros extranjeros y envió a su hijo a educarse en Europa, algo que el Restaurador jamás habría hecho.

Hay que rechazar los determinismos. Milcíades Peña escribió como pocos sobre este tema. Si Felipe Varela hubiera triunfado no habría sido muy distinto a Mitre, eso escribió. Lo que aquí palpita es el trazado de una historia universal y necesaria. Las leyes de la historia condenaban a las montoneras gauchas. Pero si Urquiza no se retiraba en Pavón, si el Paraguay se sumaba a los guerreros del federalismo y podía negociar en buenas condiciones de fuerza, todo habría sido menos doloroso y más equitativo, no hubiéramos tenido un país con una gran cabeza y un  cuerpo débil.

No estamos jugando al que habría pasado si no hubiera pasado lo que pasó. Partimos del trazado de líneas de fuerza. Tratamos de eludir todo determinismo. Pero en el estudio de la historia todo tiene validez. La historia no es la nariz de Cleopatra, pero también es la nariz de Cleopatra. Pavón no sólo se explica por la injustificada defección de Urquiza, pero también es eso: la voluntad del jefe del federalismo de no dar batalla. 

Si Urquiza hubiese tomado el triunfo que tenía servido en Pavón, Mitre no habría lanzado su guerra de policía sobre las provincias. La guerra del Paraguay se habría tornado improbable o inexistente. Entonces, si se unían los federales de las provincias mediterráneas, el Paraguay (“país hermano”, es decir: país del interior argentino) y Urquiza, otro hubiera sido el poder que manejara los hilos de la política exterior argentina. Se habría negociado con Inglaterra desde una perspectiva de soberanía.

Plantear en tanto inevitable el triunfo de Mitre es plantear una historia fáctica: lo que pasó tenía que pasar, por eso pasó. No es así. Es fácil tener razón cuando se postula lo que ocurrió. Siempre se podría decir que sólo podía ocurrir eso, lo que ocurrió. Siempre se puede decir que no. Por ejemplo: Varela y el federalismo en el Fuerte de Buenos Aires habría sido el triunfo de la conciliación. Buenos Aires se hubiera unido a las provincias. Nada de ruina del interior federal. Se habría permitido la entrada de las mercancías británicas que no arruinaran a las nacientes industrias de las provincias.

Nota sobre el presente:

Siempre que se teoriza sobre el pasado se teoriza sobre el presente. Durante estos días pre-electorales se da por seguro el triunfo del macrismo. Esta falta de esperanza es darle el triunfo antes de los resultados de las urnas. Tanto decir que la derecha va a ganar sólo conseguirá que gane. La historia no está escrita en ninguna parte. El que todavía no ganó no tiene seguro su triunfo. Que haya sembrado el pesimismo en sus rivales es un triunfo no menor, pero no definitivo.

Sobre los malditos en la historia:

El macrismo se empeña en demonizar a CFK. Si la ponen presa –como tanto parecen desearlo– la convertirán en el “hecho maldito” de la democracia argentina. Veinte años después de la caída de Rosas –sobre el que pesaba la maldición de Mármol: “ni el polvo de tus huesos la América tendrá”–, los gauchos aún entraban en las pulperías, clavaban sus cuchillos sobre el mostrador y, dirigiéndose a la concurrencia, desafiantes decían: “Viva el gaucho don Juan Manuel de Rosas”. El largo exilio de Perón lo transformó en el hecho maldito del país burgués, según la frase de Cooke. ¿Por qué le temen tanto a CFK? ¿O es un deseo irreprimible de venganza? Como sea, tampoco hay que guiarse por los odios de la derecha. Puede equivocarse. Pero raramente. Casi siempre lo que odia es aquello que más la perjudica.