Desde Barcelona

UNO ¿Existe la palabra navidoso? Rodríguez teclea rápido, va y vuelve de la RAE, y no: no existe. Pero sí --novedoso navidoso-- existe a partir del momento en que él la piensa y, sí, ahora, invita a que lo acompañen no sentimiento navideño (ho ho ho) y sí en resentimiento navidoso (ha ha ha).

DOS Porque --seamos sinceros-- a nadie le da hoy por hoy el tiempo y las ganas para sentirse singular y particular y comunalmente navideño.

Y, sí, pocas veces un Felices Fiestas tan desganado como el de este año, recuerda y razona Rodríguez. No es, digamos, un mundo que se preste y mucho menos se regale a lo festivamente espirituoso. Y los fantasmas de Navidades pasadas lucen en la memoria tanto mejor vestidos y decorados y envueltos para regalo y no para devolución porque no gustó mucho lo que ahora se recibe. Y no es que Rodríguez se sienta de ánimo Scrooge. No: Rodríguez no odia las Navidades pero, este año sí quiere que pasen lo más rápidamente posible porque está claro que este it isn't a wonderful world. Tal vez de ahí que Shane "Pogue" MacGowan, autor de "Fairytale of New York", el que acaso sea el villancico definitivo y más fiel a la realidad de todos porque mientras se lo canta se discute con el ser más o menos querido (y, sí, hay algo de justicia poética en el que la neumática abonada a perpetuidad Mariah Carey haya sido derrocada al menos por un diciembre por la venerable Brenda Lee) haya decidido finalmente asumir la más largamente anunciada de las muertes y talar a hachazo lento pero constante al arbolito de su vida. Por lo demás, ya se sabe: dos guerras muy publicitadas e infinidad de conflictos bélicos con menos rating, la amenaza de la Inteligencia Artificial, las medidas drásticas findeañeras y las promesas a no cumplir ya desde principio de año. Y, por supuesto, todas esas propagandas de ácido lisérgicas de perfumes variados donde pareciera que unas pocas gotas alcanzan y sobran para hacerte creer y oír cascabeles y ver elfos y renos voladores y a alguien vestido de rojo y bamboleándose con las manos en nuestros bolsillos.

TRES Así, Rodríguez camina por una Barcelona de calles comerciales superpobladas intentando no llevarse por delante a quienes se detienen abruptamente para consultar algo de importante poquísima importancia en sus teléfonos o interrumpen el tráfico del Paseo de Gracia (el ayuntamiento ha lanzado patrulla especial y disuasoria de la Guardia Urbana) para tomarse selfies con iluminación navideña desde el que consideran el único y mejor ángulo posible. Y, sí, abundan los artículos de periódico y segmentos de noticieros dedicados a esta inquietante y casi zombi "locura lumínica" por la que compiten alcaldes surtidos para ver quién la tiene más grande y encandiladora. Fulgor y encandilamiento que --advierten científicos y ecologistas-- ya está produciendo contaminadoras alteraciones en el biorritmo y sueño de insectos y animales y seres humanos.

Pero una de las cosas que más perturbó a Rodríguez es el anuncio de este año para la Lotería de Navidad. Una especie de episodio de The Twilight Zone de Rod Serling cruzado con la Abre los ojos de Alejandro Amenábar. Publicidad en el que una chica de aire depresivo desea que "desaparezca todo el mundo". Y deseo cumplido y calles vacías y, claro, sin colas para comprar décimo de billete en la legendaria administración de loterías Doña Manolita. A Rodríguez le queda lejos y prefiere jugar a lo largo de todo el año a la Primitiva o al Euromillón. Más oportunidades y menos histeria y al final del aviso ese en el que todos desaparecieron resulta que todo fue un sueño y padre e hija se reencuentran y se dan un abrazo mientras --en algo así como apología de la ludopatía sensible-- se cuenta que "No hay mayor suerte que la de tenernos". Y en serio: Rodríguez sigue sin entender muy bien qué es lo que se quiere decir porque, hasta donde él sabe, los tiene y se tiene, por el momento, durante todo el año y sin necesidad de andar pensando en un número mágico.

CUATRO Así, intentando aclarar dudas e incertidumbres, Rodríguez decide buscar opinión de expertos. Isabel Preysler, entonces y Mi Navidad: su irreal reality en Disney+ donde luce más madrastra que princesa y nos invita a conocer la intimidad de sus preparaciones festivas. Y ya se sabe: esta mujer flota sobre la consciente inconsciencia de los españoles desde que Julio Iglesias la escogió como madre de sus (primeros) hijos y allí está desde entonces. Imagen de empresas de azulejos o de bombones; posterior pareja de político socialista y noble del reino y de escritor Nobel; responsable directa de la deforestación de varios bosques por todas las páginas de Hola! que lleva décadas sembrando (su kiosquero le envía diariamente toda la prensa con las páginas debidamente marcadas en las que aparece ella o su tribu); matriarca de un clan que incluye al cantante-ululante Enrique "Experiencia Religiosa" Iglesias y a su sucesora en el negocio de ser ella misma, pero en plan atolondrado-místico, Tamara Falcó. Y Rodríguez ve el primer episodio y es lo más parecido a fumar ese opio que nunca fumó. Una alucinación catódica que arranca con la advertencia de "incluye emplazamiento de producto" (y no escenas de sexo, drogas, lenguaje malsonante, violencia, luces estroboscópicas; pero sí ya abundantes escenas con teléfono móvil de las que, de aquí a poco tiempo, se advertirán como otro vicio peligroso o inconveniente). Y, sí, mucho nombre de boutique y apellido de restaurante, pero a Rodríguez no lo engaña: El Producto es ella. La Preysler produciéndose a sí misma. Y, enseguida, vistas de sirvientes surtidos ocupándose de la casa mientras Isabel desayuna su desayuno ritual y les sonríe y les agradece y mira a cámara explicando que "ellos son mis manos y mis pies". Y no hay nada de lo que brota de entre sus labios que no suene a lugar común robótico u hologramático. A veces se ríe un poco pero diciendo su risa: como si la deletreara o la separase en sílabas. Y el problema es que Mi Navidad no sólo le parece un delirio a Rodríguez, sino que hasta los propios "colegas" de la diva --como un conde de tertulia de tv y una ácida y curtida socialité-- han dicho que "parece una momia" o "ideal para dormir la siesta". "Soy muy sosa", comenta Isabel en un momento de su docu-día. Pero en verdad la Preysler es como la versión negativa de David Gilmour de Pink Floyd: mientras que al guitarrista siempre se le puede adivinar la próxima nota a puntear porque siempre será la perfecta, a la Preysler se le puede anticipar toda siguiente palabra porque siempre será la más obvia.

CINCO Para despabilarse Rodríguez recorre varios videos on line pertenecientes al género first reaction y dedicados al primer visionado por parte de millenials de Qué bello es vivir de Frank Capra. Y todos lloran con ese final. Y volviéndolo a ver Rodríguez se dice que la forma más sublime y noble de lo cursi es la epifanía. Y --viendo a todo Bedford Falls llegando a la casa del reaparecido y angélico George Bailey & Flía. para hacer un milagro sin azar ni lotería-- Rodríguez llora también.

 

Y, por fin, ya era hora, para algo están los clásicos, Rodríguez deja de ser navidoso para sentirse navideño y con ganas de salir a correr por las calles, bajo nieve y viento, gritando "¡Felices Fiestas para todos!". O, mejor dicho, para los pocos que se portaron bien este año que se acaba, este acabose de año.