La experiencia sureña

Si la experiencia sureña tuviese que ser vista como tierra sin cultivar, entonces tendríamos que decir que casi cualquier escritor, no importa si bueno o malo, que sienta profundamente esa experiencia podría plantar una semilla ahí y la haría crecer. Como ejemplo recomiendo la novela de Thomas Cullinan The Beguiled, adaptada en una buena película con Clint Eastwood, dirigida por Don Siegel. He aquí una novela que está “bien escrita” como suele decir un amigo mío cuando se refiere a un libro que es correcto, que no tiene nada especial. No es Saul Bellow, no es Bernard Malamud pero no está ahí abajo en tercera clase con nombres como Harold Robbins o Sidney Sheldon, que aparentemente no sabrían la diferencia entre una línea de prosa balanceada y una pizza de mierda y anchoa. Si Cullinan hubiese elegido escribir una novela más convencional, no llamaría la atención de nadie. Pero, en cambio, salió con esta loca historia gótica sobre un soldado de la Unión que pierde su pierna y su vida gracias a estos letales ángeles mortíferos que dan vueltas en las ruinas de una escuela para señoritas abandonada en la estela de la marcha de Sherman hacia el mar. Este es el pequeño acre de esa tierra no cultivada que tomó Cullinan, una tierra que siempre ha sido asombrosamente rica. Uno está tentado a pensar que fuera del Sur semejante idea no lograría más que yuyos. Pero en esta tierra crece como una viña de potente y loca belleza. El lector queda hipnotizado de horror con lo que sucede en esa olvidada escuela de chicas. Fue Faulkner quien no sólo arrojó unas semillas sino que plantó todo el jardín. Todo lo que escribió después de 1930, cuando realmente descubrió la forma gótica, floreció. La esencia del gótico sureño en el trabajo de Faulkner aparece, para mi, en Santuario, cuando Popeye está parado en el patíbulo, a punto de ser ahorcado. Se ha peinado prolijamente para la ocasión pero ahora, con la soga alrededor de su cuello y las manos atadas en la espalda, su pelo ha caído lánguidamente sobre su frente. Empieza a sacudir la cabeza, tratando de volver a poner el cabello en su lugar. “Yo te ayudo, te lo arreglo”, le dice el verdugo, y abre la puerta del patíbulo. Asi se va Popeye, con el pelo en la cara. Y creo con todo mi corazón que nadie criado al norte de la línea Mason-Dixon podría haber pensado en una escena así. O al menos, no podría haberla escrito así. Pienso lo mismo de la larga, pavorosa y atroz escena de la sala de espera del médico que abre el cuento de Flannery O’Connor “Revelación”. No hay salas de espera así fuera de la imaginación sureña. Por Dios, qué grupo. Hay algo terroríficamente suntuoso y fértil en la imaginación sureña y que esto se acentúa cuando sintoniza el canal gótico.

Así se refirió Stephen King a The Beguiled, la novela de Thomas Cullinan en su libro Danza Macabra, el ensayo sobre terror en cine, literatura y cultura de 1981 que ganó el premio Hugo a mejor no-ficción.