Los de Cristo en la cruz, acaso, son los pies más besados de la historia de la humanidad. Pero los pies que más milagros le han dado al país todavía están metiendo goles en los sueños de los futboleros. Nacieron y se criaron en los potreros embarrados de marginalidad. Nacieron y se criaron para jugar en libertad, sin miedo a nada. El mango apenas si alcanzaba para parar la olla en ese modesto hogar de Villa Fiorito. Si lo habrá sabido Doña Tota, la malabarista de la cocina. Si lo habrá sabido Don Diego, que guardaba, con orgullo, las pocas monedas que podía para comprar betún, esa pomada que necesitaba para darle lustre a los botines de uno de sus pibes. Esos pies, los de Diego Armando, eran los que más brillaban en los picados de tierra. Esos pies, los de Maradona, señores, terminaron pintando las obras más grandes que se jamás se hayan visto en las canchas del fútbol mundial. La magia que estos permitían es uno de los grandes misterios que la ciencia nunca podrá explicar.

Los pies y las piernas de Diego fueron noticia por las gambetas, por los castigos recibidos, por la hinchazón de su tobillo en Italia 90, por las destrezas incomprensibles dentro del rectángulo verde, por la musculatura maciza, compacta y breve que parecía condensar todo el poder y por mucho más. Pero no todo está escrito. Si miramos una vez más para abajo, aparecen las historias de los que vivieron bien de cerca los pies del Maradona. Son testimonios de quienes se asombran del asombro. Uno de ellos es Sergio García, el arquero del seleccionado que ganó el Mundial Juvenil de Japón 79. En diálogo con Enganche, “Chiquito” dijo que los pies de Maradona tenían una particularidad: “Diego tenía un problema, que muy pocos saben. Tenía un sobrehueso en cada uno de los empeines. Imaginate si la pelota pega en ese sobrehueso, se va para cualquier lado. Para graficar la dificultad digo que no es lo mismo que la pelota te pegue en la rodilla, que te pegue en el muslo, ¿entendés?”.

La primera vez que Maradona salió campeón con Argentina fue en el 79. El equipo lo había seleccionado Carlos Peucelle. Y lo dirigió el Flaco Menotti. Diego brilló con el Pelado Díaz en la cancha. Pero de aquel vestuario de Japón todavía sobrevuelan anécdotas que no son anecdóticas. Tamaña impresión la que se llevó Sergio García cuando lo vio a Maradona vendarse: “Le veía el pie muy ancho y alto, con muchísimo algodón sobre el empeine. ¿Por qué te vendás así, Diego? ‘Porque tengo un pequeño problemita’, me respondió. Y ahí fue cuando me percaté del sobrehueso que tenía en los dos empeines. Los emparejaba con algodón y mucho vendaje”. La historia tiene ribetes literarios. Pero los testimonios recolectados son consecuentes con este relato. Fernando Signorini fue el preparador físico de Maradona durante diez años. Ahora trabaja en Atlético Zacatepec, de México. Y aportó otro dato vital para la afianzar la teoría: “Ya te digo, (Diego) tenía el empeine del pie un poco más alto. Para el que no lo tiene puede pensar que es un problema.  Pero a Maradona no le jugaba a favor ni en contra. (El sobrehueso) era más prominente en el empeine izquierdo”, reveló Signorini, en una charla telefónica que mantuvo con Enganche.

 

Carlos Sarraf

 

¿Los pies de Maradona tenían dificultades de nacimiento? ¿Es un problema tener un sobrehueso? ¿Puede decirse que Diego superó una adversidad más en su vida? ¿Esta malformación, por así llamarla, agiganta aún más la leyenda? Las preguntas empiezan a sucederse, pero de inmediato, Signorini pide la palabra: “Eso no explica nada. ¿Sabés la cantidad de gente que tiene esa tipología?  Diego no nació para ser explicado. ¿Por qué querer explicar todo? Maradona lo tuvo desde que nació eso. Pero no superó ninguna adversidad. Era una cosa natural en él, desde que jugaba en los Cebollitas se acostumbró a eso. Muchos se ponen algodón en el empeine para evitar los golpes más fuertes, que son en esa zona. No para nivelar eso que me decís. Lo fundamental de Maradona fue después de la lesión de Goikoetxea. Ahí es cuando yo empiezo a entrenar con él. Diego tuvo que reacomodar toda la secuencia biomecánica para volver a ser. Y logró mejor efectividad incluso de la que tenía antes”, agrega.

La referencia a la lesión de Maradona remite al 24 de septiembre del 83. Barcelona le ganaba 3 a 0 al Bilbao, cuando Maradona fue anestesiado por un patadón de Andoni Goikoetxea (Athletic Bilbao), que le rompió los ligamentos del tobillo izquierdo y le fracturó el hueso maléolo externo e interno. Triple fractura de tobillo. Lo llevaron a la clínica Asepeyo. Y lo operaron enseguida. Diego estuvo 106 días sin jugar para los catalanes. Tenía 22 años. Y el futuro futbolístico del astro argentino era toda una incógnita. Las portadas de los diarios fueron letales. El diario Mundo Deportivo puso en la tapa una foto de Maradona en camilla, acompañada por el titular “El crimen”. Calificó, además, de asesino al defensor vasco por la “caza salvaje”. El diario Marca encabezó su cobertura con una frase: “Prohibido ser artista”.

Según relata en su biografía “Yo soy el Diego de la gente”, Maradona llamó por su cuenta al médico deportólogo Rubén Darío Oliva, que vivía en Milán, y este logró una milagrosa recuperación que terminó en Buenos Aires. “Habíamos arreglado con el Barcelona que a los quince días iban a ver cómo estaba mi tobillo operado, pero Oliva a los siete días me sacó el yeso. Cuando el doctor del Barcelona me vio pisar (González Adrio) se le cayeron los anteojos (...) Oliva les hizo entender que una de las claves de mi juego está en la movilidad de mis tobillos. Si me hubieran hecho una recuperación tradicional, con yeso, hubiera perdido ese giro característico”. Ahí la apuesta la ganó el manager Jorge Cyterszpiler, quien le había prometido a los dirigentes catalanes resarcir económicamente al Barcelona si la recuperación con Oliva no llegara a funcionar.

“Le habían roto la mano a Picasso, fue tremendo verlo a Diego con treinta puntos en su tobillo”, relató Guillermo Blanco, quien vivió desde adentro el sufrimiento de Maradona. Primero porque era su jefe de prensa. Y segundo porque lo conocía la época de los Cebollitas. Finalmente, Diego se quedó conforme con la reconstrucción de su tobillo, a pesar de que no había quedado como antes. “Después de la operación, Diego tuvo una reducción importante en el grado de la movilidad del tobillo. Fue por eso que junto con el doctor Madero, viajaron a los Estados Unidos. Ahí empecé a trabajar con él. Yo le sugerí que un tipo como él que era una Ferrari, necesitaba el mejor mecánico, el mejor especialista del mundo. Eso fue entre agosto y septiembre del 84. Ellos vieron a un médico estadounidense, que era director de los servicios de la Liga de Fútbol Americano, donde se producen las lesiones más grandes”, contó Signorni.

 

Carlos Sarraf

Blanco recordó que Maradona se recuperó de su lesión en su quinta de Parque Leloir.  El doctor Oliva le recomendó quedarse en el país, porque tenía el afecto de Doña Tota. El mismo periodista confió que Maradona tuvo que volver a aprender a patear tiros libres: “Cuando Diego volvió a jugar, ante el Sevilla, volvió rengo. Movía el tobillo para arriba y para abajo. No podía girarlo. Estuvo seis meses trabajando en kinesiología. Se quedaba una hora después de los entrenamientos”. Signorini, por su parte, opinó que el daño había sido tremendo: “El daño que le produjo la lesión era irreparable. El radio de acción no iba a mejorar. Y se tenía que acostumbrar a vivir con eso. De modo que empezó a practicar una nueva manera de apoyar el pie, de hacer el recorrido con la zurda, de girar más la cadera, de acercarse más a la pelota. Así y todo, Maradona fue capaz de superarse, gracias al esfuerzo y al talento”. El gol de tiro libre que le metió a la Juventus, jugando para el Napoli, es la prueba de que la magia estaba intacta. Luego, un año después, saldría campeón mundial en el 86. .

Los tobillos de Maradona eran como las muñecas de un pianista. Por eso, el vendaje que usaba iba más arriba, que de lo normal. Incluso, Puma le diseñó unos botines especiales. Con el talón más alto, porque luego de la lesión de Goikoetxea, el tobillo le había quedado más voluminoso y se le escapaba del calzado. Le tomaban la medida cada vez que la empresa lanzaba un modelo. Y enseguida se lo mandaban a confeccionar. Le iban al pelo esos “timbos”. Siempre. Casi siempre, mejor dicho. En el libro “Vivir en los medios”, el periodista Leandro Zanoni recordó que, antes del debut ante Camerún en el Mundial 90, Maradona se lesionó la uña del dedo gordo del pie derecho y ni siquiera podía ponerse los botines para entrenar. Probó con zapatos más grandes, pero igual le dolía. Andaba todos los días en chancletas. Argentina saldría segunda en ese Mundial, pero hay tres imágenes imborrables: los penales atajados por Goycochea, las lágrimas de Diego en la final y el tobillo gordo, extasiado, que tenía la apariencia de un pomelo.

En el Mundial 90 el mundo hizo foco en los pies de Diego. Carlos Bilardo confesó desconocer si Diego tenía un sobrehueso en cada uno de sus empeines (“La verdad es que yo le veía los pies normales, no lo sé, los médicos de la AFA nunca me informaron nada”), pero sí rememoró el tamaño desmesurado del tobillo de la estrella argentina. “A Maradona se le hinchaban los tobillos, le pegaban mucho. Antes se pegaba un montón, te puedo decir que cuando iba a la cancha, también veía cómo lastimaban a Brindisi, Martino, a Kempes, a Sabella y Gottardi, ellos la pasaron mal.  A pesar de todo, Maradona tenía una ventaja en Italia. Tenía jodida una zona que no limita. El tobillo deja jugar, la rodilla no. Bien vendado, el tobillo deja jugar”, expresó el director técnico campeón mundial en 1986. Y agregó, para rematar: “Maradona era muy hábil con los pies, y mejor aún para pensar”

Maradona eran cuidado por el doctor Rubén Madero, y por dos masajistas: uno era Miguel Di Lorenzo, popularmente conocido como Galíndez, el otro, el italiano Salvatore Carmando que cuidó el físico de Diego en el Napoli (del 84 al 91). El acceso a la información era restringido por el cuerpo médico, pero Rubén Moschella, por entonces único empleado administrativo de la delegación argentina, rompió con el hermetismo bilardista y reveló detalles del tratamiento que le practicaban al Diez para recuperar su tobillo afectado. Moschella vivió bien desde adentro todo la concentración en el centro Fluvio Bernardini, predio que utilizó Argentina para  la concentración en Trigoria. Dijo que el noventa por ciento de esa Selección estaba en la enfermería. Y destacó que los trances que superó Maradona fueron de película.  

”Diego siempre tuvo el tobillo hinchado, previo a los partidos en la noche anterior se le hacia un tratamiento de frío-calor. Se le ponía un ‘revuelto’ casero por las noches. Y a la mañana el tobillo aparecía desinflamado, parecía magia. Eso sí, cuando empezaba a jugar, otra vez se empezaba a inflamar. Lo que usaban con Diego era un preparado con un fármaco, una masa, una cera negra, parecía alquitrán, y eso surtía efecto, además de toda la medicación que le daban”, comentó Moschella y añadió: “El dormía con el tobillo a la miseria. Tenía tres tobillos juntos en uno. Cualquier otro jugador no hubiera podido ni pisar. Pero él quería jugar todos los partidos. La peor parte se la llevó ante Brasil (Nder: se infiltró para poder jugar) Y Alemão, que era amigo suyo, salió directamente a pegarle en el tobillo lastimado”.

Alguna vez, el arquero paraguayo José Luis Chilavert contó que el secreto de su buena pegada estaba en el (breve) tamaño de su pie. Signorni escuchó esta aseveración y se sonrió. Aseguró que Maradona calzaba 38/39. “En el futbol no hay secretos. La clave está en algo que es inexplicable y que le da mucha bronca a aquellos que son adeptos a las teorías conductistas. Les da bronca lo que no tiene explicación. Entonces, con ese criterio, tampoco serviría el amor, la amistad la belleza.  Creo que es un misterio, como dice Menotti. Los grandes jugadores pueden contemplarse y no explicarse. Te digo más, hay mucha gente de pie chico en el mundo, que juega muy mal al fútbol, ja ja.”.  Sea como fuere, los pies de Maradona siguen hablando desde el retiro. Tanto que el periodista Blanco se animó a confesar una particularidad: “Cuando Maradona estaba en el Napolí, tuvimos que volver a Barcelona para que le  sacaran los clavos del tobillo.  Pero como no tenían las herramientas adecuadas, la cabeza de un clavo se rompió y le quedó incrustada dentro de su pie. Aún hoy la tiene, no se la pudieron sacar”. Los clavos en los pies de Cristo y Maradona. Una imagen más. De la vida. Y del fútbol.

Carlos Sarraf