Te espero a la salida
Las calles laterales a la salida de la marcha se vuelven un aguantadero de la homofobia. Un hombre golpeó en la cabeza con un palo de hockey a un muchacho que salía de la avenida principal. Aquí, la crónica de lo que ocurrió en Montevideo 39.
Imagen: Sebastián Freire

Love is love, Superman besa a Batman envuelto en la bandera del orgullo. Ocho de la noche. Avenida Rivadavia. Juan y Hugo bailan acompañando los camiones que cierran la Marcha del Orgullo. Juan está feliz de haber colaborado en la producción del camión Impulse. Aunque Hugo lleve la remera de los superhéroes, no hay cuerpo que resista tanto movimiento sin reponer líquido. Como muchos otrxs manifestantes, doblan por la calle Montevideo en busca de un súper chino que venda bebidas frías.

Sin baños químicos a la vista, a lo largo de cuadras y cuadras. Estado de situación para una multitud de 200 mil. Lxs manifestantes -sin hacer distinciones de géneros- improvisan, como pueden, sanitarios junto a los contenedores de residuos. Hugo Proz (37) pasa junto a un contenedor y de la nada ¡zamp!, siente la trompada seca desde atrás, sobre la nuca. Oye un griterío: ¡Putos, degenerados! Quienes pasan por la cuadra (y no la conocen bien) no pueden entender lo que ven: un hombre morrudo le parte a Juan un palo de hockey en la frente, desde el costado, con toda el alma. 

Los atacantes, enardecidos de odio, son tres. Uno viste elegante chomba blanca con franjas negras, otro remera roja y el tercero, pulóver verde. Tienen fuerte acento porteño. Se pasan el palo de hockey de uno a otro. A Juan le pega el de remera roja. 

Un grupo de chicas intenta detener a la patota. En ese momento hay un tercer muchacho alcanzado. Se llama Martín. Lo sabemos porque se le cayó el DNI y una de las chicas lo guardó. A Martín lo persigue el de chomba a franjas, que logra golpearlo con el palo en la espalda. Al agresor le gritan ¡cobarde! Y él responde llamando “violines” a los manifestantes gays.

Las calles transversales a la marcha se ven amenazantes, hay relatos de hostilidad y botellazos, aunque no con la crudeza de este bolsón de odio a pocos metros de Plaza Congreso. 

Lejos de producirse un desbande, los manifestantes que doblan por la lateral se solidarizan con sus compañeros atacados. Los agresores corren y se atrincheran en la casa de Montevideo 39. Juan González (33), con la frente ya abierta y manando sangre, se queda gritándole al de remera roja “loco, homofóbico” y acto seguido cae tendido en la vereda, en shock. Hugo también queda sin capacidad de respuesta, esperando asistencia. Un hombre de cabello gris que se presenta como militar asiste a Juan, le pide que no se duerma, llama a la policía y solicita ambulancia del SAME. No sabemos más de este hombre.

Llueven papeles y latas de cerveza contra la fachada de Montevideo 39. “Forro, homofóbico, cagón, salí, poné la cara”, los gritos de lxs manifestantes. Sale una mujer con un bebé en brazos, junto con una adolescente. La mujer grita: “Dejen de tirar cosas que mi hija tiene convulsiones”. La adolescente no dice nada. Vuelven a ingresar a la casa y los tres agresores no dan señales de vida. Desde la calle se advierte que apagan la luz. Vuela un botellazo. Uno de los integrantes de la patota sale de la casa haciendo ver que lleva un arma de fuego enrollada en la chomba elegante. Alardea poniendo el arma a la altura de los genitales y amenaza con disparar. 

Maru, una de las manifestantes, logra grabar la escena con su celular. “El tipo sale con el arma hacia la vereda de enfrente. Yo estoy grabando desde allí, atrás de un contenedor, y le pido a la mujer del quiosco que me permita entrar para protegerme. La mujer no quiso ayudarme: ‘No va a disparar. Todos los fines de semana hace lo mismo’. Entonces salí corriendo y me quedé a la vuelta. En ese momento llegan dos patrulleros y dos ambulancias”. 

Cambia el escenario. Una ambulancia se lleva a Juan y Hugo. Van al Hospital Ramos Mejía. El atacante de chomba elegante parlamenta en la vereda con dos efectivos de la Ciudad. Sostiene que lxs manifestantes le están faltando el respeto. Luego vuelve a ingresar a la vivienda. “Cuando llega la policía, nos piden que calmemos a la gente, que desconcentremos. Tardaron tres horas en entrar a la casa”, explica Maru. 

Distopía neorreal. Un camión hidrante se ubica frente al Teatro Liceo, otro camión hidrante al otro lado de Plaza Congreso sobre la calle Hipólito Yrigoyen, y el tercer camión hidrante sobre el vértice principal de este triángulo, en la calle Montevideo, apuntando directamente hacia lxs manifestantes. En la misma imagen, ingresa al edificio contiguo un vendedor de copos de algodón de azúcar, con un palo de dos metros estallante de nubes rosadas. El edificio resulta ser un depósito de carritos de choripanes y hamburguesas. Desde allí, un hombre con acento italiano defiende a sus vecinos, los defensores de la moralidad a garrote limpio. “Ustedes son unas desvergonzadas”, exclama.

En medio del despliegue otra manifestante, María Onis, se encuentra con un hombre de cabello negro engominado, circunspecto, aspecto policía de civil. Le pregunta por qué no entran de una vez a detener a los agresores. “Yo no soy policía. Soy militar, que es muy diferente. Y defiendo mi patria. Y si tengo que matar a alguien, lo mato”. La policía planta frente a lxs manifestantes un trípode con una cámara que registra todos sus movimientos. 

A las once de la noche, los efectivos entran a la casa. No detienen a toda la patota sino solamente a uno de sus integrantes, el que vestía remera roja.

Mientras tanto en el Hospital Ramos Mejía, Juan González aguarda tendido en una camilla con el torso desnudo. Le dan siete puntos de sutura en la frente, le sacan placas radiográficas. “No tenés nada”. Juan sigue en shock. No abre los ojos. Nunca le cubrieron el torso. Esa noche la temperatura bajó a 11 grados. El tomógrafo no funciona desde hace meses en ese hospital. 

En la comisaría 5ª, declara un grupo de siete manifestantes. Martín Lanfranco, trabajador del Inadi que participó en la marcha, acompaña a Hugo y Juan. “No les dieron copia de la declaración a lxs testigos. Las actuaciones quedaron labradas como ‘lesiones’. Si te parten un palo en la cabeza, te pueden matar. Esto es tentativa de homicidio, con agravante de odio. Cuando le toman declaración a Juan por el golpe en la nuca, la oficial anota en el acta que ‘ella no pudo corroborarlo’. ¿Cómo va a corroborarlo ella? No había médico legista”.

La batalla sigue ahora en Tribunales, en el Juzgado Criminal y Correccional 11, del juez Pablo Ormaechea. ¿Cuáles son las diferencias entre “lesiones” y un crimen de odio? Entre una Justicia que borra de un plumazo la Ley Antidiscriminatoria para convertir un ataque asesino contra manifestantes gays en simples lesiones del Código Penal. Entre un operativo que en lugar de prevenir ataques contra la población lgbtiq, protege a los agresores e intimida a las víctimas con blindados antidisturbios, “militares” de civil y una formación de infantes preparada para disparar. La comunidad lgbtiq se encuentra en alerta. En el inicio de una campaña con el objetivo de que no se sigan encubriendo estos crímenes de odio.

Sebastián Freire