Ramiro Abrevaya, antes de la presentaciópn de su disco Luma en Niceto Club
“Siempre es bueno rodearse de aliados”
A pesar de los riesgos que supone la autogestión, el músico disfruta del trabajo solista, que ya le permitió grabar el EP Test y el disco Filo. Con su tercer álbum dejó a un lado las programaciones y se apoyó en una forma de producción más orgánica.
“Las de Luma son canciones sin tanta deformación y posproducción. Se editaron para lograr un disco limpio.”“Las de Luma son canciones sin tanta deformación y posproducción. Se editaron para lograr un disco limpio.”“Las de Luma son canciones sin tanta deformación y posproducción. Se editaron para lograr un disco limpio.”“Las de Luma son canciones sin tanta deformación y posproducción. Se editaron para lograr un disco limpio.”“Las de Luma son canciones sin tanta deformación y posproducción. Se editaron para lograr un disco limpio.”
“Las de Luma son canciones sin tanta deformación y posproducción. Se editaron para lograr un disco limpio.” 
Imagen: Guadalupe Lombardo

Aire libre, árboles añejos, pibes jugando en una plaza, pelotas que pican cerca, sol y Ramiro Abrevaya ahí, sumergido en medio de la secuencia. Pero abstraído en su tensión pasado-presente: el paso del universo banda al de solista. “Durante mi adolescencia tuve varios grupos, curtí la experiencia de banda hasta que en un momento quise abrirme y hacer mis canciones, sin negociar con nadie”, se sincera el protagonista de la charla, que también lo será este martes cuando muestre en público su tercer disco (Luma) en Niceto Club (Niceto Vega 5510). “Quería saber qué pasaba con las canciones propias, que en una banda siempre se desguazan, y llevan tu idea original hacia otro lado. Me agoté de eso, de los vaivenes de la dinámica de banda y decidí, como muchos de mis referentes, seguir mi camino solo”, sigue enmarcando este músico autogestivo, amante del cine y las imágenes, que ya lleva tres trabajos en esta senda: el primero fue un EP (Test), el segundo un trabajo de diez temas llamado Filo, al que le entra antes de anclar en Luma, el tercero. “Filo viene de amor y de plata, pero además me gusta nombrar mis discos con palabras de cuatro letras, algo que solía hacer Peter Gabriel, en su caso con dos letras”, refiere.  

–Gabriel, uno de esos referentes que sigue, por lo visto.

–Si, y el otro es Sting. Estoy muy inflido por ellos, y me mandé a jugar mirándolos. La verdad es que me salió todo fluidamente, porque siempre tuve la costumbre de componer, de programar, de producirme, de generar alternativas de trabajo. También diría, para terminar de definir Filo, que se trata de un disco bastante más oscuro que Luma, que refiere a la luminancia, a lo lumínico. Tiene otra idea musical.

–Un contraste bien marcado entre ambos.

–Sí. El único tema oscuro de Luma es “Marea”, que casualmente es una canción vieja que quise meter en este disco, porque lo trabajé con Darío Sztajnszrajber. Pero este tema es como una especie de desliz, un mareo, precisamente. El resto de las canciones están iluminadas por mi hija, que es la nenita con la antorcha que está en la tapa y en la postal lenticular 3D que acompaña la edición digital. 

Otro de los rasgos que diferencian un disco de otro (se llevan cuatro años) es el poco foco puesto en la programación; una grabación que ocurrió casi en vivo; una producción compartida; las presencias de Pipe Correa, baterista de Los Espíritus, y Federico Wiske, guitarrista y cantante de Los Pecera; y un uso moderado de los retoques posteriores a la grabación. “Las de Luma son canciones sin tanta deformación y posproducción. Se editaron, sí, pero no para generar tímbricas o efectos sino para lograr un disco limpio. No hay una cosa ambient o electrónica... es un disco orgánico y maduro, diría”, define este hombre que, si bien lleva años desprendido del formato banda–de–amigos, trabaja con una que incluso tiene nombre: Los Gentiles. “Fue una idea que me propuso Nico Castro, amigo y manager. El quería que armemos ruido y, sobre todo, quería diferenciar cuando el toque es mío solo de cuando lo es en banda. Incluso él fue quien me tiró el nombre porque, simbólicamente, gentiles se le dice a los goyim. Tanto Nico como yo somos judíos de cuna, y me gustó que encerrara ese jueguito”, desarrolla el músico sobre los cuatro magníficos que lo acompañan: Cristian Ruffini (guitarra y coros), María Barone (teclados, sinthes y coros), Agustín Pettinato (bajo) y Tomás Wagner (batería y secuencias). “Es mucha la diferencia que existe entre una banda y un solista con banda. En mi caso, grabé el disco con un grupo, luego la cosa cambió, y armé otro para presentarlo. No sé, parece lo que hace el Indio Solari”, se ríe.

–La autonomía tiene su costo...

–Totalmente, sí. Y en lo literal del término resulta salado ser solista, porque no tenés la cuestión cooperativa tan hermosa que tienen las bandas, y que sí extraño mucho. Pero si lo ves de otra manera, lo solista tiene otros beneficios, porque uno toma decisiones propias y aparece la pureza de tus ideas. Pero bueno, sí, tiene un precio. Por eso siempre es bueno rodearse de aliados.

–En este sentido, una referencia clave sería Spinetta, que pasó de un grupo de amigos “hermoso” como Almendra, a la independencia de criterio que le posibilitaba Jade. 

–Otro referente, sí. Y grande. A nivel humano, para mí el Flaco es el número uno.