Una increíble trama que mezcla lesbianismo, silicona, muñecos de plástico y stickers de marabunta puso los últimos días a una famosa militante pro vida en el ojo de la tormenta. María Hernandarias, víctima de su accionar perverso, monologó para Soy a la salida del INADI, donde acababa de dejar asentada la correspondiente denuncia. 

"Morí del horror cuando me dijo que le parecía excelente el lesbianismo como una forma de prevenir el aborto. Ya había pasado un largo rato y sus diestros garfios -no por expertos sino por derechos- me empezaron a toquetear bajo la pollera y me engancharon el nylon de mis medias. Pará, le dije cuando sentí la uña. Pero a R. Varela no la detenía nadie, te lo aseguro. Estaba tan caliente, pero tan caliente que lo único que hacía era incrustármela, apretar los dientes y mostrármelos como una caníbal. Tuve miedo que me masticara. No es lo mismo haber sido mono-gama que ser cooptada por una gorila, ¿entendés? Cuando puso sobre la mesa el llavero del "bebito" la terminé de reconocer, era la de sonrisa caballuna que en el video agarraba al muñeco fetito por los pies y la cabeza pelada. El impacto fue fuerte, pero el espanto lo fue más cuando vi que a la tira de su cartera le había abrochado un pin con la carita de Pato Bullrich sonriendo. Le miré las botas. "Me fascina esta mujer", dijo. Me di cuenta en seguida de que R. Varela tenía una doble vida porque por un lado era el adalid de la lucha contra la "ideología de género" (algo que podría ser una suerte de partido político gestado en una sedería) y por el otro, de pescado sabía más que la Felipe, te juro. Imaginate las especulaciones que acudieron a mi cerebro descolocado. Si R. Varela llevaba esa foto en la cartera, ¿con qué ilustraría los portarretratos de su mesita de luz: la cara de Lilita, la de Ocaña? ¿una orgía de rostros inenarrables y sin cuello a los que no unía el amor sino la Pando? Estábamos en La Biela, al lado de la estatua de Borges. Lindo lugar para una cita a ciegas, pensé, no va a volver a pasar, ni aunque me paguen. Pago yo, dijo R. Varela y llamó a un mozo por el nombre -se conocía a todo el personal, no sé por qué-. Peló su plástico American Express dorada y firmó el cosito. De pronto, en medio del barullo se abrió paso un sonido mecánico, como un tic tic que se repitió velozmente y en menos que canta un gallo sentí sobre mi "muñeca" el frío de una esposa. Me quise rascar un pómulo y llevé su mano junto con la mía hasta mi cara. Ella la bajó raudamente para que no se viera que me tenía agarrada y chocamos contra el pocillo de café que se me cayó encima. "Ay", me quejé. "Ya vas a gritar, mamita, cuando estemos solas -me susurró-. Algo está naciendo entre nosotras, dejalo ser". Como el aire acondicionado estaba encendido y soy alérgica, una agüita me empezó a correr nariz abajo igual que a Mariú en el video con Fantino. Ese fue mi último recuerdo. Después se me hizo una laguna. Cuando me desperté con el sticker de marabunta en el codo ya estaba en su habitación. Frente a mis ojos una mujer inflable con la cara de Angela Merkel me miraba con ojos vacíos. Detrás, sobre una vitrina había una colección de "juguetitos" sexuales de todos los tamaños que me revelaron que su relación con el mundo del plástico era fuertísima. Pude huir por la ventana cuando entró a bañarse, me tiré de un primer piso pero el saquito que llevaba puesto se enganchó en las ramas de una tipa florecida que había en la vereda. Estornudé sin parar pataleando en el aire. Estuve ahí, con la nariz tapada, hasta que me bajaron los bomberos".

 

 

Solución: La noticia real es la del matrimonio homofóbico de Canadá.