“¿Cuál es el principio?” es la frase que reverbera en el inicio de Todo documento de civilización, la nueva película de Tatiana Mazú González, como un interrogante sin respuesta. La voz es la de Mónica Raquel Alegre, madre de Luciano Arruga, desaparecido a manos de la policía en 2009 y cuyo cuerpo enterrado como NN apareció en 2014 en el cementerio de la Chacarita. ¿Cuál es el principio de esa historia? ¿El hostigamiento policial a Luciano por negarse a robar para la comisaría? ¿Su pertenencia a los barrios populares, su trabajo con el carro por las calles, en las noches de frío y lluvia? ¿O la condición de frontera civilizatoria de la General Paz, como lo aseguran los documentos oficiales de su creación, allá por 1937? Preguntas sin respuestas definitivas, preguntas que disparan la reflexión de la directora y el equipo del colectivo Antes Muerto Cine, que indaga en aquel hecho de violencia institucional, explora las cicatrices que perduran en su madre, en su comunidad, pero también escarba en un pasado que se remonta a los cimientos coloniales del estado, a la sangre que recorre sus fronteras, a los muertos que pesan en su conciencia.
Todo documento de civilización llega el jueves a su estreno en cines tras un largo recorrido nacional e internacional, que la llevó desde el Festival de Marsella al de Perugia en Italia, desde la competencia internacional en el FICUNAM de México, a Chile, Colombia, Perú y a la apertura del Doc Buenos Aires. Fotogramas que recogen la historia de Luciano Arruga, la lucha de sus familiares y las marchas colectivas por justicia, traspasaron las pantallas, fueron materia de discusión, de emociones encontradas, de luz y oscuridad. Como la película que Tatiana Mazú González fue descubriendo a lo largo de diez años, desde el momento en que regresaba a su casa y escuchó la noticia del hallazgo del cuerpo de Luciano enterrado como un desconocido, en el que las imágenes del Google Maps señalaban el cruce entre General Paz y Emilio Castro como el lugar del hecho, aquel que ella había recorrido desde su adolescencia para visitar la casa de su abuela en Lomas del Mirador, la misma que ahora habita bajo el mismo paisaje, los mismos recuerdos.
“Nací y crecí cerca de la estación de Liniers, y viví gran parte de mi vida a media cuadra de la General Paz. Antes que asomara un pensamiento alrededor de la avenida como una suerte de cicatriz en el planeamiento, esa frontera fue algo que atravesó mi vida de manera inconsciente”, revela la directora. “Sin embargo no fue ahí donde surgió la idea de la película. En el año 2009, cuando la policía secuestra y desaparece a Luciano Arruga en complicidad con un amplio entramado de organizaciones estatales y gubernamentales, yo recién estaba estudiando cine. En 2014, cuando su cuerpo aparece enterrado como NN en Chacarita, alguien sube a internet una captura de Google Maps del cruce. Recién ahí apareció la película, vinculada con la sensación que me generó esa imagen, una imagen signada por el poder, por la incomodidad y la crudeza de ver un lugar que para mí era un cotidiano y para otro era el sitio del horror”.
LAS CAPAS OCULTAS
La película tuvo un largo proceso de preparación y la definición de una forma poética, signada por idas y vueltas entre el espacio concreto del rodaje, en el cruce y sus alrededores, y la sala de montaje. Comenzó como un cortometraje, se amplió con el ingreso de la voz de Mónica Alegre, cobró vuelo con la fascinación de Luciano por la literatura de Julio Verne, irrumpió en la calle con las movilizaciones y el reclamo de justicia, adquirió presencia en los sonidos de la noche, los bocinazos, los chicos gritando en la vereda. Imágenes fantasmales de un lugar de tránsito, pero también testimonios de una violencia que perdura. “En el proceso de investigación fue surgiendo la reflexión sobre la General Paz como un dispositivo colonial y civilizatorio, como una frontera de clase. Ahí comenzó la investigación sobre el material de archivo de aquel proyecto de planeamiento de la avenida. El principal interrogante era sobre las violencias ocultas en nuestros espacios cotidianos, y enseguida me vino a la cabeza un texto de Walter Benjamin, Tesis sobre la filosofía de la historia, donde afirma que todo documento de civilización es a la vez un documento de barbarie. Es un texto lleno de ideas vitales que permiten pensar la historia desde la filosofía, pero también el montaje en el terreno cinematográfico”.
¿Cómo se representó ese espacio institucionalmente y qué ocultan esas representaciones? Disciplinas como la arquitectura, el urbanismo, la botánica, la arqueología, la geología son presencias sugeridas por la película para abordar la cartografía del cruce, el registro de lo material, del hormigón, la basura, las plantas, todos los objetos y las historias que los marcan. Las imágenes de Todo documento de civilización escapan a la nitidez, a la claridad de lo visto, a la transparencia de la representación. Proponen una mirada insistente sobre aquellos documentos oficiales que son testimonio de una violencia estatal que contiene también su camuflaje. “La idea era hacer hablar a las capas ocultas de ese documento a través del montaje, de la intervención gráfica, del sonido”, explica Mazú. “Y en ese documento también están las coordenadas bajo las que se construyó el Estado Nacional, cuya base, a mi entender, es colonial. Y eso nos permite entender por qué el gatillo fácil en los barrios populares, hasta el día de hoy y gobierne quien gobierne, es una política de estado”.
EL RESULTADO DE UN ENCUENTRO
La voz de Mónica Alegre asoma sin que nunca veamos su cuerpo. Nos relata desde el dolor, desde el amor por ese hijo que no está, pero también desde la lucha colectiva que representa y desde el incansable clamor por una justicia que no llega. Su voz se define en inflexiones, en sensaciones intuidas, arrulladas por imágenes a las que invoca. “La idea inicial de la película fue filmar un corto, un llamado de atención sobre ese espacio de la desaparición, construido a partir del material observacional registrado”, recuerda la directora. “Pero cuando comenzamos el proceso de montaje junto a Manuel Embalse, me di cuenta que eso no era suficiente para transmitir la experiencia física y emocional que el rodaje había desencadenado. Entonces apareció Mónica: tuvimos una larga conversación en su casa, a solas con el mate y una grabadora. Lo que se escucha en la película es el resultado de ese encuentro, de esa charla sin despliegue técnico y en un ámbito de intimidad. Quería contrarrestar ese mandato que llega desde el cine clásico que, para empatizar con un personaje, tenés que poder verlo e individualizarlo en primer plano. A mí me interesaba la dimensión colectiva de una historia que demuestra el poder de la salida comunitaria frente al reclamo individual”.
De escritura poética, a modo de bitácora, y de espíritu observacional, filmado en largas jornadas invernales, donde desfilan los colectivos y los pasajeros que esperan en las paradas, la vigilancia policial, los afiches raídos de campañas políticas y los graffittis ya desdibujados, el recorrido de Todo documento de civilización esquiva la rigidez del guion y abraza la oportunidad del montaje. La voz de Mónica, el peso del material de archivo, la espera por los acontecimientos. Naturalezas muertas hechas con materiales encontrados en el cruce, presencias, hallazgos. “Una película ruidosa, oscura y poco nítida”, como la describía su autora en ese cuaderno que llevaba consigo a todas partes, junto a pequeños poemas, dibujos y bocetos, una forma experimental para atesorar lo visto más allá de lo evidente. “El montaje entre imagen, palabra y sonidos no verbales no pretende el anclaje tradicional del documental, más informativo o explicativo, sino que remite a una evocación, a una atracción mutua”.
VIAJES EXTRAORDINARIOS
Tatiana Mazú Gonzalez en 2020 estrenó Río Turbio, película con la que marcó una identidad como documentalista experimental y sentó las bases de un cine que piensa la historia desde una imagen que rehúye transparencia y anclaje informativo. Fue filmada junto al mismo equipo de Antes Muerto Cine (colectivo formado en 2010 junto a Florencia Azorín, Joaquín Maito, Nacho Losada, Manuel Embalse y Francisco Bouzas) durante la pausa que sufrió el proyecto de Todo documento de civilización por cuestiones presupuestarias. Fue empujada por el premio de la Bienal Joven de Buenos Aires a cumplir ciertos plazos de estreno y absorbió, casi de manera inconsciente, muchos de los hallazgos formales que Mazú venía macerando desde hacía tiempo. “Como debía entregar un primer corte en pocos meses, me puse a trabajar en Río Turbio y apliqué ciertas ideas que venía ensayando para el trabajo de Todo documento, desde la dimensión física del sonido, las formas de la conversación con los entrevistados, obsesiones sobre arqueología y geología. Son dos películas que están muy contaminadas, aunque Río Turbio se hizo de manera más orgánica, con tiempos muy exigentes, y sin dilatar decisiones. Ese tipo de decisiones las tomé con más calma y distancia en Todo documento, lo que permitió que aflorara esta veta ligada a la fantasía y la infancia”.
Es la voz de Mónica Alegre la que abre la puerta a la fantasía, a la literatura de Julio Verne, a las lecturas de su hijo, a la potencia política de la imaginación. Luciano caminaba más de diez cuadras para leer en la biblioteca del barrio los clásicos de Verne, y cuando volvía a su casa le contaba a su mamá los mundos que había visitado, las imágenes que perduraban en su memoria, los viajes extraordinarios que inspiraron aquellas palabras. Y allí es donde surge la luz, desde la palabra de la madre que recuerda con amor la pasión de su hijo, y desde una imagen que ofrece el revés de su artificio. “Quería que la fotografía de la película ofreciera la revelación de su condición de artificio: cómo muestra, pero también cómo oculta. Francisco Bouzas propuso entonces filmar a través de vidrios empañados, y trabajamos a partir de uno muy grande que usamos para los planos generales del cruce, que generaba reflejos del delante y el detrás de cámara, una suerte de sobreimpresiones y luces fantasmales, y de otro pequeño, un filtro con vaselina que permitía vislumbrar distintas capas que se pretendían ocultas. Nos servía para captar la esencia de la película: la condición artificial de las imágenes, su puerta a la fantasía y a la imaginación, y la firme sugerencia de lo oculto detrás de lo que estamos viendo”.
Todo documento de civilización se exhibe a partir del jueves en la Sala Leopoldo Lugones, Av. Corrientes 1530. Hasta el 4 de septiembre. Días y horarios se pueden ver acá.