Me ha tocado ser testigo del derrumbe del “mundo de ayer” como decía Stefan Zweig. El calendario pone en pasado un siglo que para nosotros fue apenas el tiempo de ocupar nuestra mesa. Estoy hablando del Café, claro. Y lo escribo con mayúscula, como enseñó Ramón Gómez de la Serna y aquellos gallegos que nos inventaron los mentideros, al amparo de cuatro paredes y de la máquina prodigiosa de expender la bebida.

Sentados estos reales, diré que mi Café es, fue y será un símbolo cervantino y quijotesco: El Molino.

Pero habrá que acostumbrarse a hablar en pasado. Decir: yo iba a El Molino, en la esquina de Tucumán y Corrientes. Recordar las paredes vestidas con antiguas publicidades, fotos de los años ochenta, un poema de Hugo Diz y las consignas de Agustín Tosco, sospechosamente actuales. 

Hasta un cuento maravilloso que publicó Rosario/12, donde se declaraba, sin ambages, la existencia de una puerta condenada en este Café que daba a Venecia, como en los años de Henry James.

¿Y cómo decir en pasado que le ganamos a la soledad? Entre parroquianos muy fácilmente amigos y en la atracción de la charla irresponsable, hemos compartido un tiempo sin relojes ni medidas. Acaso tampoco palabras.

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En El Molino presenté mi segunda novela, recité poemas, compré medias adidasnike (por veinte pesos) y conocí a un conjunto heterogéneo de personajes. Algunos hurgábamos en la estantería llena de polvo de una biblioteca olvidada, convencidos de que allí estaban los libros que podían salvar al mundo. Miguel, el dueño, se empeñó en dejarla crecer a su antojo, como una flor salvaje que acechaba en el rincón.

En El Molino me reí de bromas astutas y me empeñé en restaurar la justicia cada vez que me hacían enojar, exaltado, defendiendo una bandera que alguna vez espero poder llevar a la calle, cuando se pongan de moda las revoluciones.

Hace poco, un dibujo de Sergio Provenzano le concedió un espejo a la fachada de El Molino. Un retrato —toda pintura lo es— hecho con cartón y crayones, desde la libérrima academia de la calle, que siempre entra en el Café. Una puesta en abismo.

Ahora que ha de cerrar, nada de lo que había en El Molino saldrá a subasta. Las sillas de noble esqueleto, las pinturas, las máquinas de café, las heladeras de madera vacías con vistosas manijas que decoraban el reservado y sostenían el silencio de los sifones. Nada de eso está a la venta. La ilusión no se vende.

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El pasado empieza a ser el futuro de El Molino, aunque parezca una broma que descarta el mañana. Por más que sea jueves en el calendario y las sombras se escurran entre la barra, en el lugar de los licores añejos y el expeditivo cortado.

En la confianza del mostrador, en sus cajones ya inútiles, hojeé la vieja libreta de direcciones de El Molino. Los números de teléfono fijos: señor Ramos, plomero; el cocacolero, la panadería de las medialunas más ricas. Todo tiene hoy valor de museo. La libreta parece salida de una novela de Patrick Modiano. En eso estaba cuando Miguel me llamó para la ceremonia. Un poco antes de la hora de cierre esta vez, bajamos la persiana de chapa como un telón final. Lo hicimos entre los dos. Yo, lento y torpe, como cuando alguna vez bajé un cortado de la bandeja, en medio de los pedidos que no daban abasto.

No quise pensar mucho en ese gesto. De inmediato, nos sacamos la última foto y tomamos el último café (aunque no atardece nunca en el Molino, ni siquiera en otoño). Después, nos recordamos los santos y seña —como si hiciera falta— y elevamos promesas que ya empezamos a incumplir.

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“La ausencia de los Cafés que desaparecen no se puede llenar con nada… esa ventana por la que se veía el barrio estará cerrada para siempre”, dice Ramón al introducirnos en las exequias de los grandes Cafés.

¿En qué se convierten los Cafés que cierran? En otra cosa, pero profana. En máquinas italianas que expenden tibios macchiatos, en actividades “rentables”. No puedo decir en qué se ha de convertir El Molino. Solo sé que el color de lo que vendrá no será azul, ni se rendirá al negro, a esa porción de café caliente– pasional– la justa para que el corazón arranque cada día.

Escribía Zweig: lo que alguien ha tomado del aire de la época y lo ha incorporado a su sangre, no se puede segregar… por más que haya sido una ilusión. 

Zweig quiso creer que la gran tempestad del tiempo que destruyó el “mundo de ayer” era solo un intervalo en el eterno ritmo de una marcha incesante.

¿Se equivocaba? Tal vez el mundo siga su curso indiferente. Ciego, sordo y mudo, no habrá de echar de menos a unos parroquianos de un café rosarino que vivió apenas treinta y cinco años. Por más que muchos allí fueran poetas. Poetas que no escriben ni saben que lo son, por ser simplemente “molineros”.

De cualquier forma, este adiós no se deja decir del todo: apenas vasos y pocillos que empiezan a filtrarse en la memoria. Nos miramos en los fantasmas de los espejos y vemos desfilar bohemios, empleados, amantes no correspondidos, partidarios del deseo. Los que anduvimos a la intemperie, sabemos el valor que tienen el fuego y la sombra. Por eso seguiremos alentando la pequeña llama, un fuego de caverna en la tormenta. Porque eso fue El Molino: refugio colectivo y quimera, ilusión.

Nosotros seguimos aquí.

Todavía recordamos aquello que dijo, cantando, don Arsenio Aguirre: una pobre ilusión se mantiene con poquito y nada.