La estadounidense Sarah Glidden publicó Oscuridades programadas
Tiempos de viñetas “non fiction”
En este nuevo volumen la historietista disecciona con agudeza la práctica del periodismo internacional en países en conflicto. Glidden acompañó a un grupo de periodistas por Turquía, Siria e Irak, mientras abordaban la situación de los refugiados.
Glidden es una de las representantes de la llamada “historieta periodística”.Glidden es una de las representantes de la llamada “historieta periodística”.Glidden es una de las representantes de la llamada “historieta periodística”.Glidden es una de las representantes de la llamada “historieta periodística”.Glidden es una de las representantes de la llamada “historieta periodística”.
Glidden es una de las representantes de la llamada “historieta periodística”. 

Sarah Glidden visitó la Argentina en octubre de 2012. Enloqueció con los alfajores y volvió a Estados Unidos con algunas historietas bajo el brazo. Ya entonces era conocida por su libro How to understand Israel in 60 days or less. Su primer trabajo le había valido un premio Ignatz como “nuevo talento” y mientras recorría y dibujaba algunas historietas cortas, Buenos Aires avanzaba en la concreción de su segundo libro, Oscuridades programadas, que llegó en los últimos días de 2017 a las bateas locales. Si en el anterior daba cuenta del viaje y cómo había confrontado sus propios prejuicios, en este nuevo volumen la norteamericana disecciona con agudeza, pero sin perder calidez, la práctica del periodismo internacional en países en conflicto. En Oscuridades programadas la autora acompaña a un grupo de periodistas por Turquía, Siria e Irak, mientras intentan abordar la situación de los refugiados en esos países.

Oscuridades programadas confirma a Glidden como figura de la historieta periodística o “de no ficción”, un género que viene creciendo a paso seguro en la última década. Una referente ineludible del segmento, que también incluye a otros como Joe Sacco o Guy Delisle.

–¿Por qué le interesaba participar en el viaje con los periodistas del Seattle Globalist?

–Siempre fui una consumidora “ávida” de periodismo, pero creo que por mucho tiempo lo di por sentado. No fue sino hasta que estos amigos se convirtieron en periodistas que me detuve a pensar cosas tipo “¿cómo decide un periodista su nota? ¿Cómo saben a quién entrevistar? ¿Cómo encuentran traductores? Así que les hacía todas las preguntas que podía porque me daba curiosidad cómo funcionaba su trabajo, especialmente en periodismo internacional, que tiene sus propios problemas éticos y logísticos. Eventualmente les pregunté si podía ir con ellos para verlos trabajar de primera mano y hacer un libro sobre eso.

–En su primera visita a Argentina definió ese viaje como “una pasantía intensiva de periodismo”. ¿Hoy se siente más periodista que entonces?

–Totalmente. Pero también es porque ahora llevo haciendo periodismo desde hace unos seis años. Ya estaba haciendo pequeñas historietas periodísticas mientas trabajaba en Oscuridades programadas, pero ese viaje fue una experiencia muy de aprender haciendo. No todo mi trabajo hoy es periodístico, todavía hago ensayos personales o autobiografías ligeras, pero me encanta la crónica y la noticia y lo seguiré haciendo.

–¿Cómo cambió su mirada del medio (periodístico e historietístico) desde que comenzó con Oscuridades programadas?

–Me alegra ver que hay mucho más periodismo en historieta que cuando estaba empezando. Sitios como The Nib (thenib.com) le pagan a dibujantes para que trabajen sobre todo tipo de temas y asuntos. Hay historietas para todos los gustos. Algunas, por ejemplo, son “explicativas”, más directas y simplifican un tema de un modo visual para que la gente lo entienda mejor. No es el tipo de obra que me gusta hacer, pero muchos lectores aprenden mejor visualmente y les vienen bien esos trabajos. En el mío trato de mantener el foco en la gente, en los individuos y en cómo relatan los sistemas de los que forman parte. 

–Oscuridades programadas es más un libro sobre periodismo que sobre la situación en Medio Oriente. ¿Por qué le interesaba hacer foco en eso?

–Es que ese era el objetivo del viaje desde un comienzo: hacer un libro sobre cómo funciona el periodismo. Sabía que no estaba capacitada para hacer un libro sobre lo que sucedía en Irak y Siria en ese momento. Y además era el viaje de estos periodistas a los que acompañaba, así que no podía ponerme a entrevistar a sus fuentes, ni hubiese sido correcto tomar su investigación y presentarla como mía. Desde luego, una vez que llegamos y empezaron a entrevistar gente pensé: “¡Dios mío! Las historias de estos refugiados son mucho más importantes que las historias de un puñado de periodistas norteamericanos blancos, ¿qué hice?” Así que intenté incorporar esas historias lo mejor que pude. Al mismo tiempo, creo que es importante que pensemos críticamente en el periodismo. Cuanto mejor sepamos cómo funciona, mejores lectores seremos. Esto es especialmente importante en Estados Unidos, donde el periodismo se viene abajo como institución y no tiene la confianza de la población. Muchas veces por buenos motivos. Cuanto más sepamos lo que sucede tras bambalinas, mejor podremos formar nuestro propio criterio de dónde está el periodismo que importa y cuál es el que inventa.

–Otro tema en el libro es la responsabilidad ciudadana sobre los actos de su gobierno, aún de aquellos con los que no está de acuerdo o contra los que protesta. ¿Cuál es su posición?

–Es una pregunta difícil de responder, que es por lo que supongo que hubo tanto debate sobre ella en el libro. Es muy fácil sentirse impotente en estos días (o en cualquier momento de la historia, supongo), porque sólo estar en contra de las acciones de tu gobierno no sirve mucho. Y aunque siempre nos digan que esto es por lo que ejercemos nuestro derecho a votar, es bastante risible creer que votar alcanza (especialmente en Estados Unidos, donde mucha gente elige no votar o tiene restringido ese derecho). Cada uno de nosotros debe encontrar su propia manera de plantarse por sus convicciones. Pero en última instancia, el gobierno te representa. Cuando Donald Trump ganó, escuché a mucha gente decir “él no es mi presidente”. Bueno, yo creo que es un idiota, pero de hecho es nuestro presidente. Permitimos que sucediera, como país lo elegimos. Necesitamos dilucidar cómo sucedió y pensar qué lugar ocupamos en la cultura que lo puso en la Casa Blanca.

–¿Qué visión le quedó sobre los conflictos en Medio Oriente y sus consecuencias después de conocer estos países de primera mano?

–Pienso sobre todo en gente como la que conocimos, que sólo quieren tener una vida segura para ellos y sus hijos, como cualquiera en el mundo. Es terrible lo que sucedió en Siria, un país entero roto y destruido como Irak. Entre quienes conocimos hay algunos que sé que encontraron refugio seguro y otros con los que no pude volver a establecer contacto y me preocupan. Me parece deleznable que Estados Unidos haya hecho tan poco por ayudar, especialmente considerando que en gran medida somos responsables por ello. La cantidad de refugiados que EE.UU. recibió de Siria e Irak era vergonzosamente pequeña con Obama y desde luego ahora con Trump es todavía peor. Eso sin mencionar lo que sucede en lugares como Yemen, donde Arabia Saudita bombardea con nuestros impuestos, nuestra bendición y asistencia militar. No tengo una solución, pero está todo muy oscuro ahora. Bueno, te imaginarás que cuando en las reuniones con amigos sale este tema es una joda bárbara.