Inmunda
Imagen: REP

El cuento por su autor

Casi no intervine en la escritura de “Inmunda”. Digo, mi parte consciente sabe poco de este objeto. Es mi anomalía la que escribe por mí. Confío en ella. Dice cosas que no tienen moral ni vergüenza. En eso se parece a este momento que nos toca atravesar. No es un cuento nuevo, en el sentido de que ya fue publicado. Es parte de mi libro Cómo usar un cuchillo. No fue escrito pensando en esta coyuntura, se hizo con retazos de observaciones vividas. Cuando llegué de Madrid, hace muchos años, los jubilados eran reprimidos a base de hambre. Y yo fui anotando mis impresiones. No imaginaba que ese asunto se iba a repetir. El horror es recurrente. Había otro presidente absurdo y la clase media era igual de patética. El resto de acontecimientos tiene base real aunque parezcan distorsiones. Ahora lo releo como si no fuera mío. No me gusta pensar que soy dueña de lo que escribo. No creo en ese tipo de propiedad. Son las palabras las que se llaman unas a otras. Yo las dejo. Tampoco sé cuál es el asunto ni me preocupa entenderlo. La poesía y la muerte no tienen explicación. La autoconciencia es una mentira. La única verdad es que la escritura me arrastra fuera de mí. Señala cosas que no veo. Y por eso escribo. Porque lo cotidiano es una anestesia y el mundo carece de sentido. 


Ale Meter

El silencio se había hecho de yeso blanco y se paseaba indómito por el jardín y por las flores. Antes de decidir el día, Dios se puso los guantes y se calzó sus preciosos muertos en cada pie hermoso. La virgen cantaba como cada mañana y todos sonreíamos para la foto. 

El más simpático de los condenados se precipitó hacia mí y me confesó que me amaba como a un fruto prohibido. Nos abrazamos largo y tendido y tuvimos hijos. Después me alejé de su vida dispuesta a recuperar mi virginidad alegre. Cerré el capítulo del amor y abrí el de los viajes. Fui a conocer el mundo de los inmundos, que también tienen derechos y deberes como cualquier ciudadano decente o religioso. El día me estaba doliendo en los ojos así que me puse a pensar en cosas de miradas sublimes.

Tu cuerpo tendido y vencido de whisky era una cosa importante. Yo me levantaba como si fuéramos vecinos y me iba al baño, donde me esperaba la ducha. El fuego me lavaba las manos y me ponía escarlata para besarte, como en las películas. No llovía ni era invierno. Había sapos. El señor portero se presentaba reclamando las expensas y preguntaba por un tal marido inexistente. Yo sonreía entre los billetes violetas. Era feliz. Pero no tanto.

Tuve que caminar muy poco para ver a los inmundos. Ellos también viajan. Tienen pelo y se comen las uñas con enorme prolijidad.  Se parecen mucho a nosotros y lo único que los distingue es su maravillosa mirada de satisfacción. Las mujeres inmundas son civilizadas y huelen a perfume de París. Conversan con soltura y comen sabrosos bizcochos de excremento. El clima es festivo. Los periodistas se cuelgan de las ramas y hacen piruetas. Todos tiramos maní y hacemos declaraciones. Los inmundos ven la tele y gozan de los mismos placeres que el resto de la humanidad. Tienen himno y llevan a sus hijos de las orejas.

Soy una criminal. Por eso estoy tranquila y aclimatada en este rincón de vida. Algunos individuos averiados me miran y aprietan los dientes. Me he acostado con la desgracia, pero no suelo comentarlo. Aquí reina la casualidad. Está de moda hacerse el aturdido. Muchas caras miran la luna de costado.

Lo Inmundo está de fiesta. Hay reunión en el microestadio. Las señoras se afeitaron a la hora del desayuno y ahora ocupan ruidosamente las gradas. Los señores son más naturales, apestan.  Las señoritas sin cabeza reparten gaseosa y pan dulce. El ministro se abre paso entre eructos y aplausos de la concurrencia. Sube al podio. Sonríe. Se tira en picado y muere como un héroe inmundo. Todo es algarabía y alajú. Siempre es extremadamente algo en este mundo. Todos se divierten y bailan al compás de sus tripas ennegrecidas. Todos excepto el Candoroso. Él ha sido enviado por el Señor para resaltar la inmundicia ajena. 

He conocido al ángel inmundo. Huele a jazmines y se viste con armadura y botonera de plata. Es un ser abnegado. Casto. Objetivo. He querido besarlo, pero él ama suavemente. Sin blasfemias. Es excelso y no bebe champán. Yo, la extranjera, voy a profanarlo. Hoy es un día patrio.

Al viento le pusieron la camiseta y lo sentaron a la mesa. La noche está pesada y sin luna. Se celebra el fin de los tiempos sencillos y todos los hombres se sienten estúpidos otra vez. El sol contrajo matrimonio con la suave soltera de los pelos de oro, pero la crueldad de la vida los besa igual en el cuello. La mayor  de las niñas de luto se enjuaga la garganta con un trozo de océano y comienza a gritar.  Su voz es maravillosa. Todos recordamos algo sin importancia y entonces el mundo deja de ser inmundo y pasa a ser un fósforo.

Besé al Candoroso y no sentí nada. Él tampoco. Después nos perdimos en un bosque asfaltado. Me gusta mirar a los inmundos. Algunos van con los brazos en la espalda, domésticos como ciruelas.  Hoy les enseñaron a doblar manteles de plástico y a pensar usando sólo un riñón. Es magnífico verlos sonreír. Mañana aprenderán a decir gracias y a no mirar a la cámara. Parecer natural es importante. Serlo, no.

Insisto con el inmundo higiénico. Me lleva a su jardín domesticado. Las flores tienen apellido y no están desnudas. Él me incita sobre la hierba. Su pelo se confunde. Hacemos el amor mientras una fila de hormigas arrastra todo tipo de semillas. Me siento inútil. O será él. Le digo basta y no puede creerme.

Ha muerto su padre esta mañana. Se atragantó con una almendra. Habrá que abrir el cementerio otra vez. Hay tres llantos, los de sus amigos incondicionales: su perro, sus gafas de ver de lejos y su dentadura postiza. El resto del mundo no se dio cuenta. Sigue ocupado en perder el tiempo y en intentar llegar al orgasmo para tener tema de conversación. Pobre inmundo de mierda, fue un ser anodino como los demás, pagó sus impuestos, envidió el pene de su primo y ahora se encuentra a tres metros bajo tierra.

La naturaleza es sabia, a veces.

El Candoroso no llora. Parece no saber. Yo ni me molesto. La inmundicia crece por mi cuerpo como una hiedra salvaje. De pronto, nos miramos. Él y yo. Dos egoístas frente a frente. Dos figuritas de porcelana que no tienen nada que decirse. Fuimos casi amantes y ahora somos una sonrisa estúpida. Ahora me dice cómo estás. Llueve nervioso entre nosotros y ya no me importa. El cadáver de su padre empieza a llenarse de lodo.

Caminamos en silencio hacia el ágape mortuorio. Y pude estar con ellos sin que notaran mi desprecio. Comer en su mesa. Probar sus ciruelas y ser feliz. Ya dudo de mi inteligencia: sueño sus sueños y pongo cara de imbécil, para ser igual. Lo consigo sin mucho esfuerzo y soy tan convincente que ya me veo sobre la masa inmunda fumando mi cigarrillo. Pero no. Sospechan de mí. Así que vuelvo al paraíso de mi simpática rutina lexicológica. 

Me dejan a solas con un tonto de calcetines de lana. Me invita a ver cómo matan a los jubilados en la tele. Caen víctimas de una vacuna gripal. Les inyectan una bacteria con cerebro. El tonto aplaude y yo me conmuevo. Ahora la muerte está mintiendo. Ha jurado que no es vieja, que tiene sólo treinta y cinco. Todos los inmundos tienen que reír al compás del presidente que dice ¡mentira! mientras se les caen los mocos de un verde tropical. La muerte va a ser acribillada a balazos. Al presidente no le gusta que sea tan popular.

El Candoroso me confirma que lo nuestro es imposible. Pero no me importa. Ya encontré otro joven maravilloso. El tonto besa bien. ¿Me estaré contagiando? ¿Seré casi una inmunda? Mi amante dice que no, que soy estupenda. Pero, cómo voy a considerar el criterio de un imbécil. Creo que he perdido la perspectiva.

Esta vida de colores fuertes se me enreda en la nuca. Veo hombres saltando en la charca. Enormes barrigas balanceándose sin sentido. Yo salto, corro y papo moscas, pero soy una rana falsa. No. No nací para esto.  Fue divertido eructarle a la luna un tiempo. Ahora quisiera recuperar el conocimiento, ponerme el viejo abrigo de mi padre y remontar el peligroso río de la razón. Dos tremendas ranas custodian las puertas de este mundo y saben que quiero escapar. Una lengua fétida acaba de rozarme.

Mis deseos mueren para resistir la vulgaridad de este mundo. Mi ex amante pasea entre otros fideos con manteca como él. El muy tonto no me llama.

Hago las valijas sin decir nada. Llego a una piedra chata con mal olor donde espero la llegada del besugo. Una lancha que te aleja de la locura por un rato y te introduce en otra. Irse del todo es imposible. Acaban de cerrarse las puertas. Me río y salen pájaros o soles plateados de mi boca. Soy libre. Aunque esté en el estómago de un pez. Pierdo la noción del tiempo. Paso momentos de incertidumbre y recuerdo las tostadas con aceite de mi madre. Sola, dentro de un desconocido, me alejo. 

Salgo del besugo a las 7:15. Un reloj de plástico me devuelve la lucidez. Hay un árbol. El cielo es verde y la tierra también. Resulta muy difícil mantener la compostura. El besugo se fue. Son las 8:36. Nunca pensé en una libertad tan verde y sincronizada. Esto es terrible.

Ha habido un cambio. He destrozado el reloj. Estoy más animada. No hay resto de cadáveres ni tumba alguna. Me siento bajo el árbol. Soy un poco Eva y un poco Newton. Participo de un cansancio neutro. Proyectan imágenes sobre mi cuerpo para que no haga sombra. 

Pasan las horas como buitres ridículos. Buitres de acero inoxidable con seis meses de garantía. No merece la pena seguir evitando la carroña. Todos tenemos hambre y asaltamos las ideas con desprolijo desprecio. Ya no queda un sólo niño.

Lo vacío no es tan malo. Hoy es el día más feliz desde que llegué. Creo que mi mente ha evolucionado, soy etérea. Esto es ideal para descansar y conocerse a uno mismo.  Soy una basura.

Escucho un sonido pero no voy a alegrarme. Tal vez sea testigo de una catástrofe. Este zumbido áspero es el único acontecimiento en días. Voy a subirme al árbol. No quiero morir a la intemperie. Yo fui verde, aprendí y fui sincera. No ayudó.

El besugo regresa y vuelvo con el eclipse. El último del siglo. Abandono el pez con los pies dormidos y deposito un poco de mi cuerpo sobre la antigua cama, ahora tan poco silenciosa. El mundo entra por la ventana pintado como una puta, gritando y sacándome la lengua. Su baba impregna la casita donde pasaré mis días de naturaleza muerta. No soy una buena vecina. No saludo al portero. En el edificio de enfrente ha crecido un enorme pezón. Tal vez sea una señal.

El pezón corresponde a una campaña publicitaria. Los inmundos son así. Les gusta llamar la atención. He decidido dejar de dormir. Creo que no es valiente de mi parte. Debo afrontar la realidad y casarme con el primer inmundo que me lo pida. Sale el sol y no es metáfora. La vida es ruin. He perdido todo. Lo inmundo me subyuga. Tal vez deba formar un hogar como en la tele. Los especialistas en construir vidas y en dar consejos dicen que voy por buen camino.

Soy una privilegiada. Ya no tendré que casarme: Todos los hombres me esquivan. Me voy a insultar a la luna. Compraré flores para enterrar mi dignidad y escribiré una breve elegía inservible. No soy tan fría como algunos imbéciles suponen. 

Dejo mi cabeza abierta sobre la mesa porque me pesa este cerebro perfumado. La prensa pide permiso para asesinarme por un rato y yo los dejo. Soy un habitante del mundo sano y voy a demostrar que mi vida no ha sido silvestre. He aprendido mucho, por eso declaro:

1. Puedo besar sin boca

2. Puedo

3. Soy pura.

Nadie me cree.

Escribo y me siento importante porque no tengo absolutamente nada que decir. He conseguido ser un pan de centeno, como la mayoría de los intelectuales. Es más sano que el trigo. Me miro al espejo y sólo veo el campo y las manos del panadero que me dieron forma.  Este cuerpo es una bendición. Voy a desmigajarme para cerrar el círculo. Visitaré a mis enemigas momentáneas. Las hormigas me asedian. Quiero hacerme pedazos y trasladarme a su agujero. Hoy sería capaz de sacrificarme para verles la sonrisa.

He terminado mi elegía. Ya puedo abandonar el cuerpo. Te propongo vivir dentro de un vaso. Protestar metido en una minúscula copita de jerez mientras la gorda amasa pálidas roscas. Ser ladrido y ser diablo, mientras un lánguido aprieta el gatillo. Te propongo ser ingrato y nacer de noche. Este aullido serás; y te llamarás persona.

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