El niño nadador

En estos días volví a ver su cara de niño. La imagen es en la terraza de la escuela Alem, sobre la calle Italia. El tipo ‑el nene‑ posa con una mano en la cintura, como un vaquero recio. Intenta mostrarse serio, pero los dientes le desbordan la cara y la consecuencia es inevitable: asoma una media sonrisa. Había olvidado el rostro de Gustavo Gamulín, mi compañero de la primaria. Lo último que supimos de él es que se fue a probar suerte a Miami en los '90, cuando por acá no había detectives bronceados ni cubanos ni, mucho menos, oportunidades de progresar.

Casualidades o no, esta semana escribí la historia de una pareja que se fue a navegar por el río Paraná y en un arrojo de confianza murieron ahogados. En estos días trabajé también en el caso de una chiquita de 11 años que estuvo a punto de morir en la Rambla Catalunya. Y volví al vaquero recio. Inevitablemente.

A los 13 años, con ese tipo de la terraza ‑ese nene‑‑ nos fuimos a la costa del Paraná, enfrente de la cancha de Central. "Vamos hasta la lancha aquella y volvemos", nos propusimos. El día era tedioso. Casi que se arrastraba. O por lo menos yo lo recuerdo así. Por el calor, por el aburrimiento, porque cuando sos chico el mundo se empeñaba en morir durante la siesta para resucitar un rato después.

El velero estaría, no sé, a unos 100 metros. Fuimos. El volvió. Yo no. Inicié la vuelta, pero en un momento empezó a tragarme el agua. Recuerdo la desesperación. Los manotazos. Los mocos y el líquido que me brotaban por la nariz. La fuerza y la resistencia que me abandonaban. El llegó a la playa y se quedó un instante viendo ese cuadro patético. Pensó, me dijo después, que le estaba haciendo una broma.

El nene de la terraza era nadador federado. Había competido para Newell's y para Gimnasia y Esgrima. A pesar de los 13 años archivó por un instante el miedo y tuvo una actitud heroica: nadó de vuelta, me tomó con un brazo y me devolvió a tierra.

No recuerdo más de ese día. Volvimos a nuestra rutina adolescente y seguimos encontrándonos casi todos los días del verano. No tengo claro si le conté lo que pasó a mi mamá. Quizás se entere ahora y hasta me reprenda, aunque ya tengo 46 años y dos hijos a los que no les permitiría repetir mi aventura. Tampoco puedo asegurar haber agradecido el gesto a mi amigo. Es decir: lo hice, pero no sé si a esa edad pude darle a mis palabras el énfasis necesario para que él entendiera el valor de lo que hizo.

No sé porqué, pero justo en estos días que escribí sobre tragedias en el agua tropecé con la imagen de Gustavo. El vaquero recio que, desde aquel día, se convirtió para mí en Acuaman.