Sin clave

El silencio es la antesala. Uno, dos segundos, a veces menos, milésimas de uno. ¡Y zas! Fuí. El miércoles estaba tomando unos mates de boldo y menta, que me regaló mi novia por última vez, mientras leía Aventuras de un novelista Atonal, y, en un punto y aparte, ¡zas! Se me vino encima el agua caliente del termo que explotó de improviso en un montón de partículas de vidrio que se me incrustaron en la nariz, en los pómulos y en la frente, todo lleno de sangre, cortado, quemado y envidriado, no podía siquiera abrir los ojos, encerrados por los párpados atiborrados de cristales polucionados por un termo suicida. Llorando de dolor, herido molecularmente, traté de llamar al 911*, pero no pude (menos mal, porque no era). Y eso, eso me pasa, así.

Así son las imágenes que me atrapan en uno, dos segundos, a veces una milésima de uno. Después es difícil seguir leyendo a Laiseca, quedo consternado, inmerso en esa fatalidad que sepulta mi fantasías, y necesito telefonear a algún amigo de esos que les gusta hablar a condición de que no los tome en serio. Y hablo, y me bardea, y me dice que soy un monje salesiano, y que me falta clave, y que estoy todo el día encovado en los libros, y que se me va el tiempo del mundo, y me contó que la Rossi estuvo con el Josué, el hijo de la Estefi, el que tuvo con el Negro, no el que tuvo con el Gringo, el más grande, ese, y que se enteró  Domínguez, el suegro, el padre del Rodri Domínguez, el novio, con el que estaban por casarse en febrero, por civil y por iglesia, y pagaba todo Domínguez, imagináte, y se enteró por el bocón del sodero, que lleva y trae todos los gases, viste, y que le tenía ganas a la Rossi seguro, yo también, quién no le tiene ganas a la Rossi, y le dijo, y Domínguez la llamó para decirle que se suspende todo, que estaba desilusionado de ella, del amor, de su hijo por sonso también, incluso de sí mismo por volver a dar fiado, que no va a haber fiesta en febrero, que se terminó todo, que es una tragedia, así que te vas a quedar con las ganas. Chau. Chau. Y le corto.

Tranquilo, quedo tranquilo, soy un paisano excomulgado que le gusta dormir en el microcentro de una ciudad. En el ruido me acuno. Y entonces viajo un rato adentro de la Rossi, siento lo que siente, del Rodri, siento lo que siente, de Domínguez, siento lo que siente, es tremendo, tres sentimientos hervidos, es tremendo, tres sentimientos huidos, es tremendo, ¡qué aventura atonal es la pasión! Y se me viene por la ventana el vecino del primer piso de enfrente, que debe ser taxista, o colectivero, o remisero, o algo del sindicato del transporte. Y, de un santiamén, ¡zas! Fui. Se saca la camisa beige, los mocasines, el cinto, el jean, y me mira. Me ve que lo miro, y me clava el visto. Empieza a blandir sus genitales con dignidad a pesar de su silueta desgraciada; los saca a pasear, como buen transportista. Me señala, insinúa que todo lo hace para mí, desfila sin pudores y canta un tema de Los Gatos, hace como que tiene un micrófono, pero no lo tiene de verdad, sólo hace. Y luego baila, se balancea, de izquierda a derecha, de derecha a izquierda, como una balsa naufragando en altamar. Me tira besos, muchos, no para, me hace muecas lascivas, todo es demasiado pero igual no puedo dejar de mirarlo, y sigue, no para, ahora se contonea, y así.

Así son las imágenes que me atrapan en uno, dos segundos, a veces una milésima de uno. Y entonces me meto a bañarme. El agua corre, nuevamente, fría, y los músculos bajan, plácidamente, su fiebre. Tomo la esponja, busco jabón, ¡y zas! Ahora acaricio tu piel. Recorriendo el paisaje de tu espalada soñando Bélgica. Hombros, clavícula, cintura, tórax, cóccix, nalgas e interior de muslos. Estás muy relajada, suspirás cuando me excito. Es recíproco, un pequeño encuentro. Ay. ¿Estás bien? Muy. ¿Sigo? Por favor. Continué acariciando en el interior de tus piernas, estoy adentro, me lo decís. Lo oigo en el cuello. Tus labios vaginales ya tienen una temperatura distinta. Recorrer la línea que va del clítoris al esfínter y de este al cóccix es ya un pedido sensato, seguro y mudo. Tu voz electoral habla de consenso. Sigo hasta que tu sangre nerviosa me exija pellizcarte. Hasta que tu grito placentero me dé la pauta de que aun el placer nos rige. Me rasguñas, te muerdo. Dale. Dale. Sí. Dal! Y así.

Así son las imágenes que me atrapan en uno, dos segundos, a veces una milésima de uno. Me entonan. Estoy cansado. Necesito del sueño como del salbutamol. Miro la pieza, miro el techo, miro el cielorraso, la lámpara, ya entre dormido, miro el facebook. ¡Y zas! Algo cae, mi pánico. Cierro la pieza. Talo el techo. Meto el cerebelo debajo de las sábanas del acolchado de las dos almohadas. Y cuento, para volver al amor, de 1 a 25, en intervalos regulares. Y agarro ritmo. Cuento, medio que canto, me balanceo en el interior de esa cueva de colchas, solo, hasta quedar en duermevela de nuevo. Y ahí, todo lo melódico se desvanece en el aire. Los agujeritos de la medianera pasan a ser orejas sin tímpano, infinitas punto rojo. Me oyen del más allá. Ya no debo moverme, ni respirar, contenerme motriz y verbalmente para no dar pistas, me tapo aun mas fuerte, y dentro de la crisálida ora me canturreo la tabla del 2. Por tres, seis. Por cuatro, ocho. Por cinco, diez. Y nada. Yo, solo, contra un ejército prusiano de homúnculos sobrenaturales, la llorona, el oso encadenado, la luz mala, la virgencita de Itatí, el alma en pena, ya ni sé. Mi oreja llega a umbrales de audición x‑men. Me hago, de 1 a 25 veces, las cruces de Jesús, como cuando me curaba el empacho o el mal de ojo mi abuela. Y nada. Invoco a San Jorge, el santo que sabe pisar dragones, es el único que recuerdo. Y nada. El oído sigue abierto al átomo del viento, al aullido de perro en el patio, al maullido de gato en la terraza, al chillido de las hojas cascabeleando, crujiendo paso a paso, a la piel de gallina cacareándome, a los ojos cerrados bajo la ilusión de meterme adentro adentro bien adentro de mí. Y nada. Nada me saca de ahí, ni acaso el sueño, que a esa altura es insomne. Y así.

Así son las imágenes que me atrapan en uno, dos segundos, a veces una milésima de uno. ¡Y zas! Fui. El miércoles estaba tomando unos cachamates, mientras reía leyendo Aventuras de un novelista atonal, y tocaron el timbre. No decían nada. Pregunté, pregunté, tres veces pregunté. Nada. Cuando me doy vuelta para volver a sentarme, estaba yo sentado en mi lugar. Eramos dos. Yo y yo. El grande y el chiquito, que por el orín que lloraba entre mis piernas ya pueden inferir quién era quién. Atónito, pálido, mudo, y meado, atiné a correr en su dirección con el iluso afán de acogotarlo. ¡Gallina, plañidero, virgo, náufrago!, todos gritos insonoros que se me caían mientras corría. ¡Ahistórico e hipotérmico!, fueron el penúltimo y el último. Y cuanto más corría en su dirección, más lejos se iba. No había manera de aproximarse al grande. Pero igual corrí tratando de acercármeme, ¡¿cómo podía ser?! Cuando uno quiere ir para adelante no puede ir para atrás, si camino para allá, allá está ‑luego de un ratito‑ acá, pero no. ¡¿Cómo podía ser?! Me sentí un loop, un pacman, un vinilo rayado. Y corrí, corrí, corrí, metros, gramos, hectáreas y mililitros corrí, hice dieta indeliberadamente, y seguí corriendo, cada vez más, mucho más, hasta atragantarme con mi propia transpiración. Y así.

Así, estrangulado en la imagen del sudor de mi frente, les recomiendo salir a correrse todos los días a la tardecita, cuando está cayendo el sol, ahí está la clave.