La la LaVogue
Ambas caras de la misma LaVogue fueron tomadas por el fotógrafo Marcelo Setton el 20 de mayo de 2009 sólo que con 3 horas y arduo trabajo de recauchutaje (no confundir con Photoshop) de diferencia LaVogue, convocada por el director de arte Alejandro Ros para el disco de Miranda Miranda es imposible llega al estudio endemoniada, luego de varios días de gira cósmica con domicilio (pernocte) en el cajero del Hospital Fernández. La primera foto fue tomada apenas llegó y la segunda luego de ducha, aseo, y puesta en valor. Mudos todos por el derroche de energía salvaje.
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Fauna / Flora 

Tuvo que llegar Quito –personaje mítico de la noche, gran amigo de Bárbara–, para que la escalera de granito gris de la sala velatoria se llenara de lentejuelas plateadas. Debajo de un crucifijo con pollera –alguien le puso la bandera arcoiris GLTTBIQ al Jesucristo de madera– está el cuerpo sin vida de nuestra amiga Bárbara Daria Lavogue, delicadamente maquillada, acunada en una boa de plumas fucsia. Una pareja de mujeres jóvenes y un niño muy apenado le acomodaban la ropa y le acariciaban el pelo. Una de las madres, de pelo color rosa, dijo ser maquilladora, muy amiga de Barby. Del otro lado, Andrea –hermana de Bárbara–, recibía las calurosas muestras de afecto de la fila de amigxs presentes. En la vereda, brisa fresca. Un grupo recordaba anécdotas y pudo ver al niño, que rompe en llanto, por fin, en la esquina. Sus madres le acariciaron amorosamente la espalda.

LaVogue de entrecasa por Juan Tauil

INFLUENCER

Indómita, LaVogue se mantuvo la mayor parte de su historia por fuera de los límites. Tenía condiciones de coreógrafa y esteta y podía sobrevivir en las condiciones más adversas; prefirió la libertad a la bancarización y a la supuesta “dignidad” del mercado laboral. Desapegada y brillante, tenía una capacidad de recuperación formidable: mutaba y sobrevivía. Hija de un suicida y una mujer que abandonó a la familia, a sus 18 dorados años hizo el viaje más largo de su vida: se tomó un tren desde Castelar a la capital. Cuando desembarcó era Ariel, un joven rubio natural, de estatura mediana, cuerpo perfectamente formado, con breves tetitas y cola apetitosa. 

Tenía nociones de estética precoces. Era cinéfila, o más que eso, un cineclub ambulante. Una habilidad única por entonces: recreaba grácilmente coreografías de las estrellas pop. Cuentan las malas lenguas que se le anticipó al Vogue de Madonna, cuando coreografiaba la canción “Deep in Vogue”, de Malcolm McLaren en Búnker, donde LaVogue no sólo era un simple club kid, sino que ya perfilaba como influencer. Ahí fue que la “descubrió” Charly Grilli, en esa época dorada noventosa donde se contrataban mannequins en shopping centers. Al poco tiempo LaVogue empezó a enseñarles los secretos del catwalk a jóvenes modelos top del país (María Inés Rivero, Daniela Urzi) de la mano de Pancho Dotto. Trabajó también en Vía Vai con Alan Faena y Paula Cahen D’Anvers y fue colaboradora del modisto Andrés Baño. La performance de Ariel LaVogue era transgredir constantemente el género y las clases sociales. Según Sergio Lacroix, ella tenía un plan y ésa era SU performance total. 

Sergio Valcheff, amigo íntimo, en la fiesta del velatorio recordó que Bárbara trabajó como hostess y party girl en Caniche, el reducto del mítico artista Sergio de Loof, donde hacía performances, sketches como el de “la pianista renga” y “la mostra fina” donde se intensificaba tanto su lenguaje corporal, que llegaba a subyugar con sus movimientos bajo las luces de la noche. “Hubiera sido un coreógrafo excepcional, solo que no le interesaba, no se la creía”, reconoce Valcheff.

LAS RECAIDAS

Cuando Bárbara empezaba a cobrar bien, a establecerse, cuando por fin retomaba el arte de dibujar, cuando atisbaba a pensarse como artista, ahí justo venía la época de la recaída. Cuando se llegaba a ver el horizonte de la cima, venía sus estruendosa caída a la que le seguían otras tantas recaídas. En ese momento ganaba la mostra, emergía la voraz Bárbara (por Bárbara Durand) Bianca (por Bianca Jagger) y se tomaba todo lo que hubiera a su alcance. A los meses, Bárbara Bianca volvía de la retirada tras desfilar por un circuito de recuperación: Cenareso, casa de amigos, cotolengo de monjas en Mar del Plata (donde una vez le tuvieron que confiscar un cassette con música disco para evitar que siguiera haciendo shows a los pacientes), cuenta su amigo el editor Juampi Queiroz.

Muchxs de sus allegadxs coinciden que Barby LaVogue no podía contener un monstruo interior que a veces le explotaba, se le incorporaba la Pomba Gira y la llevaba por los márgenes. La vida como hombre le aburría mucho, prefería estar de mujer, el modo que tenía para conseguir chongos más fácil. En esas épocas de discriminación prefirió vivir en la calle antes que tranzar con el stablishment viviendo la vida como el hombre que no era. Su vida como Ariel tuvo un momento heterosexual, cuando conoció a Anita, una chica lesbiana con la que tuvo un tórrido romance y se mudaron al campo. Su performance ahí era la de súper chongo, camisa a cuadros y barba. En ese modo vivió sólo unos meses.

Con la ayuda de una tía, pudo cumplir el sueño de viajar a Nueva York, donde se codeaba con coleccionistas internacionales como el conocido mecenas Alejandro Furlong. Deambuló en la Gran Manzana hasta que se tuvo que volver. En Buenos Aires su figura era estelar en La Age of Communication, caldo donde se cocinaba la vanguardia de principios de los 90’s; ahí cosechó sus amigxs más fieles, quienes aún conservan el espíritu de hermandad de los clubbers. También brillaba en lugares como Kim & Novak, el Dorado, Amérika, Tu Rito, Morocco. Era referente de todas las drag queens, habitué de las mejores galerías de arte, amiga, confidente y musa de artistas consagrados del under.

A LA INTEMPERIE

La relación de Bianca Bárbara (también se llamó Daria) con los hombres era muy volátil. Tuvo amores intensos, como el que tuvo con Cristian, un poeta limpiavidrios que se cruzó con ella cuando viajaba en un taxi, un 31 de diciembre a las 6 de la tarde. Vivieron un tiempo en la Embajada de Estados Unidos (en la vereda), se hicieron una casa con cartones, se bañaban en los bosques de Palermo y para pasar el invierno se hospedaban en un hotel.

En una de sus últimas recaídas ya le costó levantarse. Durante su internación en el Hospital Fernández, Bárbara se sentía como en su casa: te recibía, te presentaba a sus compañerxs de cuarto –entre ellxs un par de novixs–, te paseaba por la galería de arte que había montado para vender obras y te llevaba al balcón terraza para disfrutar de la vista a una de las zonas más regias de la ciudad. ¡Hasta logró colar un dealer adentro del sector de toxicología!

Después, frente a una agudización del cuadro, la trasladaron al Hospital Muñiz, donde recibió otra de las varias cachetadas del Estado neoliberal, de la mano de un joven médico que la maltrató con todos los clichés preley de género. Bárbara estuvo acompañada sus últimos días por amigos íntimos, recibió quimioterapia hasta que dijo: “Voy a morir en mi ley, no pienso someterme a la mierda sádica médica”. En San Camilo, lugar de cuidados paliativos de zona norte, rodeada de catequistas, LaVogue, a sus 47 años, volvió a los brazos de su madre, el 2 de Febrero, día de la santa de la abundancia y el brillo del mar Yemanjá. ¡Salve Bárbara Bianca LaVogue! ¡Salve Yemanja!.