Maíz amarillo

Cuando cumplí dieciocho, mis amigos me regalaron un libro de Liliana Bodoc. Era el primero de una trilogía que ya iba por su segundo tomo: La Saga de los Confines. En ese entonces, y gracias a las películas, la tolkienmanía estaba en su clímax. Había llegado temprano a la Tierra Media, y la efervescencia de la juventud me llevó a participar de una asociación literaria que celebraba la obra del británico. Pero todos queríamos más, y así fue como viajamos a Terramar, Mundodisco, Fantasía, Hogwarts y Westeros. Nos pasábamos libros como drogadictos, pero la droga de Los Confines tenía un sabor especial: era nuestra, había sido creada íntegramente en castellano, y se notaba en cada recoveco.

Internet estaba naciendo y con mis amigos nos poníamos nombres de fantasía para participar de foros literarios. ¡Qué intimidad resulta decirlos ahora! Uno de los míos fue Cucub, como el zitzahay parlanchín; estaba empezando a escribir mi primera novela y me sentía hermanado con el hombrecito que cantaba la misma canción, de diferentes formas, una y otra vez. (Recién me entero que Bodoc era el apellido del marido: al igual que Héctor Chavero y Agatha Miller, al igual que todos los hijos de las redes, Liliana Chiavetta también comenzó su carrera eligiéndose el nombre).

Entonces, en una feria del libro, me crucé con Liliana y me pasó su mail. Era la primera vez que hablaba con un escritor que me respondía como si yo también lo fuera. Considerarse escritor, me parece, es la mitad del trabajo: el permiso que nos damos para decir lo que querríamos. Si me gusta leer, ¿por qué no puedo escribir? Si ella pudo, ¿por qué yo no? El nombre de su casilla me lo voy a acordar siempre: [email protected] Me gustaría rescatar todos esos mails del disco regrabable donde están escondidos, si lo encuentro entre los estratos de nuestra vida virtual; me gustaría releer mis tonterías y su apoyo incondicional.

Tuve la suerte de encontrarme con ella varias veces, en presentaciones de libros y en congresos académicos. Una vez me contó que cuando tenía quince años se fugó de Mendoza con un circo ambulante y llegó hasta Chascomús; Liliana misma era una historia, y hablaba con la misma ternura que sus libros. De todos los encuentros atesoro dos. A fines de 2004 la invitamos a unas jornadas de literatura fantástica en La Plata y ella accedió; de hecho, insistió en pagarse el taxi desde la terminal hasta el centro cultural. Diez años después me invitaron a moderar una mesa donde Liliana participaba; no sabía si se iba a acordar de mí (sí, se acordaba, yo era el que le había prestado Los monstruos y los críticos de Tolkien).

En las últimas dos semanas mi Facebook, esa casa de sepelios en la que despedimos a nuestros muertos, se llenó de obituarios. Con mis viejos amigos asistimos a un funeral simbólico. Primero perdimos a Ursula, ahora a Liliana. Se hicieron amigas gracias a Diana Bellessi, que además de influir y querer a ambas les hizo de mensajera en sus primeras comunicaciones. Y el primer mensaje de Ursula decía así: “Vuelvo a casa luego de dos viajes. Pero el suyo me llevó más lejos”.

En septiembre pasado me invitaron a una feria en Villa Mercedes, San Luis, a la que Liliana también estaba invitada. Había preparado mi última novela para regalarle. Pero me perdí su charla, y cuando pregunté por ella ya se había ido a El Trapiche, el pueblito donde vivía. Le escribí un mail y lo dejé en borradores. Sigue ahí, incompleto, sin destinatario posible. El libro que le iba a dar quedó en uno de mis estantes. Justo el sábado pasado se lo regalé a una amiga porque era el último ejemplar que me quedaba y pensé, como siempre piensa uno: le mando otro.

Acabo de rescatar mis viejos mails. Desempolvé la cartuchera con cds, instalé un programa para abrir archivos .dbx, y logré reabrir mi vieja casilla de Outlook. Ahí están todos los mails que Liliana me escribió hace quince años. Abro uno al azar: el hijo mayor está internado en el Ramos Mejía. “Todavía tengo para unos cuantos días más de ser solamente ‘mamá’. La escritora va a tener que esperar un ratito”. Y aun así, pienso, se hizo un rato para escribirme. Ahora mismo los estoy copiando y guardando en la nube, nuestra pobre pero digna versión del cielo. El último cierra así: “Que disfrutes tus días cordobeses. En realidad, que disfrutes todos tus días”. Espero, Liliana, que hayas disfrutado los tuyos.