Viola Carofalo, líder del movimiento que busca el resurgimiento de la izquierda radical italiana
“La izquierda europea ya no es más sólo un fantasma”
La joven investigadora universitaria de Nápoles fue nombrada “jefa política” del nuevo partido de la izquierda italiana, Potere al Popolo, que buscará emular a sus pares de España y Francia en las elecciones generales del próximo 4 de marzo.

Su movimiento fue recibido en Europa como el resurgimiento de la izquierda radical italiana. Potere al Popolo nace de la iniciativa de los movimientos sociales ligados a trabajo barrial, centros culturales, y activismo político de base. Los que, desde los años 90, se hacen llamar movimientos antagonistas, herederos directos de la heterogénea y prolífica izquierda extraparlamentaria italiana de los años 70 y 80. A esa base se sumaron el Partido de la Refundación Comunista –esa minoría del Partido Comunista Italiano que no se diluyó en el progresismo moderado en los 90–, y los sindicatos afiliados a la Confederación de Sindicatos de Base (Cobas) y la Unión Sindical de Base (USB). Además de organizaciones católicas y sociales de defensa de los derechos de migrantes y trabajadores precarios.

Entre sus primeros adherentes en Italia se encuentran sindicalistas como Giorgio Cremaschi, la expartisana e histórica feminista Lidia Menapace, la activista Heidi Giuliani, mamá de Carlo, el joven asesinado durante la represión a las manifestaciones contra la cumbre del G8 en Génova en 2001, y hasta el exentrenador de fútbol Renzo Ulivieri. Jean-Luc Melenchon, el líder de La France Insoumise, ya los reconoció como los exponentes de la nueva izquierda europea en Italia. En su acto de lanzamiento en noviembre, había representantes de Unidos Podemos, del Grupo Confederal de la Izquierda Unitaria Europea y delegaciones de todo el continente.

Pero por ahora el objetivo de la nueva formación italiana es mucho más humilde que el de sus pares en Francia y España. Primero deberán superar el piso del 3 por ciento en las elecciones de marzo para poder ingresar al parlamento. Si bien algunos analistas italianos ya lo dan por hecho, la dispersión del voto de izquierda y la acumulación del voto de protesta por parte del Movimiento 5 Estrellas (M5E), hoy primer partido en Italia, pueden jugar un rol determinante.

Lucha contra la precariedad laboral, reforma del sistema de pensiones, defensa de los recursos naturales, retiro de la Otan y pactos militares, desarme, acogida humanitaria a los migrantes son algunos de los puntos del programa presentado para disputar los votos del M5E y de Liberi e Uguali, una escisión reciente del gobernante Partido Democrático que ronda el 7 por ciento.

Según la nueva ley electoral, el “Rosatellum”, toda lista que se presente para estos comicios debe presentar también un simbolo y un líder político. A los 37 años, la mitad de ellos pasados entre estudio y militancia social, Viola Carofalo, investigadora precaria de la Universidad L’Orientale de Nápoles, asumió ese rol. Aunque se apura a explicar que no es un cargo en el que se encuentre muy cómoda. “En este momento estoy limpiando mi alacena tras una invasión de termitas”, puntualiza al arrancar la entrevista vía telefónica desde su casa en Nápoles. “Sería una imagen poco apropiada para lo que se dice un jefe político”.

–Tiene que ver también con desmarcarse de la etiqueta que tienen los políticos de profesión, ¿no? Tengo entendido que hoy ser político está muy mal visto en Italia.

–Nosotros somos gente que hace política. Pero no somos políticos. Somos activistas de base, de comités y asociaciones. Hacemos política cotidianamente en los territorios, pero no somos “gente de parlamento”, no tenemos privilegios. Decidimos imponer como regla para los candidatos la donación del sueldo, en caso de ser elegido, a actividades sociales y políticas, y que se queden el equivalente a un sueldo de obrero.

–A principio de los 2000, la izquierda radical italiana parecía haber empezado un momento de crecimiento. El Partido de la Refundación Comunista lograba llegar al 6 o 7 por ciento de los votos, las huelgas generales de la Central General Italiana de los Trabajadores (CGIL) contra la reforma del estatuto de los trabajadores y las masivas movilizaciones en contra de la guerra en Irak de 2003, aglutinaron un movimiento heterogéneo y aparentemente fuerte. Pero después de más de diez años esa misma gente aparece desmovilizada, o entre las filas del Movimiento Cinco Estrellas. ¿Qué sucedió con la izquierda italiana en estos años? ¿Cómo se coloca la propuesta de Potere al Popolo en este contexto?

–Yo me formé políticamente en esos movimientos de principios de siglo, los recuerdo bien. Creo que hubo dos elementos, en medio de una crisis económica muy fuerte en Italia, que llevaron a la disgregación de esa izquierda y a la pérdida de consensos y reconocimientos de la izquierda italiana. Un elemento interno y uno externo. El elemento externo tiene que ver con lo que sucedió en Génova en 2001 durante las manifestaciones contra el G8. Hubo una feroz represión, y vivimos la tentativa de separar los buenos de los malos en la izquierda. Los buenos eran inocentes ciudadanos y los malos eran los Black Block antiglobalización, construidos también un poco ad hoc periodísticamente. De esta manera se logró romper en dos la llamada sociedad civil, la que hacía política y se reconocía en la amplia acepción de la izquierda. Y después hubo una muy fuerte responsabilidad interna de la izquierda misma. Por un lado, las organizaciones partidarias quisieron perseguir modelos que no podían sostener y en los cuales sus militantes y votantes no se reconocían, cerrando acuerdos con otras fuerzas políticas y manteniendo la vida parlamentaria como única vía o único objetivo. No para todos fue así pero creo que en general se pudo ver esta deriva y este cierre hacia las bases. Hubo poco cuidado hacia las realidades de base en los barrios y círculos. La izquierda antagonista, extraparlamentaria, tuvo un error similar, el de caer en la autorreferencialidad, la de encerrarse en su territorio, en su centro social, en su comité, sin preocuparse de construir una red más amplia, de entender el efecto que ese encierro tenía sobre el futuro político. Algunos movimientos locales son aún fuertes y reconocidos, como el movimiento contra el Tren de Alta Velocidad (No TAV). Pero es una excepción. En todo el país hubo experiencias que se atomizaron, encerradas en sí mismas, muchas veces hasta con lenguajes incomprensibles para el resto de la sociedad. Frente a eso llegó una gran ola antipolítica representada por el Movimiento Cinco Estrellas, que sostenía que quienes hacían política eran todos “mascalzoni” y ladrones, y que todos los políticos son iguales. Hay que decir que lograron un gran éxito diciendo estas cosas pero porque evidentemente se fundaban sobre algunas verdades. Esta ola antipolítica supo encauzar buena parte de esa disconformidad que en otras naciones europeas, como en España, o en Francia, en cambio encontró una salida mucho más propositiva y más fructífera desde el punto de vista del crecimiento de la izquierda. Podemos y Melenchon son un ejemplo de ello. En Italia esto no pasó. Probablemente también por estos vicios que hemos detectado, y un poco por el rol del Movimiento Cinco Estrellas. Nosotros queremos volver a atraer a muchas de esas personas que votan o votaron al M5E, aun sintiéndose de izquierda, porque no se reconocían en ninguna otra organización partidaria y entonces eligieron un voto de protesta. 

–¿El objetivo es también ser expresión de esa izquierda que entre Podemos, Melenchon y Corbyn se está empezando a ver en el resto de Europa?

–Sí, claramente. Esas son todas experiencias muy diferentes, cada una con su historia y especificidad. Pero hay dos factores que las unen. La primera es que se trata de una izquierda que por fin empieza a ganar. Que no es poco. Y por ganar no me refiero solamente al ámbito electoral sino esencialmente en presencia en la sociedad, con los discursos, manifestaciones de masa. Es decir, una izquierda que empieza a tener una presencia concreta y que no es más sólo un fantasma como lo fue en los últimos diez años. Y en segundo lugar hay una gran transformación en la comunicación de lo que son los valores fundamentales y los pilares de esta izquierda. Es una izquierda que no se enrosca más en discursos que no le hablan a nadie, pero que empieza a hablar de cosas y en los modos que, en cambio, le interesan a todos. Corbyn, por ejemplo, tiene claramente una historia y un recorrido muy diferente respecto de Podemos, porque hizo una elección estructuralmente diferente, que fue la de quedarse dentro de un partido tradicional; pero demostró que renovando el lenguaje, la manera de hacer campaña, recuperando una serie de tradiciones que habían sido abandonadas como la de ir de puerta en puerta o poner mesas en las veredas, hace revivir concretamente a la izquierda europea en las calles. Y no es una presencia solamente de discursos, desde los grandes palacios del poder. En esto se asemeja a Podemos, aunque la historia de los dos movimientos sea totalmente diferente.

–Sin embargo, esta esperanza en Europa también se había vivido con Syriza en Grecia y fue totalmente aplastada. Inclusive hubo varios representantes de esta nueva izquierda europea que acusaron al gobierno griego de traición.

–Obviamente es imposible garantizar la no repetición de situaciones como la de Grecia. Mas allá de las responsabilidades políticas del primer ministro Tsipras o Syriza, que hicieron elecciones que podrían haber sido diferentes, no me siento en poder de dar un juicio tan duro. Además, el término traidor lo aplicaría a otros. Para entender lo de Grecia hay que pensar que existen en Europa fuerzas que terminan por imponerse. Cuanto más una alternativa da miedo, ellas se vuelven más amenazantes. Evidentemente para esas fuerzas aplastar a Tsipras podía ser algo útil, importante y fundamental. Lo que sí entiendo es que ese fracaso es algo de lo cual tenemos que aprender. En lugar de simplemente condenar, habrá que discutir para ver dónde se equivocó, si se equivocó, y qué se podría haber hecho de manera diferente sin perder consenso y adhesión en las masas, que fue, para mí, el gran problema con respecto a Syriza. Lo que sí sé es que nosotros, en Italia, peor no podemos estar. Sé que no es muy ortodoxo en términos de comunicación en plena campaña, pero acá estamos en el año cero de la izquierda. Existimos en realidades y movimientos microscópicos y locales que no hablan entre sí, no incidimos. El parlamento no será una solución pero para nosotros puede ser un instrumento para mejorar nuestra situación y acercarnos a lo que sucede en el resto de Europa. Si se logra, quizás llegaran desde la Unión Europea a sancionar y reprimir, como hicieron con Syriza, pero eso es algo que tiene que tener en cuenta cualquiera que tenga un pensamiento, no digo revolucionario, pero aunque sea transformador.

–Entiendo que no ven en la Unión Europea a un amigo...

–No para nada. Y no se trata de un prejuicio. Las políticas de la UE en los últimos años fueron muy antipopulares. Llevaron a los Estados a un recorte radical del gasto social para cumplir con las directivas impuestas sobre el déficit. La UE no es un mal en sí. Yo pienso a una Europa solidaria, de los pueblos. Estoy convencida de que es absurdo encerrarse en una idea nacionalista, según la cual si no nos gusta la UE tenemos que volver a los viejos estados nación, es anacrónico. Pero la UE así como está hoy es antipopular, liberticida. Empeoró las condiciones de vida y de trabajo de los italianos y no sólo. La brecha entre ricos y pobres en Italia aumenta cada año. Hay unos pocos que son cada vez más ricos y muchos que se empobrecen cada vez más. Y esto es responsabilidad de los gobiernos nacionales claramente, pero también de las directivas que bajan a nivel europeo. Sobre ese debate tenemos las ideas muy claras, el problema no es el concepto de Europa unida sino lo que ha realizado en estos últimos años.

–Muchos líderes de la izquierda europea tomaron como modelo la construcción de los gobiernos populares y de izquierda latinoamericanos en los últimos años. ¿Qué debate se han dado ustedes con respecto a estas experiencias?

–América Latina es para nosotros la inspiración con la i mayúscula. Más allá de que puedan considerarse experiencias más o menos acabadas o logradas, o que puedan tener momentos de estancamiento. Especialmente la experiencia venezolana, se puede considerar como nuestra principal inspiración. En primer lugar en la relación con el poder, es decir la idea de que no exista un aut-aut, una elección definitiva entre una construcción desde abajo o desde arriba, sino que se pueda, en el cruce entre esas dos formas de construcción política, crear lo que nosotros llamamos poder popular. Es decir representación y poder territorial. En ese sentido, creo que Venezuela, más allá del resultado de esa experiencia, es un ejemplo desde la perspectiva de su construcción. Nosotros aquí en Nápoles hemos organizado muchas iniciativas de divulgación del proceso venezolano, no sólo porque lo que llega en Italia está profundamente distorsionado sobre lo que sucede allí, sino porque es el modelo de inspiración por excelencia. Obviamente no podemos reproducir lo mismo en Italia. Cada realidad social tiene sus especificidades, pero el modelo organizativo que nos inspira es ese.

–El movimiento antagonista italiano siempre fue muy alérgico a las instituciones. Y siempre fue muy crítico hacia los partidos de izquierda en el parlamento. El panorama electoral en Italia parecería encaminarse hacia un parlamento sin mayorías, como en España hace poco más de un año, obligando a todas las fuerzas políticas a dialogar para tejer alianzas para constituir un ejecutivo. De acuerdo con la historia de sus movimientos, y el programa que presentaron, no parece haber espacio para alianzas.

–No. No hay posibilidades. No somos compatibles. Ya lo dijimos claramente. Y es algo que va en contra de la tendencia general ya que la reforma electoral y el debate de campaña apuntan a obligarnos a hacer propuestas pensando en con quiénes aliarnos después del 4 de marzo. Es algo transversal en todos los partidos, a la derecha y a la izquierda.

–Sin embargo desde el surgimiento de Potere al Popolo ustedes han tenido palabras de elogio hacia algunos representantes de la “política de palacio”, como el alcalde de Nápoles, Luigi de Magistris.

–De Magistris tiene una historia que seguramente no es la nuestra. De hecho, cuando se presentó para su primer mandato nosotros no lo mirábamos con buenos ojos. Nunca se declaró comunista, mucho menos parte de los movimientos sociales. Por el contrario, era un exjuez que se presentaba con otro exjuez, con una fuerte impronta legalista. Nosotros desconfiábamos mucho. Hoy no lo apoyamos abiertamente, no entramos en el movimiento político que creó, no tenemos ninguna relación de continuidad con lo que hizo, pero reconocemos que el hecho de haber tenido en la ciudad de Nápoles un posible interlocutor en las instituciones hizo que una serie de cosas pudieran realizarse. Hay muchos ejemplos, especialmente en lo que refiere a la lucha contra la pobreza, a la acogida de migrantes, que son temáticas que nos interpelan directamente. Hubo inquietudes nacidas desde abajo, desde las bases, que fueron recibidas y elaboradas. No todas y no del todo. Cuando se trató de oponerse no nos echamos nunca atrás. En este sentido, para nosotros Nápoles ha sido una suerte de laboratorio. Fue la demostración de que, en algunos casos, poder tener una actividad política de base, pero teniendo a alguien en la institución que por lo menos no te es hostil, puede dar algunos resultados. No es la solución, pero ayuda.

–¿Cuál fue la reacción de los demás movimientos sociales frente a su apuesta?

–Cuando nosotros arrancamos con la propuesta de una lista sin demasiadas expectativas en noviembre, esperábamos que cayeran críticas y que se levantaran los escudos de buena parte de los movimientos de izquierda. Justo porque venimos de ese mundo sabemos cómo se percibe en general la cuestión de la representación institucional. En cambio eso no pasó. Claramente hubo quienes se sumaron de entrada a participar y ayudar, y otros prefirieron quedarse al margen. Pero hubo quienes desde los movimientos expresaron su visión abstensionista, como definición estratégica, no sólo táctica, y sin embargo reconocieron públicamente el valor de nuestra propuesta y nuestra credibilidad política. Es decir, dentro del movimiento no se levantaron los escudos que nos hubiéramos imaginado. Esto probablemente porque en varios lugares se ha generado la conciencia de que efectivamente la situación es tan grave que es necesario usar todos los instrumentos posibles. Además hemos logrado tener una cierta legitimidad que impide que seamos acusados de oportunismo, que es la crítica clásica que se mueve a este tipo de iniciativas. No construimos nuestra propuesta alrededor de las personas y nombres, y nadie hoy dice que hacemos lo que hacemos para conseguir una banca por intereses personales.

Ahora, que esto pueda llegar a dar resultados hay que pensarlo de otra manera más allá de lo electoral. Ya el hecho de haber realizado 150 asambleas en 150 ciudades para discutir programa y candidatos; haber tenido exposición nacional e internacional; haber construido contactos y relaciones con experiencias y movimientos de base, es de por sí un buen paso en adelante con respecto a cómo estábamos hace unos meses. Si además logramos superar el 3 por ciento mejor aún. Tendremos personas en el parlamento que sin transar probarán a llevar también allá arriba una serie de reivindicaciones que son normalmente tapadas. Especialmente lo que tiene que ver con el trabajo.