Mientras huía al exilio, recordó que no siempre se llamó Laura Avellaneda. En el Buenos Aires de 1952, la vida aún no tenía los destellos violentos del ‘77.
En el cielo las estrellas/ en el campo las espinas/ y en el medio de mi pecho/ las islas Malvinas. Ese debía ser el verso.
Una secuencia, como toda secuencia, anticipa un orden que naturalmente no existe. Como sabemos, cualquier orden puede saltar por los aires. Lo tengo todo sobre aquel vínculo y no tengo casi nada.
El delfín respira voluntariamente. Sus dos hemisferios cerebrales duermen por turnos. Uno siempre permanece despierto para no ahogarse o para protegerse de sus depredadores.
No hay mejor forma de vivir que recordar lo vivido. Porque se tiene dos vidas: la que fue y la que se recuerda y entonces la vida no se termina nunca.
La muerte de un humanista es siempre una derrota de la condición humana.
En estos días de campaña electoral, pensé una y otra vez en los discursos incendiarios.
No. No. Y no ¿La repetición de un deseo puede hacer desaparecer un hecho? La negación tiene, a veces, el empecinamiento de lo vital.
No quiero escribir sobre lo que todo el mundo escribió, escribe y escribirá sobre Néstor Carlos Kirchner.
Este 17 de octubre es diferente a todos. No solo por la pandemia.