Atraviesa la avenida Juan B. Justo, el Puma Flores; debe apresurarse, la pistola en el bolsillo le golpea el vientre.
Benigno Primero plantó sus tierras, familia y sueños en Las Rabonas, entre Nono y Los Hornillos -tierra perdida en el mapa argentino- en su Córdoba natal que, muchos años después, porteños pudiente
Diego Maradona, Carlos Gardel, el Che Guevara y el Indio Solari; solo una cosa en el mundo pudo dominar esos egos para reunirlos en un mismo lugar: la carta de Carlitos.
“Contá la historia de la gente como si cantaras en el medio de un camino (…) Simplemente cantá con todo tu corazón: que nadie recuerde tu nombre sino esa vieja y sencilla historia”.
Desde Barcelona
Mi papá era un diablo simpático, hedonista y liviano en sus sesenta y cinco kilos. Su audacia le crecía por saberse diminuto en ese bosque de gigantes que lo elevaba mediante pases mágicos.
Tal vez los secretos del oficio de guionista de historietas valen no sólo para la producción de cultura popular.
Con Inés buscamos el colchón inflable y nos metimos en el riacho. Era una tarde de noviembre y la isla estaba tranquila.
Crecí viendo telenovelas. Las de Alberto Migré, Abel Santa Cruz y Delia González Márquez por las noches; las de Nené Cascallar y Gerardo Galván durante las tardes (cuando no iba a la escuela).
Cuando don Juan Ochoa trazó una línea vertical con la tiza dividiendo el pizarrón en dos mitades iguales, arañó de tal modo la madera con la uña de su dedo índice que produjo un chillido agudo capa
Frené de golpe y volví a acelerar y miré por el retrovisor y le pregunté si se sentía bien. Perdón, la gente deja los perros sueltos. Son un peligro.
Cada vez que un evento nacional o internacional la impactaba, mi mamá decía, moviendo la cabeza con gesto de judía milenaria, somos peones en un tablero de ajedrez.
Cada día que pasa le cuesta un poco más. La rueda delantera de la antigua bicicleta parece crecer sin pausa frente al cuerpo cada vez más chiquito de su dueño.
Nuestro querido Osvaldo Bayer los conoció muy bien. Y los siguió de cerca.
La primera vez que supe de las dos entradas fue sobre Avenida Las Heras, un edificio antiguo de estilo francés. Yo estaba emocionada porque ya tenía siete años y nunca había sido su asistente.
Late como si el corazón quisiera escapársele por entre los dedos. Punzan en la palma y en el dorso un millón de agujas a la vez. Duele.
Los patoteros son una especie de varones, marcados a fuego con la moral de la supremacía.
La señora siempre llamaba porque le dolía algo, la cabeza, el cuello, la espalda. Una vez una médica le había dicho que sus dolores eran inventados y que fuera a un psiquiatra.