PLáSTICA › EN EL CICLO LA LINEA PIENSA, DEL CENTRO CULTURAL BORGES

Dibujar, como desarmar un ovillo

La retrospectiva del dibujante Luis Pereyra, en el ciclo dirigido por Luis Felipe Noé y Eduardo Stupía, propone un recorrido por las variantes del dibujo. Obra, autorreferencia y contexto, desde los años setenta hasta el presente.

 Por Fabián Lebenglik

En el Centro Cultural Borges se presenta una retrospectiva de Luis Pereyra, que forma parte del ciclo La línea piensa, dirigido por Luis Felipe Noé y Eduardo Stupía. “Si bien se suela asociar casi con exclusividad la palabra dibujo a la de representación –dicen los directores del ciclo–, nosotros queremos destacar el acto de dibujar como el del desarrollo de un pensamiento lineal: una línea lleva a otra línea como un silogismo gráfico.”

La retrospectiva del dibujante y arquitecto Luis Pereyra se divide en nueve “estaciones”, nueve etapas para establecer no solo una cronología sino también nueve variaciones sobre el dibujo. Y, precisamente, sobre el dibujo, el artista se pregunta y luego describe y afirma: “¿No será que todos nacemos con un ovillo de líneas bajo el brazo? ¿Y no será que tirando de las líneas vamos de-sarmando el ovillo y jugando juegos a los que llamamos dibujar? A veces nos gusta ver el ovillo entero, con las líneas bien apretadas, y otras lo desparramamos en todas direcciones como la red de un pescador o una entrelazada telaraña, para ver qué tiene adentro. Con el tiempo, algunos suelen dejarlo olvidado para dedicarse a enfrentar las exigencias del quehacer cotidiano. Otros, por suerte o por capricho, tratamos de conservarlo un poco más. Y así, enrollando y desenrollando, figurando y transfigurando, pero siempre jugando, se va tejiendo con el mismo ovillo la urdimbre de la vida”. Sobre algunos temas de su exposición, el artista dialogó con Página/12.

–En los años ochenta usted asocia el dibujo al grabado.

–Me interesaba el tema de las tramas y cuando empecé a trabajar era amigo de un grabador. Mientras dibujaba pensaba en temas de grabado. Pero también buscaba “deshilachar” la imagen hacia los bordes, cosa que generalmente los grabadores no hacen. Con esto rompía la ilusión de grabado. Esto continúa con los homenajes, como por ejemplo el que dedico a Renoir.

–El concepto de grabado también supone la idea general de “estampa”, que en su obra toma características metafóricas, autorreferenciales y del contexto.

–Pienso en el dibujo como algo incorporado al ser humano. El dibujo como reflexión interna, cercana, próxima, introspectiva. Los primeros dibujos son más intimistas, no sólo por los temas sino también porque estábamos en la dictadura, en una época cerrada, con la imposibilidad de manifestarse. En el año ’83, con la llegada de la democracia, llega también el mirar para afuera y la efervescencia.

–El autor sale de la escena y entra “la realidad”.

–A fines de 1983 los dibujos dejan al autor como centro para ver lo que sucede afuera. La realidad tiene una estética encubierta. Lo estándar, lo habitual... es lo que trato de captar. Así aparecen el entrelazamiento, las aglomeraciones, los múltiples focos de atención en cada dibujo.

–Junto con lo urbano, la felicidad, las inauguraciones y también la violencia... se consolida el relato en sus dibujos hasta fines de los años ’80.

–Todo eso junto se desarrollaba, sí, como un relato. Y a fines de los ’80 aparece el “rompecabezas”... entonces los aspectos narrativos dan lugar a un dibujo que se concentra en la cabeza como tema... allí donde se generan las ideas. Las cabezas se vuelven dibujos en sí mismos, en algo casi abstracto. Busco con el dibujo hasta dónde la cabeza podía resistir una reconstrucción. La persona, la identidad, se transforman en un gesto... en casi nada. Lo pienso como el cierre de una etapa.

–¿Cuáles son las “transformaciones” de las que habla el título de su muestra?

–Habla de la transfiguración y transformación tanto de las imágenes como de uno mismo. Yo trato de que fluya el entorno y de dar cuenta de las transformaciones y los cambios propios y del contexto. Allí comienza la década del ’90. Terminada la fiesta de la democracia, en los ‘90 me pongo a buscar cosas que la ciudad no daba. Quería trabajar sobre los mitos, desde una perspectiva más latinoamericana. En el dibujo retomo una imagen más serena, como la de la primera etapa, con claroscuros, pero manteniendo la complejidad de las tramas. Aparecen las superposiciones de imágenes y de cuerpos combinados. Fui a buscar todos esos mitos codificados, en códices, esculturas, tallas... En algún momento las civilizaciones antiguas dejaron registrados los mitos. Todo eso fue muy rico para mí, que era y soy urbano.

–En toda su obra, sigue la preocupación por el medio ambiente.

–Tomamos conciencia como sociedad de que el mundo natural estaba amenazado por el progreso: comenzamos a tener una conciencia más global. Trabajé mis dibujos con ironía, en la serie “Seremos tan felices....”, por ejemplo en el Rin, con casitas e iglesias, pero también con derrames de petróleo.

–¿Como apareció el color en su obra?

–El color, para mí, estuvo ausente durante mucho tiempo. Frente a la muestra que se planteó en Nueva York, tuve ganas de hacer otra cosa. En 2007 trabajé con crayones para chicos, muy gruesos y de colores intensos. El color llega a mi obra como una aparición, en la serie Right or left, que juega con los hemisferios cerebrales, tomando lo racional-irracional. Allí hay líneas de energía, de fuerza, ríos de colores... que se abren, que circulan. Son dibujos inesperados: una vuelta al principio. Son las cosas que permite una retrospectiva: una muestra sobre las posibilidades del dibujo.

(Centro Borges, Viamonte y San Martín, hasta el 1º de marzo.)

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Baile por la democracia, 1983, dibujo de Luis Pereyra.
 
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