rosario

Martes, 13 de enero de 2009

CONTRATAPA

Dos formas de una pasión

 Por Jorge Isaías

Una pasión futbolística, es decir el amor a una camiseta es algo irracional. Y diré más, dura toda la vida.

Se puede cambiar cualquier sentimiento, cualquier color político, pero la casaca de la infancia ﷓con su carga de sinrazón﷓ no se cambia.

Uno se lleva a la tumba esa pasión excluyente.

Tan raro es el corazón humano, quiero decir, el corazón del varón al menos, porque es el único que tengo estudiado.

De aquellas pasiones primarias que consigue o hereda el varón pequeño quiero relatar aquí.

¿A que otra cosa deberíamos habernos aferrado nosotros, pobres almitas solitarias en un pueblito perdido?

Conste, pero ni cabe aclarar que no es lo mismo haber habitado aquellos pueblitos polvorientos de entonces "donde toda incomodidad tiene su asiento" y éstos de hoy, tan solitarios pero conectados en esta aldea global que navega la estelar noche de los tiempos.

Las cosas en aquellos tiempos eran lentas, estaban siempre revestidas con pátina de lejanía, con un color ocre que hace bastante similares todas las estaciones, aunque fuera en nuestra percepción de entonces. No sólo trizaba el límite entre el otoño y el invierno, o entre la primavera y el verano, sino que pintaba de otro color los mismos objetos, difuminaba los rostros y los gestos volverían impredecibles, en ese esplendor a que nos sometía el estertor de un recuerdo. La tendencia era agruparnos para formar un equipo, en el barrio, en la escuela, dentro del mismo club donde participábamos, en la parroquia donde el cura nos seducía con sus canchitas de arcos de caños, sus áreas marcadas con buena cal legítima, la buena pelota de cuero número cinco, siempre bien lustrosa, esperándonos.

También con los buenos juegos de camisetas, flamantes, que parecían estar esperándonos sólo a nosotros.

Todo esto era negociable en el comercio de lo social, en los agrupamientos primarios, pero cuando se trababa de colores, la cosa pasaba por otro lado.

De aquel club lejano y querible, digo lejano en la distancia, nunca en el corazón, pudo tener para nosotros la importancia absoluta que no ocupaban ni la escuela ni la vida de los propios próceres, cuyas peripecias nos relataban las maestras abnegadas de entonces.

Y cualquier juego que armáramos tenía siempre en cuenta sólo dos colores: el rojo y el blanco.

Todos los chicos que vivían en el barrio "Jazmín" de entonces eran indefectiblemente huracanistas. Los colores del propio barrio y no por casualidad eran el rojo y el blanco y estaban los mayores para corroborarlo. Para trajinar esa pasión cuando declinara.

En primer lugar: Tuto Vega y Juicho Becerro. El primero como zaguero invencible, perseguidor, mordiendo la espalda al adversario, siempre. El segundo más dúctil, más hábil, más pensante para jugar, pero la pasión y la entrega siempre en alto.

Juan Becerro a quien todos llamábamos Juicho podía aceptar cualquier puesto que quedara vacante. Aunque mi recuerdo siempre lo pega a esa camiseta número cuatro, de marcador de punta que él llevó mejor que nadie en toda la gloriosa historia del club.

A Juan además de este puesto que se ganó para siempre, incluso con él se ganó también a la hinchada, lo vi jugar de dos en un clásico y no cualquier clásico sino el del siete a dos.

Lo vi de cinco, de seis, y hasta de nueve.

Pero la hazaña mayor que puedo relatar es un partido en Gödeken donde llegó a cubrir los tres palos.

Fue así. Se lesiona el arquero, a la sazón, el casildense Hernán López y como en ese tiempo no se podían hacer cambios, él se puso ﷓metódico﷓ la camiseta y fue al arco.

Ganábamos uno a cero y todos creímos que nos llegaba la noche. Miramos el reloj: faltaban veinte minutos y en esos eternos minutos nos podían "llenar de pepinos", tal la expresión de moda por entonces. Pero no. Juan "Juicho" Becerro se dio el gran lujo de mantener la valla invicta, y además divertirse con los adversarios a quienes incitaba al grito estentóreo de: ﷓Tiren gringos, tiren gringos.

Es decir, alentándoles a que probaran puntería, cosa que ellos hicieron toda vez que pudieron pero sin resultados concretos como consignan las crónicas deportivas de entonces.

A los ochenta años, Juan Becerro, quien todos llamaban Juicho, sigue casi con el mismo cuerpo de sus años de futbolista, con el cabello íntegro, casi tan negro como entonces, con algunas líneas plateadas que no disimula con pintura alguna, siempre dispuesto a conversar de fútbol. Charlas que matiza casi sin ademanes pero rubricando cada frase con una gran carcajada que exalta sus grandes dientes parejos.

El otro personaje, Horacio Vega a quien lamamos "El Tuto", siempre vistió la memorable número tres.

Dueño de una garra visceral y plena de pasión, la racionalidad no entraba en sus cálculos, era puro instinto y espontaneidad.

En un partido lleno de interferencias, complicaciones y lesionados, cuando el delantero "Chañarense" rompió el tabique nasal de nuestro arquero, Hernán López, "El Tuto" en un arranque emocional que nos saldría caro, tiró su camiseta a un costado y se colocó la amarilla de arquero.

Todos pedían que se la pusiera el mismísimo "Juicho", por la anécdota referida más arriba, pero ya Tuto Vega estaba saltando dentro de los tres palos.

Como era de esperar ante tanta improvisación, nos metieron tres goles más de los dos que ya llevaban de ventaja.

Porque el golazo del Negro Cornejo, con un puntazo desde fuera del área, apenas descontó para la indignidad del cero.

Ese día realmente estuvimos para el cachetazo por más que el amor pasional que "Tuto" tenía por nuestra camiseta se diera de bruces contra la realidad de ese partido que había nacido envenenado.

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