PLáSTICA › LA EXPOSICION DE PABLO SIQUIER EN
EL REINA SOFIA DE MADRID

Arte argentino en el Palacio

La muestra antológica que Pablo Siquier presenta hasta septiembre en el madrileño Palacio Velázquez –que depende del Museo Reina Sofía– es el punto más alto de su carrera.

 Por Fabián Lebenglik

El lugar del arte argentino en el panorama de artes visuales internacionales es cada vez mayor. Después de ver la obra de cuatro argentinos invitados por los organizadores de la Bienal de Venecia -Carolina Antich, Leandro Erlich, Jorge Macchi y Sergio Vega–, quien firma estas líneas aterrizó en Madrid, donde se presenta una muestra antológica de Pablo Siquier –en el Palacio Velázquez, que depende del Museo Reina Sofía– como una de las principales exposiciones de la ciudad.
Entre la generosa oferta cultural madrileña –en muchos casos gratuita– también se destacan, entre otras, la gran muestra de Camille Corot en el Museo Thyssen-Bornemisza, las inquietantes esculturas e instalaciones del español Juan Muñoz (1953-2001) en el Centro Cultural La Casa Encendida, y las burlonas y disparatadas Damas –collages, pinturas y dibujos– de Antonio Saura (1930-1998) en la Fundación Juan March.
Por estos días también se desarrolla en Madrid, hasta el 17 de julio, el VII Festival Internacional de Fotografía, PhotoEspaña 2005, con grandes exhibiciones, como la retrospectiva del fotógrafo japonés Shoji Ueda (1913-2000) en la Fundación La Caixa; la extraordinaria Mass Observation (un experimento entre fotográfico y antropológico) del grupo británico homónimo de fines de la década del ’30, y la selección de fotografías que el norteamericano William Klein (Nueva York, 1928) tomó por el mundo en las décadas del ‘50 y ‘60. Klein siempre estuvo en el lugar adecuado, en el momento preciso. Tanto Mass Observation como Klein se presentan en el Centro Cultural Conde Duque.
La exposición de Siquier, que se despliega en el imponente Palacio Velázquez, emplazado en medio del apacible Paseo del Retiro, fue planeada por Juan Manuel Bonet –viejo conocedor del arte argentino y ex director del Museo Reina Sofía, del cual depende la programación del Palacio Velázquez–. Bonet es uno de los coautores del catálogo –que será editado en breve, documentando la muestra–, junto con el poeta argentino Arturo Carrera y el curador de la muestra, Ivo Mesquita. Se trata de una exhibición antológica que reúne una treintena de cuadros, tres murales (uno de ellos de 54 metros) y una instalación.
El Palacio Velázquez es un inmenso pabellón de hierro y vidrio construido a fines del siglo XIX para albergar una típica exposición “universal” decimonónica, cuando la globalización se conjugaba en futuro. En ese mismo espacio presentó su retrospectiva Guillermo Kuitca, a comienzos del 2003 (y que luego se expuso en el porteño Malba).
Usualmente, las muestras de este gran pabellón se exhiben con tabiques que cortan y segmentan el gigantesco espacio central –y la muestra de Kuitca no fue una excepción– para orientar el recorrido y guiar al visitante a través de un trazado que establece cronologías y organigramas en el espacio. Pero el curador de la muestra de Siquier decidió desplegar la obra del artista sin tabiques. Una decisión acertada, porque su obra tiene un fuerte anclaje arquitectónico e interactúa productivamente con los espacios donde se exhibe. En este caso, tanto la obra de Siquier como el interior del Palacio Velázquez se ven en toda su dimensión y relación de escalas, se potencian mutuamente, se presentan visualmente limpios.
Desde las oscuras geometrías de los años ’80, pasando por un paisaje hipnótico, por sus pinturas en blanco y negro hasta llegar a la instalación y sus murales actuales, la exposición muestra todas las etapas de la obra del artista, pero no respeta un recorrido cronológico.
La obra de Siquier, sus paisajes mentales, sus extraordinarios murales, como el de más de 50 metros que sorprende a todos los visitantes de la muestra, exhiben mecanismos obsesivos que generan la ilusión de la planificación perfecta y el control absoluto. En apariencia, el azar fue expatriado de estas piezas, pero se trata de un efecto engañoso. Hay, sí, un evidente virtuosismo, una enorme precisión, pero también se ve unabuscada inexactitud, especialmente en los dibujos con carbonilla, a pulso, sobre la pared (tomados de diseños realizados por computadora). Esa cualidad, que oscila entre la precisión y el desborde, se ve literalmente y visualmente desbordada en la instalación de poliestireno, donde Siquier recubre las paredes de una sala lateral “como un ancho marco –según dice Ivo Mesquita– para el vacío de la sala y la soledad del espectador propicio para pensar acerca del sujeto y su entorno”.
La luz que inunda el Palacio Velázquez es otro de los factores que resulta central como tema de la obra de Siquier. En su trabajo, la luz siempre ha sido clave porque, a través de la luminosidad como concepto, se establece el juego de sombras y contornos que harían pensar en la obra pictórica que va desde comienzos de los ’90 hasta ahora, como si fuera el resultado de las proyecciones de sombras de objetos corpóreos, tales como las molduras y los contornos que parecían inspirarlo tempranamente.
En la producción de los primeros años, su obra se suponía heredera de un legado de estilos geométricos, de una simplificación distorsionada del pop, de un resumen formal de diferentes diseños que tomaban como fuente los de las radios antiguas, las parrillas de autos, los frontispicios edilicios, los planos cenitales de estadios deportivos, las graderías, etcétera. Quedaba clara la fuerte raíz arquitectónica de gran parte de su obra.
Los inmensos dibujos de carbonilla sobre el muro –que desaparecerán al cierre de la exposición– lucen como nuevas afirmaciones arquitectónicas desarrolladas como complejas estructuras planificadas desde una lógica ultrabarroca. Parece evocar, en otra lengua, las prisiones de Piranesi o alguna otra cárcel de la razón.
La condición efímera de los grandes murales y la instalación revelan un costado heroico del artista, por su combinación entre lo monumental y lo precario. Y si en una etapa de su obra podía inferirse el borramiento y la ausencia de un sujeto, la obra reciente exhibe la huella manual, el ritmo y la respiración de su “ejecutante”. La propia materialidad de las obras realizadas para esta ocasión –el trazo de la carbonilla o la aplicación de formas y líneas adhesivas, como en el mural de 54 metros– llevan a pensar en el contacto de la mano y en la imperfección del trazo.
El efecto que producen estas obras vistas de lejos se abstractiza y difunde cuando la mirada se acerca, de modo que genera una visualidad contradictoria.
Si por una parte la obra de Siquier evocaba el vacío mientras establecía una lectura interpretativa y completamente personal de ciertos aspectos visuales de Buenos Aires, su obra monumental tiende un puente hacia lo artesanal y la recuperación del sujeto. En ese vaivén, la muestra del Palacio Velázquez, que sigue hasta el 12 de septiembre, constituye el punto más alto de la carrera de Siquier hasta ahora.

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Detalle del mural de Siquier (de 54 m)
 
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