CIENCIA › OSVALDO VINDROLA Y MARIA ROSA PADROS

Científicos argentinos, proteínas mexicanas

Los descubrimientos en Puebla, México, de un grupo liderado por argentinos, merecedores de dos premios internacionales, avanzan en el conocimiento de los mecanismos del cáncer.

 Por Leonardo Moledo

Una de las formas de promover el desarrollo y la difusión del trabajo de los científicos, además de esta página hermosa y tenaz, es el otorgamiento de premios en reconocimiento por sus investigaciones. Osvaldo Jorge Vindrola y María Rosa Padrós, bioquímicos argentinos residentes en México e investigadores de la Universidad Autónoma de Puebla, bien lo saben: el Comité Organizador del Congreso de la European Life Scientist Organization (ELSO), sociedad científica de la Comunidad Europea y una de las revistas de ciencias naturales más prestigiosas del mundo, la Nature Reviews Molecular Cell Biology, decidieron galardonarlos por sus descubrimientos en la lucha contra el cáncer.

–Bueno, a ustedes los premiaron, y ahora salen en esta página. ¿Qué más se puede pedir?

–Muy poco, es verdad.

–¿El premio se debió a que encontraron una proteína que acelera la proliferación de las células normales y detiene la de las cancerosas, no es así? ¿Por qué no me cuentan en qué consiste el descubrimiento de su grupo de trabajo?

–Nosotros descubrimos en 1998 una proteína más grande que la proencefalina (aquella que las células cancerosas silencian para poder reproducirse sin ser molestadas), pero que deriva del mismo gen. Y cuando generamos los construidos, los trozos de ADN, que sabemos que van a dar nuestra proteína y los metemos en células con capacidades normales de duplicarse lo que se observa es que se acelera la proliferación, aumenta la duplicación.

–¿Por qué?

–El mecanismo que encontramos es que esa proteína ingresa al núcleo, se une al ADN y ya sea en forma directa ya sea como un cofactor ayuda desencadena la transcripción de algunos genes, que intervienen en la proliferación celular. La localización más importante es en el nucléolo –una de las subestructuras del núcleo principalmente involucradas en la proliferación de las células, ya que ahí se sintetiza el ARN de los ribosomas–. Y bueno, la proteína se localiza ahí y aparte de su efecto con el ADN podría tener también un efecto directo sobre el nucléolo.

–Y ayudar a la proliferación celular.

–Sí.

–Pero en las células cancerosas la inhibe.

–Exacto. En las células normales actúa sobre el gen de la ciclina, que es el que dispara el ciclo celular. O sea, al dispararse la transcripción del gen de la ciclina D1 se aumentaría la proliferación de las células sanas. Es una proteína que se une a los factores de transcripción clásicos y los ayuda a disparar la transcripción.

–Pero en la célula cancerosa ese mecanismo falla.

–Sí. Nosotros lo que hicimos fue tomar líneas celulares provenientes de tumores sólidos (cánceres de mama, neuroblastoma, cánceres de pulmón, de intestino) y tumores circulatorios, como las leucemias. Cuando a esas células, sin excepción, les hacemos producir en forma estable la proteína, se nota una marcada inhibición de su proliferación. Incluso hemos hecho otros estudios que muestran a la proteína como un inhibidor de la tumorigenicidad.

–¿Y por qué se produce el frenado?

–La célula enferma, para proliferar, ha silenciado ciertos genes (en un proceso que se denomina “hipermetilación del ADN”) y el tumor crece justamente por eso. Al meterle la proteína, lo que hacemos es reemplazar el gen. Le damos algo que la célula cancerosa silenció, transfectándole nuestro construido que en el tumor hace el efecto opuesto que en las células normales.

–¿Pero por qué ocurre eso?

–Una de las causas por la que proliferan las células tumorales es que los genes que detendrían la transcripción están silenciados. Y entre esos genes está el de la proencefalina. No sabemos por qué, pero los silencia. Grupos japoneses y norteamericanos demostraron que uno de los factores más importantes para determinar la fuerza de un tumor es el gen de la proencefalina silenciado por la hipermetilación en la región promotora. Lo que nosotros hacemos en nuestra terapia es reemplazar para que tenga el gen de nuevo y, de esta manera, detener el tumor. De hecho, la célula tumoral detiene su proliferación alrededor del 50 por ciento.

–Pero sin embargo no hay una hipótesis clara de por qué ocurre eso.

–La proteína que descubrimos se llama PGAP. Esa proteína en una célula normal entra a la célula y va al núcleo, y se pega a una región del ADN, la región promotora, e incentiva la transcripción de algunos genes, como la ciclina D1, la primera que se activa para el ciclo celular, e induce la división. Activa el gen que estaba en reposo. En la célula cancerosa, que se está dividiendo a lo bestia, la PGAP se va al nucléolo (que es como un sitio de reserva de proteínas), se une de la misma manera al ADN, pero no sabemos a qué genes. Estamos trabajando para determinar por qué se comporta en el tumor de manera totalmente opuesta a las células normales. No lo tenemos claro.

–Pero sin embargo, lo que está claro es que funciona.

–Lo que es increíble es que una proteína como ésta pueda ser tan efectiva en tumores tan variados. Estamos trabajando en una terapia génica para aportar el gen que inhiba el tumor.

–¿Cuánto faltaría para probarlo en humanos?

–Si nos apuramos en los trabajos con mamíferos superiores, tengo la esperanza de que a mediano plazo sirva en terapéutica. Hay algunos grupos asiáticos que ya lo están probando en reparación de tejidos, como el cartílago.

–¿Estamos lejos o cerca de poder curar el cáncer?

–Creo que definitivamente, con esta investigación, estamos más cerca.

–¿Este es uno de los tantos caminos confluyentes hacia la solución del problema?

–Creo que es uno de los tantos caminos confluyentes, lo que no sé es si dará resultados antes o después que los otros caminos.

–En el siglo XIX se curaban muchas cosas sin entender el mecanismo por el cual se curaba.

–Dentro del método científico todo es válido, pero nosotros creemos en que el resultado se da por la búsqueda del mecanismo. Cuando planteamos una hipótesis, tenemos una idea de cuál va a ser el mecanismo.

–O sea que tienen el dato, pero no saben por qué se produce el efecto inverso.

–Así es. Estamos, como usted describía, en el siglo XIX.

–Es un problema epistemológico.

–Creo que el problema también es la necesidad de publicar; los científicos están muy obligados por la burocracia a publicar rápidamente y pueden no estar viendo cosas que ocurren delante de sus narices.

–¿El cáncer es una sola enfermedad o muchas?

–Son muchas. Como ya se sabe que en el caso de las leucemias la enferma es la stem cell y de ahí degenera en células enfermas de diverso linaje, hay gente que se inclina a pensar que es una sola enfermedad. Pero, como dicen los médicos clásicos, “si no hay enfermo no hay enfermedad”, y yo no creo que haya sólo un tipo de cáncer. Lo importante es lograr encontrar una terapia que pueda corregir la mayor cantidad de estos cánceres.

–¿Hace falta un Pasteur?

–No necesariamente. Hacen falta muchos científicos bien formados o personas interesadas en la búsqueda del conocimiento que quieran ayudar a cercar la enfermedad.

Informe: Nicolás Olszevicki.

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