CONTRATAPA

Viva la vida

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO

Viva la vida es el título del nuevo disco de Coldplay y ahí –en la canción que le da nombre a todo el asunto– un exultante y juvenil Chris Martin se cubre por un puñado de minutos con la capa de un anciano monarca modelo Lear temeroso de escuchar, muy prontito, el eco de ese “¡El rey ha muerto! ¡Larga vida al rey!”. Y el tema de esta semana es la vejez, el crepúsculo, el largo adiós y el afán de los mortales de negarlo a toda costa para así intentar parecerse, cada vez más, a divinas maquinarias de combustión eterna. Algo así.

DOS

Las crisis continúan, los números no sólo no cierran, sino que derriban las puertas a las patadas, continúan las investigaciones por la tragedia aérea, la princesa Letizia estrenó nariz nueva, el juez Garzón se propone censar e identificar de una buena vez a todos los muertos en la Guerra Civil Española, se acabó la contratación de mano de obra importada y la gente vuelve de las vacaciones y se parapeta detrás de los sillones a la espera de que lleguen los sobres con las facturas de las tarjetas de crédito. Y –misteriosamente o no tanto– no dejan de difundirse noticias sobre la prolongación de la vida, el fin de la vejez, el advenimiento del súper-hombre. La biomedicina. Leo en El País un artículo de Milagros Pérez Oliva que arranca con estas palabras: “Todos lo tienen ya muy claro: este siglo que acaba de comenzar será sin duda el de las ciencias de la vida. La revolución de la biología nos va a dar por primera vez la posibilidad de crear nuevos seres en el laboratorio que trabajen para nosotros y hasta de rediseñar nuestro propio cuerpo. El que vamos a emprender ahora es un viaje por las fronteras de la ciencia, allá donde la ola del futuro rompe con el presente y la ciencia-ficción se convierte en realidad. Será también un viaje al interior de nuestro cuerpo y de nuestro cerebro. Vamos a ver cómo la ingeniería de tejidos prepara las herramientas para crear y reparar órganos, cómo los biólogos crean animales capaces de producir energía y medicamentos para nosotros y cómo los neurocientíficos no sólo son capaces de leer lo que ocurre en nuestro cerebro, sino de modificar nuestro pensamiento. Y vamos a hacerles preguntas de largo alcance: ¿cómo será nuestro cuerpo dentro de 200 años? ¿Es inevitable que envejezcamos? ¿Hasta cuánto podemos vivir?”.

Después, a continuación, la implacable enumeración de avances, pronósticos y hallazgos y –tiemblo– comprendo que yo pertenezco a la que probablemente sea y vaya a ser la última camada de ancianos auténticos y puros.

TRES

Y está claro que no se trata de un temblor novedoso: en la Edad Media uno podía considerarse afortunado si llegaba más o menos en buen estado a la provecta edad de 35 años (para longevidades, había que irse para el lado de los elfos o hobbits) y el hombre más sabio y culto era el que había conseguido leer, digerir y reflexionar un número de páginas equivalentes a las de la contundente edición dominical de cualquier periódico importante.

Mucho más cerca, la cosa era muy diferente antes de la penicilina. La gente moría como esos experimentados ratones experimentales que, leo, ahora viven más que nunca gracias a algo que se conoce como “restricción calórica” y que no es otra cosa que el comer muy poco sin que esto signifique caer en la malnutrición; y hacia allí van e irán, supongo, flamante hordas de raquíticos de luxe en busca de la vida eterna. Otros, en cambio, observan detenidamente los hábitos del camaleón Furcifer labordi como modelo perfecto de administración de calendario a lo largo de un año de existencia. Es poco tiempo, sí, pero perfectamente estructurado y se trata de estudiarlo y emularlo y de advertir los riesgos que pueden resultar de prolongar ciertas edades por encima de otras o de alterar el balance de cuotas demográficas. “Una de las cosas más sólidas que hemos concluido con la teoría de la historia de la vida es que existen las compensaciones. Si aumentamos el número de jóvenes, el precio suele ser un envejecimiento. Si consigues algo que viva más tiempo, los precios a pagar aparecen antes en la vida, con una fertilidad menor e incluso esterilidad”, precisa Steven N. Austad, autor del libro Why We Age en una entrevista de The New York Times. Mientras tanto y hasta entonces, ahí están todas esas propagandas de cosméticos y antiarrugas varios con dicción de futurismo absurdo y nombres complicados y gráficos incomprensibles. Y el otro día alguien me comentó, con aire conspirativo, que luego de demasiadas aplicaciones el botox acaba alcanzando las playas del cerebro y afectando su ecosistema. Lo que no sé si es cierto pero explicaría, por ejemplo, una canción tan espantosa como “Spanish Lesson” de Madonna.

CUATRO

Y el tema está lejos de ser nuevo. Ahí están los matusalénicos patriarcas del Antiguo Testamento, los héroes germánicos bañándose en la blindante sangre del dragón y las sombras victorianas de Drácula, Ayesha, Peter Pan y Dorian Gray más o menos enorgulleciéndose de la perfección de su cutis. Pero hay algo perturbador en este cada vez más constante e indiscriminado bombardeo de noticias en los que la vejez es presentada como enfermedad curable y la obligación de alegrarnos porque las páginas de la revista Nature predican la buena nueva de que “en levaduras, en la mosca de la fruta y en el gusano Caenorhabditis elegans un compuesto llamado resveratrol presente en la piel de las uvas, en el vino tinto y en las nueces afecta la actividad de un gen implicado en la longevidad”. Yupi.

Leo y escribo todo esto en un continente envejecido en el que cada vez nace menos gente. Y transcribo data contenida en un artículo de Mónica Salomone en El País de este jueves: “La esperanza de vida en el mundo desarrollado ha aumentado unos siete años en las últimas tres décadas y el último informe de Eurostat, publicado hace unos días, dice que los mayores de 65 años constituyen ahora el 17,1 por ciento de los europeos, y serán el 30 por ciento en 2060. También serán más los octogenarios: del 4,4 por ciento actual al 12,1 por ciento. Los demógrafos son los primeros sorprendidos. “La mortalidad de los mayores no se estanca, sino que baja. Esto era totalmente inesperado”, dice Julio Pérez Díaz, del Centro de Ciencias Humanas y Sociales del Consejo Superior de Investigaciones Científicas.

Lo inquietante de todo esto es que –al menos durante varias generaciones– aquellos que tengan acceso a selectivos y carísimos métodos y sistemas de fabricación de ultrajóvenes o power-viejos serán, inevitablemente, privilegiados de clases privilegiadas. Lo que convertirá a los ancianos en pobres involucionados a segregar y perseguir. La Guerra del Cerdo y todo eso y tal vez habría que ponerse a reflexionar sobre el viejísimo tema de la calidad versus la cantidad y a qué dedicar todo ese tiempo que se ganaría siempre y cuando fuera un tiempo soleado y sin nubes ni enfermedades. De lo contrario, no seremos más que eternautas de nuestro descontento en cámara lenta. Vivir de sobra para hacer menos o deshacer y deshacernos de más.

El otro día me enteré de que, parece, el Homo-Sapiens, contrario a lo que se venía asegurando, se impuso sobre el Neanderthal no por haber sido más inteligente, sino más fuerte. De ser así, estamos en problemas: alcanza con ver y padecer lo que le vienen haciendo al cuerpo del planeta nuestros nuevos y revolucionarios avances científicos.

Tal vez, ya que estamos, tendríamos que empezar a preocuparnos para buscar y encontrar fórmulas no para ser más duraderos, sino para ser un poco más inteligentes.

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