CONTRATAPA

El visón de Rosita

Por Dalmiro Manuel Bustos *

Rosita era la mucama de la familia de un amigo de mi infancia. De esos que siempre tenían el deseado e inconquistable mecano o los tronquitos de Bariloche de madera. Corría el año 1940 y yo tenía seis años. Los padres de mi amigo viajaban a Europa (por tres meses, como correspondía) y tenían acceso a un mundo que yo miraba con la ñata –por entonces lo era– contra el vidrio. Eran buena gente, afectuosos y siempre había un rico chocolate caliente para los hijos y sus amigos. Rosita lo preparaba con su sempiterna sonrisa. El contacto con ellos la llevó a mejorar en la vida; recuerdo que comentó que se había comprado una heladera, lo cual para entonces era un lujo. A veces llevaba a su hijito, algunos años menor que yo, que se quedaba quietito mirándonos jugar. Cuando lo invitábamos a jugar con nosotros, salía corriendo y se escondía. Seguramente lo que para mí era un vidrio, para él era un muro intransponible.
Recuerdo que un día entró la peletera, con dos tapados, uno de visón y otro, si la memoria no me falla, de astracán. Por ese entonces no se hablaba de ecología, que sonaba más a estudios sobre los ecos que a la armonía de la naturaleza. Rosita miraba el tapado de visón como yo miraba el mecano. Maravilloso, pero lejano, imposible. Al verla, la madre de mi amigo la llamó y durante la conversación, la sonrisa de Rosita se hacía cada vez más amplia. Tímidamente se probó un tapado de piel. En incómodas y eternas cuotas, Rosita se compró el ansiado tapado. Descontado seguramente de su escaso salario. Maravilloso.
Pasaron muchos años. Desde hace treinta años reparto mi trabajo entre Brasil y la Argentina. Un buen día, mi secretario en San Pablo me dice que hay un pedido de consulta de alguien que se anuncia como el “hijo de Rosita”. Francamente no lo recuerdo, pero marco la consulta. Aparece un hombre de unos sesenta años, hablando fluidamente portugués.
Me cuenta que su madre ha muerto diez años antes. Durante años guardó el famoso tapado en un ropero, sacándolo sólo para ponerle naftalina y limpiarlo. ¿Dónde lo iba a usar? Era un tesoro. Durante la dictadura militar, su hija mayor, Clara, integraba un grupo de activos Montoneros y apareció acribillada a balazos, tirada en un terreno baldío. Ramón formaba parte de un grupo de apoyo. De los que repartían panfletos, ayudaban a escapar a alguien o lo ocultaba en su casa hasta que pasara el peligro. Era un joven militante soñador que esgrimía como emblema la palabra más atroz para la dictadura: libertad. Pero ante el asesinato de su hermana, su vida estaba en peligro. Y tuvo que partir al exilio. Rosita vendió el tapado y con el producto de la venta compró la salida del país para su hijo, la esposa y el hijo de dos años. Es decir que el visón sirvió para algo esencial. Incluso sirvió para comenzar estudios de computación en una época en la que comenzaba a aparecer como ciencia. Hoy, Ramón es un hombre que consiguió abrirse camino entre los sufrimientos y persecuciones, hizo estudiar a sus hijos y vivió cargando con la felicidad de haber sobrevivido, junto a la nostalgia del exilio. Su hijo está teniendo problemas graves de comportamiento y casualmente vio mi nombre en un artículo que escribí para una revista paulista. Rápidamente recordó al flaquito rubio que alguna vez fui, que trataba a su mamá cariñosamente.
En el vuelo de vuelta a casa, no podía dejar de pensar en Rosita y su tapado, con la intensidad con que a veces reencuentro los recuerdos de la infancia. Una vez había hecho alusión al episodio de la compra del tapado, como un ejemplo de lo absurdo de una clase que creaba necesidades en gente cuya realidad pasaba tan lejos de los visones y astracanes. Cuántos visones nos venden, tal vez con la mejor intención, tal vez no. Y por adquirirlos, hipotecamos hasta el alma, en pos de ilusiones primermundistas. Ramón me vino, sin saberlo, a ofrecer otra alternativa: vender el visón que ya compramos para salvar la vida y volver a los valores esenciales. Y, tras el rostro envejecido de Ramón, pasaban las imágenes de tantos Ramones y tantas Rositas, argentinas, chilenas, uruguayas o brasileñas. Sueños acribillados a balazos, ilusiones creadaspara hipotecarnos. Y, frente al caos, la valerosa Rosita dando al visón su destino final.

* Médico psicoterapeuta.

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