CONTRATAPA

Dentro de serie

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona y hacia Baltimore

UNO Escribo todo esto en el aire. Escribo esto con el cuerpo en la tierra de Barcelona, pero (si la Gran Nube lo permite) con la cabeza ya en Baltimore, horas antes de subirme a un avión rumbo exactamente hacia allí. Y me pregunto cuál ha sido hasta la fecha mi percepción de esa ciudad en la que nunca estuve y pronto estaré. Y me respondo sin dudarlo, bien preparado para el autoexamen de geografía existencial. Primero, Baltimore como los callejones alucinados por los que deambula Edgar Allan Poe. Luego, el Baltimore accidental y casi frankcapriano de la novelas tristemente felices o felizmente tristes de Anne Tyler. Más tarde, esas postales color sepia melancolía de los mejores films de Barry Levinson o los alaridos flúo-freak en las películas de John Waters. Y de un tiempo a esta parte y para siempre, Baltimore como esa ciudad fuera de serie que ahora es una ciudad dentro de serie.

Baltimore como el sitio donde transcurre una serie de televisión llamada The Wire.

DOS Nunca estuve allí, pero conozco a Baltimore por The Wire. La conozco, pienso, como la palma de mi mano; seguro, también, de que no han sido demasiadas veces las ocasiones en que me detuve a mirar fijo la palma de mi mano. Lo que significa que, a través de The Wire, conozca a Baltimore más que a la palma de mi mano. Y basta de estas tonterías que no lo son tanto porque, en realidad, en la parrafada anterior lo que yo intento –seguramente sin conseguirlo del todo– es enseñarles a leer algo del mismo modo en que The Wire nos ha enseñado a más ver que mirar algo. Y, sí, las cinco temporadas de The Wire –creación del periodista David Simon y del ex policía Ed Burns– son probablemente lo más trascendental que le ha ocurrido a la caja inteligente desde The Twilight Zone. Porque, de acuerdo, ha habido muchas series muy buenas e incluso excelentes. Pero el riesgo y la victoria de The Wire –definida por Richard Price, uno de sus guionistas de prestigio, como “esa novela rusa que pasan en la HBO”– pasan por haber modificado para siempre nuestra percepción del tiempo catódico. En The Wire –suceso de crítica y fracaso de audiencia que comienza a ser éxito a partir de su edición en DVD– la velocidad es otra, todo fluye de manera diferente. Hay episodios en los que no sucede nada o en los que la cámara se detiene, inmóvil, frente a una conversación que dura quince minutos. De ahí, la casi obligación de verla recién con las cinco cajitas a mano. Como una obra completa. Como, sí, una de esas largas novelas rusas cuya longitud se administra a voluntad. Bienvenidos, entonces, no sólo a Baltimore sino, también, al Baltimore Time que no es la “Hora de Baltimore”, sino el “Tiempo de Baltimore”: la particular manera en que el tiempo transcurre y ha transcurrido a lo largo y ancho de cinco temporadas y sesenta episodios de The Wire. Una tiempo distinto, diferente, la versión proustiana del timing que suele exigírsele a toda serie policial y que The Wire nos regaló –esos son los mejores regalos– sin que se lo hubiésemos pedido y mucho menos lo esperásemos. Un tiempo único y raro. Un tiempo drogado de droga. Un tiempo que recuerda a los limbos ambarinos de un hotel en Marienbad o de la isla de Morel. Un tiempo que primero nos desconcierta, pero enseguida –bastan dos dosis, apenas dos episodios– para descubrirnos como yonquis imposibles de ser rehabilitados porque no queremos rehabilitarnos. Queremos más y mejor. Y The Wire siempre cumple y llega con mercadería pura y sin cortar y de la buena.

TRES El tiempo en el Baltimore de The Wire tiene algo parecido a aquel Día de la Marmota en el que se despertaba, una y otra vez, Bill Murray en aquella comedia que los estudiosos del budismo consideran como la mejor representación hecha por occidentales de los giros de las ruedas del karma. Lo mismo, a su manera, sucede temporada tras temporada en The Wire. Un cíclico volver a comenzar: Baltimore permanece, los personajes permanecen y apenas cambia el escenario principal donde todos se mueven y conversan y escuchan y llenan formularios y de tanto en tanto disparan sus revólveres tan lentamente. A saber: la primera temporada centra sus acciones en el ambiente de la droga, la segunda en el puerto y los muelles en decadencia, la tercera en los pasillos gubernamentales y alrededores, la cuarta en una escuela de los barrios bajos, y la quinta en un periódico.

CUATRO Efectos secundarios pero permanentes de haber visto The Wire: imposible recordar los nombres de más de cuatro o cinco personajes (entro en la Wikipedia y, en la entrada dedicada a la serie, cuento 202 apellidos protagónicos y secundarios de gente que aparece y desaparece en las cinco temporadas). No recuerdo, tampoco, ningún episodio en particular. Jamás olvidaré, sí, determinados momentos capturados entre ese funeral del primer episodio y ese otro funeral del último episodio, música de The Pogues. Esas casas tapiadas y rellenas de cadáveres. Esas borracheras de McNulty. Esos muebles en miniatura. Ese carrito de supermercado de Bubbles. Los problemas de pareja de Kima. La ambigüedad moral de Tony Carcetti...

El año pasado, en una conferencia en Granada, el escritor Ricardo Piglia proponía la teoría de que toda forma inicialmente bastarda del arte era redimida y ascendida a noble recién con la aparición de una nueva forma bastarda. Así, la novela popular recién asumía gestos de vanguardia con la llegada del cine popular que recién era coronado como séptimo arte con la llegada de la retardada televisión que, ahora, eleva vertiginosamente su coeficiente intelectual cortesía de ese infinito caos que es la Red y sus derivados. De ser esto cierto, The Wire es lo más alto a lo que se ha llegado y, más que probablemente, lo más alto a lo que se llegará.

Próximamente: serie en internet sobre adictos a internet.

CINCO Digámoslo así: Los Soprano es realista, pero The Wire es real. Los Soprano es Elvis, pero The Wire es The Beatles. Lost –lo siento– es de tanto en tanto The Beach Boys, pero por lo general no pasa de The Monkees. Twin Peaks, por supuesto, es Bob Dylan.

SEIS Entonces me invitan a un college, a pasar una semana allí, a Maryland. Pregunto qué ciudad queda cerca. Baltimore, me responden. Y –nadie dice nada de Poe & Co.– agregan, por las dudas: “Es la ciudad donde transcurre The Wire”.

Acepto sin pensarlo dos veces ni cambiar de canal.

Reabrieron los aeropuertos españoles. Allá voy, por primera vez, otra vez, rumbo a esa volcánica ciudad.

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