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Carta al ingeniero Favalli

Fac. Ing. UBA. Buenos Aires

Para Mario Morán

Estimado Favalli, disculpe
que me dirija a usted
en estos términos formales
pero durante los años que
lo frecuenté cada miércoles
–aunque usted no me conoce–
nunca supe más que su apellido.
Y éramos muchos los pibes que
seguíamos sus idas y venidas
junto a Juan, Franco, Mosca y
el resto, bajo la muda nevada en
blanco y negro, dibujada por Solano
en el Hora Cero Semanal.

Desde entonces, nadie puede
sentarse a jugar un truco de cuatro
a la noche en la Argentina sin
mirar de reojo a la ventana,
a la espera de que pase o que no
vuelva a pasar lo que pasó.
Nadie puede cruzar la General Paz
viniendo por Maipú sin esperar
que asomen las antenitas de
los cascarudos en el terraplén,
tiemble el suelo de Plaza Italia
con la llegada de los gurbos,
nos espere el mano tenebroso
en la glorieta iluminada de Barrancas.

Para nosotros, profesor, usted era
simplemente Favalli, ese gordo
serio y un poco cabrón con pulóver
de cuello alto y anteojos gruesos que
siempre sabía –y en eso resultaba
un poco hinchapelotas– lo que
pasaba, por qué pasaba y lo que
había que hacer en cada caso.
Y si no tenía razón, al menos
tenía una teoría razonable, una
versión de la vida que no incluía
los consejos del miedo ni el
cálculo mezquino. Claro que,
a veces, con eso no alcanzaba.

Me acuerdo, justamente,
cuando estaban refugiados en
la casa, amargados de pelear
a los tiros con vecinos envidiosos,
y su diagnóstico fue que se venía
la ley de la selva –el todos
contra todos– y que sólo cabía
tomárselas a un valle aislado en
Mendoza o la loma del carajo
para empezar de nuevo, desde cero.
Era el fin de la Historia, si se quiere.

Y fue entonces, ingeniero,
que les golpearon a la puerta del
chalet y esa vez no fue para
matarlos ni quitarles lo poco o mucho
–los bienes y saberes– que tenían
sino para contarles, simplemente,
que la Historia –como siempre– continúa,
que había una invasión, no una desgracia,
y que había que luchar, sin ir más lejos.

Y ahí le digo, profesor, que usted supo
adaptarse a la nueva situación
–al nuevo escenario dirían hoy–
e incluso a la nueva ideología.
Que al salir a la calle aprendió de
los que hacían y se sumó a una pelea
que no tenía prevista en los papeles.
Quiero decir –y perdóneme, Favalli–
que fue más allá de sus libros y su clase,
y se puso del lado que debía.

Tal vez por eso, ingeniero,
el costo pagado fue tan alto.
La última vez que lo vimos –no incluyo
aquella aparición en la vereda
del final circular que inventó
Oesterheld– la imagen fue atroz.
Marchaba junto a Franco, un
arma en la mano y el control
en la nuca: hombre robot con
la mirada y el alma perdidas en un
descampado del Gran Buenos Aires
que si no era José León Suárez
tenía una tristeza parecida.

Así, viejo Favalli, si le escribo
ahora, precisamente en estos días
de saludable pelea, es para decir que
lo extrañamos. Todos, hasta los pibes
que lo conocieron hace poco,
ladero gordo, sabihondo amargo,
junto al famoso Eternauta, extrañamos
su gesto, su convicción a la hora
de elegir de qué lado ponerse,
para qué usar lo que se sabe
cuando uno sale o lo arrastran
a la calle, a la Historia, a la
arena política, que le dicen.
Parece que ya no vienen así,
los ingenieros.

En fin, gordo querido –y disculpe
esta confianza tal vez desubicada–
espero que esté bien y acompañado
de los suyos que son nuestros:
los compañeros del truco y de
la lucha, los vivos y los muertos
de papel y carne y hueso.
Acá, como sabrá, la lucha continúa.

Un abrazo
Sasturain, su amigo viejo.

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