CONTRATAPA

Perverso

 Por J. M. Pasquini Durán

Carlos Menem es un depredador institucional. Durante la década de su gestión se ganó el mote de “unicato” o “menemato” debido al verticalismo desenfrenado que hizo de la Corte Suprema y de la mayoría en el Congreso simples máquinas de votar al compás de su voluntad. Ayer dejó en claro que tampoco respeta la institución básica del sistema democrático, que es el voto popular, ni tampoco las reglas constitucionales, aun las que surgieron de la reforma de 1994, bajo su gobierno, que auspició y usó en provecho propio ya que le habilitó la reelección.
Durante toda la jornada de la víspera mantuvo al país en vilo, porque su comando de campaña se convirtió en una colmena de rumores que anunciaban y negaban al mismo tiempo la posibilidad de renunciar a la segunda vuelta electoral del próximo domingo. Hasta antenoche, en público y en privado, había negado esa posibilidad como la fantasía de un borracho y ayer dejó que pasara el día sin abrir la boca, aportando de ese modo a la confusión generalizada. Por lo visto, sigue aferrado a la cínica norma de su vida política, de la que ya se ufanó en otro momento, según la cual con la verdad no se recaudan votos. En esa evocación, hubo quienes pensaron si no se trataría de un globo de ensayo para medir la reacción pública presentándose como víctima de una conjura. Si fuera este el caso, el globo se pinchó fácil, porque el ciudadano quiere participar de las decisiones y rechaza estas manipulaciones cupulares.
Aunque ocupó el primer lugar en el escrutinio del 27 de abril, las encuestas para el domingo le auguraban una contundente derrota, la primera en sus últimos treinta años de competencia. Para su pesar, lo mismo que pasó con su ambición de un tercer mandato en 1999, fue Eduardo Duhalde uno de los factores decisivos en la promoción de su rival actual, el santacruceño Néstor Kirchner. De confirmarse la pregonada deserción, prefiere rendirse ante Duhalde antes que darle la oportunidad a Kirchner de recibir el explícito respaldo mayoritario de los votantes. Reducir, en verdad, el estado de ánimo de la ciudadanía a los vaivenes de las rencillas entre dos caudillos del peronismo es más que una simplificación vulgar de la realidad.
Lo que ahora se identifica como “antimenemismo” es, en realidad, el repudio popular a las políticas que Menem aplicó desde el gobierno, inspiradas en las ideas del neoliberalismo conservador. En esas políticas anidaron el mayor número de factores que incidieron para provocar la exclusión masiva y la pobreza que hoy afecta a más de la mitad de la población. El ex presidente no fue el único responsable, pero su adhesión dogmática durante diez años y luego desde la oposición, lo convirtieron en el emblema de ese proceso de destrucción del bien común. De manera que al César lo que es del César: Menem no cae derrotado por Duhalde sino por loque hizo, por su propia obra. Debido a ese mismo valor emblemático, hay núcleos de intereses a los que no les interesa asistir a un pronunciamiento masivo de rechazo, porque conservan la esperanza de envolver al futuro gobierno, igual que lo hicieron con el de la Alianza, con la presión combinada del establishment local y extranjero. Es más permeable un gobierno que asume con el 22 por ciento de los votos que con el 60 o 70 por ciento.
También se puede formular la hipótesis al revés: de nada vale contar con las dos terceras partes del electorado si no existe la voluntad política de servir al interés general. De la Rúa, antes Alfonsín, no cayeron porque les faltaran votos al momento de asumir sino porque defraudaron las expectativas de sus votantes. Chacho Alvarez no renunció por su impopularidad sino por sus propios errores. De todos ellos, Menem fue crítico feroz, en particular por las circunstancias en las que abandonaron sus responsabilidades. Hasta anoche, sin embargo, parecía tentado de continuar la serie de fugados famosos. Una maniobra semejante, desde ya, lesiona el prestigio institucional ante propios y extraños, además de ser ajena a cualquier pretensión de servir a causas vinculadas con la unidad nacional. La renuncia sólo podría entenderse, además de la cobardía y el deshonor del que huye, como el juego perverso de quien sólo pretende achicar las chances de elegir un futuro diferente.

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