CONTRATAPA

Spaghetti Berlusconi

 Por Osvaldo Bayer

Desde Bonn

“Il Cavaliere” se comportó como un mangiaoreja de quilombo o como un alcahuete gratuito de comisaría. No se puede calificar a un diputado alemán de la socialdemocracia alemana, por más que sea alemán, de nazi. Más todavía, llamarlo “kapo de un campo de concentración”. Es como si a todos los argentinos se les podría llamar “desaparecedores” después de haber visto por televisión las escenas de la gloriosa acción de la Justicia mexicana y española que llevaron a la prisión a un cruel asesino de picana y vuelo sin regreso de la marina de guerra argentina.
“Il Cavaliere” Berlusconi, primer ministro italiano, se atrevió a decir eso a un correcto diputado alemán. Lo quiso hacer callar recordándole el triste acontecimiento de los campos de concentración en Alemania. Pero ahí reaccionó con toda la fuerza el gobierno alemán diciéndole a Berlusconi que no puede hablar así. Acusar a una nueva generación de lo que hizo o permitió hacer a los nazis la generación de sus abuelos. Un contraataque barato ya que el diputado alemán le recordó sus negociados y la duda que le cabía que el primer ministro italiano pueda dirigir los destinos europeos. En vez de contestarle de acuerdo con los procedimientos judiciales que enfrenta, el multimillonario Berlusconi, acostumbrado siempre a mandar y nunca a obedecer, le gritó al diputado europeo alemán Martin Schulz, textualmente: “En Italia se está filmando un film sobre campos de concentración. Lo invito a ocupar el rol de kapo en el mismo”. “Kapos” fueron los presos a quienes los nazis nombraban cuidadores de los demás presos y con eso se volvían más crueles porque trataban de hacer creer que ellos eran pro-nazis y así salvarse de la muerte. Eran los que pegaban, torturaban y destrozaban moralmente a los presos.
El primer ministro italiano buscó con ello hacer callar al diputado alemán. Pero éste le recitó los trece juicios que enfrenta el político italiano en su propio país, que son: juramento en falso, financiación falsa de su propio partido, soborno de funcionarios de finanzas, falsificación de balances, defraudación en el pago de impuestos, abuso del cargo, soborno, delito en impuestos y en competencia, falsificación de balances, corrupción y soborno de jueces, nueva falsificación de balance y defraudación en el pago de impuestos. Es decir, desde 1990, trece procedimientos judiciales. Pero Berlusconi tiene algo de riojano: se hizo aprobar una ley por la cual, mientras esté en el gobierno, no puede ser llamado a los tribunales. La ley es llamada “Salvad a Berlusconi” por el irónico pueblo italiano.
Durante los seis meses en los que será presidente del Consejo Europeo, el primer ministro italiano va a coordinar internamente a Europa y representarla en las relaciones exteriores. “¿Nos va dejar a pie, va dejar un centavo en la caja?”, se preguntan los representantes de los otros países, muy desconfiados.
Por eso, ante la primera crítica de los alemanes, Berlusconi, rápido, les enrostró los campos de concentración de hace seis décadas. Los diarios alemanes, todos, pusieron en el título de tapa el rostro del italiano con títulos irónicos. El más amargo fue el Bild, que le espetó: “La spaghettización del mundo, es decir, el gran mérito de los italianos, no lo consiguió usted, señor Berlusconi. Ni siquiera Julio César tuvo tanto poder sobre la humanidad como los spaghetti all’arrabiata, el aglio olio o la pizza quattro stagioni y el aqua minerale Pellegrino”.
“Claro –continúa el periodista del Bild–, usted, señor Berlusconi, es el hombre más rico y más influyente de los italianos hoy en día. Pero, después del insulto a Alemania no habrá ningún ‘Spaghetti Berlusconi’ en ninguna carta de ningún restaurante teutón. Los spaghetti Berlusconi jamás conquistarán el mundo. Los spaghetti Berlusconi no nos gustan en lo más mínimo.” El gobierno alemán lo llamó al embajador italiano y le hizo escuchar su indignación por las palabras del primer ministro sobre los campos de concentración. Esa indignación se transmitió por todos los canales. Y Berlusconi se vio venir una avalancha interminable de cuestiones que le iban a restar autoridad –aún más que las acusaciones judiciales– y a la noche dio el clásico paso atrás de los negociadores y pidió disculpas. Renunciar, por supuesto, nunca.
En este episodio europeo se puede constatar cuán poca ética acompaña a la democracia. En cualquier cuerpo honorable no se puede seguir manteniendo a un personaje que tiene en su haber actualmente trece juicios por deshonesto. Nosotros, los argentinos, pudimos ver todo el circo de la Corte Suprema y de los juicios nunca terminados ni definidos de los jerarcas del poder. Porque sí hubo algo así como una cita en Don Torcuato, que valía como cárcel y sirvió de luna de miel. Para no hablar de los incontables juicios, entre ellos por la venta de armas.
La democracia aprovechada como método para enriquecerse y para ello se pone a un riojano nazareno en la Corte Suprema. Y ya está.
No puede existir democracia sin la observancia absoluta de los principios de la ética. Y lo que mata también a la democracia es la falta de ética en la economía. Lo ha dicho el teólogo Hans Küng. No puede haber democracia en la política si no existe ética en la economía. No puede ser que los gobiernos sean formados por políticos que han recibido apoyo económico para sus campañas, ni que estén en los gobiernos representantes de las firmas más poderosas del mercado. Primer ministro de una democracia no puede ser un multimillonario, quien además de presidir las más importantes firmas de la industria y comercio posea más de la mitad de los medios. Esto da como resultado una burla a la civilización. Especies de ese calibre los hemos soportado en la Argentina, principalmente en los que dictaron la economía de los noventa y arruinaron el país.
A la ética económica hay que enseñarla desde que se nace. Cada universidad del mundo tendría que tener una cátedra de Etica Económica. Y no tomar a la economía como algo producto de los cambios y de las presiones de una globalización más que absurda. Honestidad es la propiedad que primero hay que probar en todo político, además de la circunstancia sin discusión que es la limitación de los mandatos. Si no lo hacemos, si el mundo no se propone un cambio esencialmente ético se va a llegar también al imperialismo económico de las ciencias, cosa que ya está bastante adelantada.
Si vamos a los símbolos mostremos Francfort del Meno, la capital de las finanzas de Alemania. Las catedrales del dinero –los edificios que guardan a los bancos y a los grandes consorcios financieros– están cada vez más altas. Ya han superado en altura diez o más veces a las catedrales cristianas. Y ahora viene la noticia más importante que ha producido la globalización en esa ciudad: las iglesias se venden, ya sea para utilizarlas para otra cosa o simplemente para voltearlas con las máquinas de demolición. Se piensa venderlas para discos o para centros turísticos o para venta de antigüedades. Hace 10 años, Francfort tenía 400.000 creyentes evangélicos; hoy se han reducido a 160.000. Por su parte, el Obispado de Berlín está dispuesto a vender 97 iglesias. Un banco se ha mostrado ya muy interesado en comprar las que están en distintos barrios, para sus sucursales. Pareciera que uno estuviera leyendo el libro de la imaginación del diablo, pero no, son noticias objetivas que aparecen en medio de la sociedad de la globalización. Iglesias en bancos. Buen negocio. Podríamos pensarlo los argentinos. Tal vez tendríamos que preguntarle a López Murphy o a la señora Bullrich. Pero claro, mirando desde otro lado, no estaría mal que esas iglesias se convirtieran en centros culturales, en escuelas, o ¿por qué no en universidades del pueblo donde se enseñara como principal materia la Etica Económica?

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