CONTRATAPA › ARTE DE ULTIMAR

Desenfundar la Remington

 Por Juan Sasturain

Acabo de ver, después de mucho tiempo, Julia, la película de Fred Zinnemann de 1977, basada en un seudobiográfico relato de Lillian Hellman que forma parte de su excelente Pentimento. Al verla una vez más –progre, estetizante, tan efectiva entonces como envejecida ahora– no pude dejar de pensar en qué medida tanto los espectadores del setenta como los actuales pueden identificar a la mismísima Lillian y a Dashiell Hammett con la imagen de los intérpretes que los caracterizaron. Las películas, como la historia, suelen hacerlas los sobrevivientes: Hellman, en este caso. Y es obvio que ella –de lejos– no era tan linda como Jane Fonda, pero él seguro que tenía más pinta que Jason Robards.

Lillian y Dash nunca firmaron papeles que los certificaran pareja. Pero lo fueron larga y accidentadamente durante décadas. Con el tiempo, como sucede a veces con hechos históricos entreverados de mitología, hubo que acordar una fecha convencional para celebrar el día en que comenzó todo. Para ellos fue el amor o lo que fuera que los atravesó de madrugada y con todo el alcohol en favor o en contra: 25 de noviembre de 1930, acordaron después, porque les convenía.

Fue en Nueva York, en una de esas fiestas rutinarias y excesivas a las que la Depresión no solía ser invitada todavía. Esa noche se encontraron el famoso escritor Dashiell Hammett –de 36 años, flaco, alto, elegante y ganador con las mujeres, con un pasado de detective en la Agencia Pinkerton en San Francisco, un vistoso Halcón maltés recién editado posado en el hombro y un vaso eterno en la mano– y la todavía no escritora Lillian Hellman, una aceleradísima petisa pelirroja de 24, no demasiado bonita pero culta, liberal, incisiva e inteligente, y con un vaso similar. Ambos estaban casados, pero en otra parte y con otra gente que no contaba ni estaba ahí.

La leyenda sabiamente cultivada por ella en volúmenes de creativas memorias que escribiría medio siglo después –Una mujer inacabada, Pentimento, Tiempo de canallas– asegura que esa noche hablaron largo de T. S. Eliot y que después se fueron del ruido para seguir charlando durante horas afuera, en el coche. De algún modo nunca pararon de hacerlo: con amor y sordidez, con interrupciones, convivencias, peleas, cortocircuitos y epifanías siguieron así, yendo y viniendo durante treinta años. Hasta que Hammett murió, en los primeros días de 1961.

Al principio de los años treinta, Samuel Dashiell Hammett ya era el escritor que, desde las baratas revistas de misterio –los llamados pulps y, sobre todo, la legendaria Black Mask–, revolucionó el estilo y el universo de la narrativa policial con un puñado de cuentos perfectos, dos detectives inolvidables –el anónimo gordo de la agencia Continental y el Sam Spade al que puso cara Humphrey Bogart en los cuarenta– y cuatro novelas llenas de cadáveres, inteligencia, ambigüedad y algo de la mejor literatura del siglo. Cosecha roja, La maldición de los Dain, El halcón maltés y La llave de cristal, violentas, sucesivas y contundentes como una ráfaga de ametralladora Thompson de la época, aparecieron entre 1927 y 1931 y le dieron fama, prestigio y dinero, que reventaría veloz y literalmente en excesos de amistad, alcohol casi puro y mujeres mucho menos.

Pero, entre los fogonazos y las luces de un próximo Hollywood, Hammett no podía saber que había tocado techo o fondo: estaba literariamente acabado. Terminó a duras penas –en larguísimas jornadas de escritura contra reloj y a marcha forzada– El hombre flaco, dedicado “A Lillian”, lo publicó en 1934 –hace exactamente ochenta años– y a partir de entonces, durante las siguientes casi tres décadas, salvo guiones y algunos cuentos cortos, no pudo escribir nunca más. De eso precisamente trata este divague bastante digresivo, y no es la primera vez ni será la última que me ocupe casi sin darme cuenta del caso Hammett, del silencio absoluto, la sequía que siguió a la publicación de aquella novela que tanta fama, dinero y popularidad indirecta e inesperada le dio.

Efectivamente: The Thin Man no se parece a nada de lo anterior de Dash. Y sin embargo, perversamente acaso, funcionó. Ese Nick Charles, detective privado y retirado que transita cómodo y relajado en una Nueva York de Vanity Fair, y que resuelve en sus ratos libres y a desgano un caso que le cae sin buscarlo, nada tiene que ver con el Gordo de la Continental que se ganaba el sueldo a los balazos y revolcones, ni con el oscuro Ned Beaumont que se jugaba el pellejo y la equívoca honra por su jefe político, ni menos con el ambiguo, durísimo Spade. Entre siempre renovados vasos de whisky, parties, compromisos sociales e interminables llamados telefónicos, Nick resuelve el caso del evanescente “hombre flaco” –que no es él, por supuesto ni menos el espigado Hammett– sin despeinarse. Casi una metáfora de la equívoca facilidad con que todo –incluso la dura escritura– se entregaba al parecer a la voluntad y el deseo del más duro Dash.

El destino y los misterios del negocio quisieron que de esta novela se hiciera una primera y exitosa versión cinematográfica con la pareja Dick Powell (el de los bigotitos dibujados) y Myrna Loy en tono de adecuada comedia policial, y que a partir de ahí se gestara una saga de más de media docena de films que se estiró hasta la mitad de los cuarenta. Sin contar las versiones radiales y demás. Es decir: mientras Hammett languidecía entre la esterilidad y el alcohol, el hombre flaco –que había cobrado un equívoco protagónico por sustitución, como el invasivo Frankenstein– hacía su camino independiente, le dejaba ciertas regalías, le hablaba de lo que ya no existía para él.

El dato es que mientras Hammett dejó de (poder) escribir en el ’34, ella, la semianónima joven pelirroja –como en una carrera de postas– se convirtió en Lillian Hellman para la historia del teatro norteamericano. A instancias de Hammett, que le tiró la idea, estrenó con éxito su primera obra –La hora de los niños– y ya no se detuvo: Los zorritos, Otra parte del bosque, Alerta en el Rin, Los días por venir, El jardín de otoño... Una serie de piezas –curiosamente no estrenadas en estas latitudes– y otros tantos guiones cinematográficos que la convirtieron en una celebridad contestataria.

Pero no vale la pena reiterar una vez más ese otro aspecto no menor de la pareja. Paseantes free lance por la izquierda intelectual de los años treinta –antifascismo, solidaridad republicana en la Guerra Civil Española, coqueteos de ida y vuelta con la URSS y el PC, militancia sindical en Hollywood–, Hammett y Hellman fueron por esos años consecuentemente desprejuiciados, ricos, famosos y transgresores. Lo que era arrebato en ella resultaba en Hammett –un escéptico marxista sin partido– la consecuencia del cultivo de una indefinible dignidad. Todo aquello fue bueno y excitante mientras duró. Pero lo pagarían, se lo harían pagar –sobre todo a Hammett– caro y con intereses. Es un episodio tan revelador como conocido su actitud ante MacCarthy y sus esbirros que lo llevó noble, doblemente callado entre tantos alcahuetes, a la cárcel.

Hammett fue a prisión seis meses y no se le escuchó una queja: siempre se hizo cargo de sus actos, ideas y convicciones. Ella también debió comparecer ante el tribunal en 1952, vendió propiedades para asumir deudas salvajes y los siguientes años fueron duros. Quebrado en salud, Hammett se quedó sin recursos cuando el fisco le embargó todos sus derechos de autor por impuestos impagos mientras la censura política sacaba sus libros de circulación: terminó viviendo de prestado en la propiedad de unos amigos en Katonah, cerca de Nueva York.

Y ahí, por lo que se sabe, por lo que Hellman (amorosa y manipuladora albacea) nos ha legado, por las sesenta páginas mecanografiadas que quedaron, hay pruebas de que Dash lo intentó acaso por última vez. Comenzó a escribir algo, una novela, después de casi veinte años: necesitaba la guita, además. Y arrancó, y por lo que sabemos –edición póstuma, en los sesenta, de la misma Lillian– eso que iniciaba, tan distinto a lo anterior, se iba a llamar Tulip. Tal es el nombre de uno de los personajes, más precisamente el de un viejo conocido que lo viene a visitar a su retiro –el relato está escrito en primera persona por alguien que podemos suponer es el mismo Hammett en su maduro retiro– y le propone, ante la evidente aridez creativa del narrador, que escriba sobre él, sobre su vida, que sin duda (está absolutamente convencido) es mucho más interesante que cualquier otra cosa que Hammett pueda imaginar por sí mismo.

El fragmento que ha quedado de ese proyecto que en algún momento –hacia 1953– se interrumpió para siempre, tiene el encanto, como tantos romances castellanos tradicionales, de lo inacabado. Como Kafka, o mejor como Scott Fitzgerald, Hammett no pudo cerrar lo último que quiso abrir. La vieja facilidad, la poderosa energía ya no estaban donde solían. A diferencia de Chandler, que nos dejó un Marlowe casado y poco convincente que él mismo no pudo bancar, el Tulip de Dash tiene toda la pinta de un gesto que se quiere novedoso y reflexivo: convertir su problema en tema o punto de partida. Aquel hueco dejado por la sombra finita de El hombre flaco en el ’34 no se podía rellenar con cualquier cosa. Pero lo intentó, claro que lo intentó.

Acabo de ver Julia, digo. Y me imagino que después de uno de esos alevosos atardeceres en la playa y junto a la hoguera, el malherido Dash –no Jason Robards, por supuesto– volvía a la casilla prestada, esquivaba el guiño de la tramposa botella, desenfundaba la Remington de teclitas redondas y lo intentaba –esa noche, como tantas– una vez más.

Un hombre se mide también por el tamaño de sus derrotas, por la altura de la que cae, por su manera de dar la cara hasta el final.

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