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Elogio irrestricto de Javier Mascherano

 Por Juan Sasturain

Pocas veces nos ha tocado asistir, en nuestra experiencia de espectadores, a una demostración tan plena y conmovedora de entereza física y espiritual, solidaridad, entrega personal y aptitud y actitud futboleras como la que nos regaló Javier Mascherano durante los partidos definitorios de este Mundial. Ha sido una actuación ejemplar.

Sobre todo porque esa muestra de su jerarquía como jugador y –animémonos– de su calidad como persona, se manifestaron en el lugar y en las circunstancias precisas que lo requerían, y del modo, de la manera, que fueran más eficaces para el conjunto. Mascherano estuvo dónde y cuándo debía estar a la altura de lo que se esperaba e incluso más, pero sobre todo estuvo buscando y encontrando lo que él mismo necesitaba dar de sí para sentirse satisfecho ante el desafío. En ese sentido, entonces, la suya ha sido también una verdadera lección moral.

Porque, literal y metafóricamente, Mascherano se rompió todo: se rompió el culo y se rompió el alma. No se guardó nada para otra vez, que acaso será nunca. La calidad de la gente se mide por lo que intenta, por el grado de entrega y convicción en lo que cree que debe hacer. Sin mirar a los costados. O mirando a los costados sólo para socorrer, apuntalar, hacer con el otro lo que sea necesario.

Siempre decimos que el fútbol (no el espectáculo, no el negocio, no los caprichosos premios sino el juego, lo que pasa ahí adentro) es tan interesante y conmovedor porque se parece –es una versión condensada– a los avatares de la vida cotidiana: se vive como se juega y se juega como se vive. Con todas sus variantes de altruismo y miseria, torpeza y destreza, mezquindad y entrega. Por eso, jugando y viendo jugar se conoce gente: en estos días hemos terminado de conocer –por si fuera necesario– a Javier Mascherano.

Un lujo. Valió el Mundial.

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Imagen: AFP
 
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