CONTRATAPA

Cómo convertir anfetaminas en teoremas

 Por Juan Forn

Entre los años 1936 y 1996, si a un matemático le golpeaban la puerta de su casa en medio de la noche, lo más probable es que fuese el húngaro Paul Erdös. No hacía falta tener una cama disponible para él. La legendaria frase de saludo de Erdös era: “¿Tu cerebro está abierto? Se me ocurrió un problema que podemos resolver juntos”. Dicho lo cual procedía a abrir su valijita, desparramaba papeles sobre la mesa y no le daba tregua a su anfitrión hasta que lo dejaba exhausto y concluía él solo la tarea, mientras el otro dormitaba a su lado. A la mañana siguiente el paper estaba pasado en limpio, firmado por ambos y listo para publicar, y Erdös partía en busca de nuevos desafíos.

En el curso de su vida, Erdös publicó mil quinientos trabajos. El rinde promedio de un matemático es de cincuenta papers en toda su carrera (más o menos uno por año); Erdös llegó a publicar cincuenta por año (es decir, casi uno por semana). Para lograr tal proeza, practicó una verdadera promiscuidad en el rubro colaborativo: más de un tercio de esos papers los escribió en coautoría con algún colega. Son tantos los matemáticos que colaboraron con él que, de los años ’60 a fines de los ’80, se decía que cualquiera que no hubiese trabajado con Erdös, o con alguien que hubiese trabajado con él, no era nadie en el mundo de la matemática.

“En el antiguo Parlamento de mi país había tantos nobles, que sus votos no se contaban: se pesaban. Con mi producción me temo que pasa lo mismo”, le gustaba decir. Lo que hacía único su modus operandi es que Erdös nunca tuvo un puesto de trabajo estable ni domicilio fijo de residencia: entre 1936 (año en que dejó Budapest) y 1996 (fecha de su muerte en Varsovia) practicó el nomadismo matemático en veinticinco países diferentes, dando clases y conferencias, participando de congresos o apareciéndose en medio de la noche por la casa de algún colega o llamándolo larga distancia desde el otro extremo del globo (“Soy Erdös, estoy en Australia. Imaginemos que k es la mayor integral que...”). Se sabía de memoria el teléfono de todos sus colegas en el mundo matemático pero no sabía el primer nombre de casi ninguno. Una vez le preguntaron a quién consideraba sus mejores amigos. Erdös se quedó pensando y contestó: “Mis mejores amigos son los números”.

Einstein decía que había elegido la física antes que la matemática porque ésta plantea tantas preguntas bellas y atractivas que le habría sido imposible no distraerse de las preguntas centrales. Erdös sucumbió de manera impenitente a cada problema hermoso con que se encontró, reivindicando cada día de su vida el ejercicio comunitario, aleatorio y desinteresado de la matemática. Sus únicas posesiones entraban en una valija. Lo asfixiaban las corbatas y los zapatos: usaba siempre la camisa abierta y sandalias con medias. “La propiedad privada perjudica”, decía y donaba casi todo lo que ganaba para poder seguir su vida liviano de equipaje (cuando ganó, en 1983, los cincuenta mil dólares del Premio Wolf en Israel, creó con él un fondo que premiaba la resolución de problemas creados por él mismo: las recompensas iban de uno hasta mil dólares, y se siguen concediendo hasta hoy porque todos los ganadores vuelven a donar el monto obtenido, en su homenaje).

Erdös había nacido en Budapest en 1917, durante una epidemia de escarlatina que mató a sus dos hermanas días antes de que él naciera. Por esa razón, sus padres, ambos profesores de matemática, ambos de la nobleza provinciana húngara, prefirieron no mandar al niño a la escuela y educarlo ellos mismos. A los dieciséis años el joven Paul salió por primera vez de su casa para doctorarse en la Universidad de Budapest. Cuando el regente húngaro Horthy mostró simpatía al ascenso de Hitler, los padres convencieron al joven para que siguiera sus estudios con Louis Mordell en Manchester. Sus padres lo habían sobreprotegido de tal manera que recién cuando pisó suelo inglés y dio sus primeros pasos solo, con diecinueve años cumplidos, tomó conciencia de ello. “Llegué a media tarde a casa de Mordell sin haber comido nada en todo el día. A las cinco sirvieron el té y yo desfallecía de hambre, pero me avergonzó tanto confesar que nunca había enmantecado solo una tostada, que los miré comer en silencio”, confiesa en un fabuloso documental sobre su vida titulado N es un número.

Erdös pasó en Estados Unidos gran parte de la Segunda Guerra, distraído por las matemáticas de la imposibilidad de volver a su país natal. En Princeton, caminando un día con dos colegas centroeuropeos, enfrascados en un problema matemático, no se dieron cuenta de que habían ingresado en zona militar. Dos guardias los detuvieron a punta de fusil. Tan abstraídos venían ellos que contestaron las preguntas de los guardias en alemán (la lengua en que venían discutiendo el problema) y fueron a parar a un calabozo hasta que las autoridades de Princeton los rescataron. A Erdös no le renovaron la visa porque saltó en su prontuario que, meses antes, convocado para participar del proyecto nuclear en Los Alamos, fue rechazado por no cumplir con las pautas de seguridad obligatorias para todos los participantes (Erdös dijo que podían contar con él siempre y cuando le permitieran volver a Budapest cada vez que necesitara ir). Después de la guerra, el gobierno comunista húngaro, en cambio, haría una insólita excepción con él: le concedería un pasaporte especial, único en su género, que lo autorizaba a entrar y salir del país a su antojo.

Su frase favorita era: “Un matemático es una máquina de convertir café en teoremas”. En sus épocas de oro, llegó a trabajar al mismo tiempo con una docena de matemáticos diseminados por toda Europa: tal como los grandes maestros de ajedrez cuando juegan simultáneas, a cada uno de ellos le decía “Le dejo esta inquietud” y se subía a un tren, como un ajedrecista va de tablero en tablero. A los amigos de Erdös les preocupaba su uso indiscriminado de anfetaminas. El ilustre Gerhart Ringel le apostó una vez que era incapaz de dejar de tomarlas un mes. Erdös aceptó el desafío y se abstuvo durante treinta días. Agradeció a Ringel la oportunidad que le había dado de descubrir que no era un adicto. “Pero me he pasado todo este tiempo sin lograr que se materializara una sola idea en mi cabeza. Por tu culpa, la matemática se ha atrasado un mes. Así que, con tu permiso, voy a tomarme unas pastillas y recuperar ya mismo el tiempo perdido”, dijo y retomó su rutina química.

Erdös se había pasado la vida diciendo que la manera perfecta de morir sería en el momento en que hubiera terminado de exponer un problema matemático endiabladamente difícil y se alzara una mano pidiéndole repetir el procedimiento. Erdös contestaría: “Creo que dejaré esa tarea a la próxima generación” y se desplomaría delante de su auditorio. Murió, en cambio, de una manera más fiel a su estilo. Durante un congreso en Varsovia en 1996, quienes estaban a su lado en una conferencia descubrieron que no estaba echándose una siestita sino que había muerto silenciosamente. A sus pies yacía su legendaria valija y en el bolsillo tenía un boleto de tren para viajar esa misma noche a Budapest.

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