CONTRATAPA

Homo Pasado

 Por Rodrigo Fresán

Desde Barcelona

UNO Rodríguez tiene un método infalible para no pensar en el pasado, en su pasado. Cuando comienzan a invadirlo pretéritas y fantasmales visiones del “España va bien” (y nadie pensaba en la política) y la preocupación de la ciudadanía toda radicaba en las hordas de inmigrantes latinoamericanos y centroeuropeos (países donde nunca se dejaba de pensar en política) que llegaban para esquilmar a esta tierra prometida y cumplida; o de cuando su mujer estaba enamorada de él (o decía estarlo); o de cuando la gente compraba libros de Dan Brown y Harry Potter y CD de Alejandro Sanz y Bruce Springsteen y DVD de Almodóvar y Amenábar en lugar de piratearlos amparándose en el argumento de que “la cultura es gratis”; o de cuando Alonso ganaba todas las carreras y Nadal todos los torneos y La Roja todos los partidos; o de cuando Calatrava era el rey de los puentes y Mariscal un monarca de los dibujitos y el Rey era campechano y él solito había desactivado el 23-F... Cuando todo ese pasado más o menos próximo pero tan irrecuperable se presenta, Rodríguez contraataca con una sobredosis del mismo virus. Algo así como el principio de toda vacuna. De ahí que al pasado cercano Rodríguez le inyecte pasado remoto. Y allá va. Como Douglas y Tony, como Peabody and Sherman, como Marty y Doc, como Bill y Ted, como Mort y Ezra preguntándose aquello de “¿Está el pasado tan muerto como creemos?”. Y no quedándose a esperar la respuesta, porque el pasado es un zombi lento pero que tarde o temprano te alcanza y te mastica el cerebro hasta que sólo te queda pensar en el pasado. Marcha atrás. Más atrás todavía...

DOS ... hasta alcanzar esos ambivalentes titulares sobre algo que sucedió hace tanto y tan lejos pero –paradojas de la ciencia no-ficción y del espacio-tiempo– recién ahora comienza a vislumbrarse como algo cercano. Y suben a las primeras páginas de los diarios como si fuesen noticias cuando, en realidad, son como profecías en reversa. Como, por ejemplo y sin ir más lejos, el titular que informa que “La Tierra vivió 3000 millones de años sin núcleo interno”. Y entonces Rodríguez se entera de la importancia de que nuestro planeta cuenta con un “escudo magnético” que desvía buena parte de la radiación espacial y que esa “magnetósfera” –una especie de dínamo esférico de hierro rodeada por una capa de hierro líquido– se encuentra enterrada a más de 3000 kilómetros de distancia, bajo nuestros pies. Y que es mucho más “joven” de lo que se pensaba. Y no es la primera ni será la última de estas nuevas científicas que, de un tiempo a esta parte, se la pasan corrigiendo cálculos antiguos apuntando a que todo pasó mucho después (pero igualmente hace tanto) de lo que se pensaba. Ahá. Ok. Y Rodríguez se pregunta qué es lo que hace esta “novedad” ancestral junto a las andanzas y desandanzas de los políticos españoles que, está clarísimo, tampoco tienen núcleo y probablemente jamás lo tengan. Y se la pasan teorizando sobre lo que vendrá –utopías si se los vota, distopías si se los ignora– cuando, en realidad, lo único que desean sin excepción, incluso los recién llegados como Pudimos o El Ciudadano(s) dentro de muy poco, es volver al pasado. La política es el arte de empezar bien y acabar mal. Los políticos prometen todo antes de tiempo y no cumplen nada después de hora y después quedan dando vueltas por ahí, como González y Aznar y Zapatero, orbitando desorbitados, rogando porque no se los olvide y se los relegue a los manuales de Historia compuestos por leyes educativas que no dejan de cambiar para alegría de sus editores. Y el Rajoy de acción retardada, cuyo presente siempre debió haber sucedido tiempo atrás, por lo menos un par de días. Por debajo de esos y de todos (ahora juntándose para afrontar un gran reto/ desafío/ capricho/ selfie que pone en peligro la unidad de España pero en realidad más que nada preocupados por el centimetraje y minutaje individuales en que se traducen esas “reuniones al más alto nivel”) toda responsabilidad y mantenimiento corresponde a la nuclear magnetosfera.

TRES Y una noche, zappeando un insomnio que ya comienza a ser la manera en que Rodríguez duerme –livianos y agrios sueños, nada que ver con el dulce y pesado sueño de otros tiempos– Rodríguez cambia canales y primero se encuentra con el último y torpe Gatsby. Todo mal allí pero, aún así, el intachable relámpago de ese momento tan bien escrito en el que el enamorado encamisado responde al “No puedes repetir el pasado” que le arroja Nick Carraway con un casi furioso pero sonriente “¿No puedes repetir el pasado? ¡Por supuesto que puedes!”. Y ya saben cómo sigue y cómo termina. Mal. A continuación pasan A Serious Man una de las mejores –y menos mencionadas– películas de los hermanos Coen. Un potente destilado de la mística judía (con ecos de Singer & Bellow & Roth & Malamud & Heller & Friedman) arrancando en un pasado de leyenda hasídica incluyendo dybbuk y terminando con un tornado de proporciones bíblicas y antiguo testamentarias que viene a castigar al protagónico y sufrido y trabajador y trabajado Job moderno. A la mañana siguiente, Rodríguez se cruza, en el parque, con un contingente de saludables practicando eso del backward running: correr de espaldas. Buen ejercicio pero, claro, tiene sus riesgos. Correr de espaldas colina abajo es más seguro que correr de espaldas colina abajo, instruyen los cultores del asunto. Aquí vienen, Rodríguez los contempla pasar, botes contra la corriente y, nunca mejor dicho, caminantes donde sí hay camino: el camino que alguna vez hubo pero que ya no conduce a ninguna parte salvo hacia ese pasado donde, e nuestro recuerdo, todo nos parecía más grande.

El pasado es cada vez más grande, sí, pero nos encoge.

CUATRO En una Europa cada vez más pretérita y disgregada y medieval y nacionalista y sin núcleo interno (y, ahí dentro, mejor no hablar demasiado de lo que está sucediendo en esa especie de Wonderland enloquecida y delirante por las suyas en la que se ha convertido una Cataluña que invoca leyendas lejanas como inestables cimientos para lo que vendrá), el sueño, por fin, le llega a Rodríguez de la mano de una última novedad cósmica que cierra el círculo: el descubrimiento, alrededor de una estrella lejana y extraña –conozcan a KIC 8462852– de “una serie de objetos que viajan a diferentes velocidades y no lo hacen en un plano más o menos fijos como en los sistemas planetarios comunes”. Los más conservadores apuestan a que se trata de “una familia de cometas empujados hacia la estrella por el tirón gravitatorio de un segundo astro cercano”. Los más entusiastas y aventureros apuestan, en cambio, por “megainfraestructuras creadas por algún tipo de civilización extraterrestre y súper-inteligente para aprovechar la energía de la estrella”. Rodríguez, por supuesto, deja de contar ovejas (y de pensar en no comérselas, en comer carne, como alguna vez se llamó a no comer pescado o pollo o frutas o a no comer) para empezar a contar monolitos orbitantes de 2001: A Space Odyssey: esa película con nombre anticuado y passé que, sin embargo, no envejecerá nunca y que cada vez se ve mejor mientras los prehistóricos mastican tapir y arrojan huesos hacia las profundidades del espacio sin tiempo.

Y Rodríguez, a la altura de “My mind is going... I’m afraid”, se duerme.

Con todo el pasado por delante.

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