CONTRATAPA

El pan argentino

 Por Osvaldo Bayer

Desde Bonn

Ya había terminado la guerra. Era octubre de 1945. Yo era alumno de la Facultad de Filosofía, cuando estaba en la calle Viamonte. Fue cuando recibí una carta del presidente de los estudiantes de la Facultad de Filosofía, en Tübingen, Alemania. Me escribía en nombre de sus compañeros: me comunicaba que se morían de hambre, que no tenían ya ni siquiera zapatos para ir a clase a través de la nieve, que con quince grados bajo cero no tenían calefacción en las aulas. Nos pedían ayuda. Organicé lo más rápido posible –pese a nuestras carencias económicas de estudiantes– el envío de paquetes Care con alimentos y ropa. Ese joven que me escribió, veinte años después era ministro del gobierno alemán de Adenauer.
Ayer, en una calle de Bonn me encuentro con la viuda de aquel estudiante y ministro. Gran alegría. Fuimos con mi mujer y ella a tomar un café. Allí nos explica que una organización cristiana de Bonn realiza esta vez la colecta anual para “los niños hambrientos de la Argentina”. El anuncio me dio primero nostalgias y emoción. Pero subjetivamente me llenó de rabia, de indignación, de desprecio a mí mismo y a todo mi país. Hay niños argentinos hambrientos.. Y lo sabe todo el mundo.
Pido permiso unos segundos y salgo a la calle. Tengo ganas de gritar: “¡Ayuda a los niños hambrientos de la Argentina! ¡A los niños argentinos, carajo! Mientras los políticos argentinos cobran coima, sobornos, comisiones”.
Pero el frío me encierra, y sólo me quedo mirando la calle, donde en la nieve picotean unos pájaros gordos.
Los que tenían hambre en el ‘45 ahora nos mandan pan para nuestros niños hambrientos. ¿Qué hicimos todo este tiempo? Tuvimos todos los matices capitalistas de gobiernos peronistas, tuvimos los estreñidos gobiernos radicales que siempre huyen despavoridos cuando se les caen los armatostes que nos han levantado con la bandera y el sol y las palabras libertad y democracia, y la masacre de obreros. Y también tuvimos las más ignorantes, descabelladas y torturadoras dictaduras de los baratos verdugos militares del Ejército argentino. Los alemanes hambrientos del ‘45 envían pan a la Argentina para que no se apague la luz de los ojos de los pibes de nuestras indescriptibles villas miseria.
El país de las doradas semillas de trigo, granos de oro en nuestras fértiles pampas.
Nos despedimos. La viuda de aquel estudiante y ministro me dice: “Nunca me voy a olvidar de los paquetes argentinos del ‘45, desbordantes de harina blanca”.
Qué debo hacer: ¿Sonreír, maldecir, llorar o leer a Kant?
Leer a Kant. Sí, porque me ayuda el hecho de que en febrero se cumplirán los doscientos años de la muerte del Dios de los Filósofos y han comenzado las publicaciones a traer su retrato en las tapas. Es así, a veces en este consumismo irracional se producen milagros. La revista de actualidad Der Spiegel trae el retrato del sabio filósofo y bajo el título de “El proyecto Ilustración”, esta frase de Kant: “Sobre mí, el cielo estrellado; dentro de mí, la ley moral”.
El ambiente intelectual europeo suele llamar a Bach, el Dios de la Música; y a Kant, el Dios de la Filosofía. Pero quitándole toda divinidad al calificativo y sí dándole un tinte de sueño poético. Doscientos años de la muerte de Kant y por el otro lado George W. Bush que gobierna el mundo. Pese a eso, Manfred Geier, uno de los más precisos biógrafos de Kant, acaba de escribir: “Cuánto más he leído a Kant y más he comprendido, más aprendí a apreciarlo y hasta a quererlo. Me ha ayudado a tener una cabeza plena de Libertad con una Moral sin Dios. Kant exige al individuo repetidamente con qué amplitud puede usar su Libertad –aun en lo Malo– sin dañar la Libertad de los demás”. Y agrega: “Kant es hoy la gran figurade la filosofía moderna”. Hasta Derrida se refiere en último tiempo menos a Heidegger que a Kant, como el filósofo del pensamiento libre, del humor sutil (que hay que tenerlo), de la aguda razón, del raciocinio acerca de la convivencia pacífica en un conjunto singular. Los más inquietantes pensadores después de Kant se han expresado en el precipicio, y también dramatizaron todo en forma muy unilateral, como Hegel que salió tras la caza del espíritu absoluto mediante remolinos dialécticos que golpeaban los centros cerebrales, o como Marx que nos quiso llevar de la mano al paraíso comunista o como Nietzsche, al vértigo sin sentido de la Nada. Después de todos ellos, Kant se convierte en el crítico claro de cada intento de amotinarse de la razón. “Porque Kant es un melancólico, que ve la tensión entre la necesidad libertaria del ser humano como su infantil maldad y su pasión por destruir.” Los autores Johannes Saltzwedel y Mathias Schreiber se preguntan: “¿Quién fue este hombre, Kant, que en medio del pasaje turbulento del mundo ordenado jerárquicamente del perdón de Dios y de los idiotizados súbditos que iban llegando al ciudadano de la igualdad moderna, poseía una tan gran medida de clarividencia y que alcanzó una conciencia cosmopolita del derecho tan avanzada?” Schelling calificaba de “oro puro” la filosofía kantiana. Para Kant, la verdad era el criterio más importante de un buen carácter. “Actúa así –aconsejaba Kant– que el precepto moral de tu voluntad pueda valer al mismo tiempo como una legislación que valga para todos.” Imperativo categórico.
En vida de Kant, los obispos todavía ordenaban quemar en la hoguera a mujeres a las que se calificaba de brujas. Setenta años después de la muerte de Kant, en las pampas argentinas se eliminaba a los ranqueles, pehuenches, tehuelches, pampas y mapuches y a sus “chusmas”, como Roca y sus milicos llamaban a las mujeres y a los niños de esos habitantes de las pampas. Un siglo y medio después de Kant, Auschwitz.
Yo sueño con que alguna vez en lugar del brioso monumento al milico Roca, en el centro de mi ciudad de Buenos Aires, pongamos la figura escultórica de Kant.
Un hijo de todos los hombres y mujeres de buena voluntad. Será el tiempo en que la blanca harina argentina se vuelque en todas las regiones donde vivan niños.

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