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Arte y oportunidad de hacer la plancha

 Por Juan Sasturain

Como es sabido por muchos de nuestros lectores, durante su fructífera estadía de cinco años en la penitenciaría de Batán a fines de los setenta, tras el desgraciado e irrisorio episodio que determinó su condena y cautiverio, Salvador El Dudoso Noriega, escribió –con lápiz, con birome, con obstinada regularidad– los textos luego (parcialmente) conocidos y recopilados como Cuadernos de Batán. Se trata de tres o cuatro –hay dudas, discusiones al respecto– cuadernos escolares enteramente cubiertos, saturados por su letra prolija. En general son reflexiones, simples apuntes, retazos de memorias, comentarios de lecturas y espontáneas divagaciones que el mítico máximo bañero de la Popular marplatense escribió con la voluntad de dejar constancia tanto de sus saberes como –sobre todo– de sus perplejidades.

Entre los materiales teórico-prácticos que se han podido recoger, descifrar y poner en limpio –y que permanecen aún inéditos– están las consideraciones agrupadas bajo el título general de Arte y oportunidad estratégica del gesto corporal de hacer la plancha, cuyo contenido esencial transcribiremos. Como todos los textos de esta índole surgidos de la reflexión y sobre todo de la observación y experiencia laboral-existencial del Dudoso durante su década y media de frecuentación de la orilla playera, las conclusiones suelen arrojar resonancias que –como los objetos que el mar devuelve impunemente a sus confines– van mucho más allá de los literales / acotados usos y costumbres. De ahí que cualquier lectura o aproximación metafórica a estas sólo en apariencia gratuitas divagaciones sobre un tema alevosamente menor y despojado de cualquier trascendencia pueden llegar a ser fructíferas e incluso aleccionadoras.

Siempre en los escritos del Dudoso hay un trasfondo ético / moral que no es necesario explicitar. Nadando se conoce gente, sería el apotegma fundacional. Y ése es precisamente el punto de partida, porque, según Noriega, hacer la plancha es (una manera de) nadar. Pero vayamos a un extracto de la Introducción del texto del mítico bañero. Conservamos el tono coloquial y cierta desprolijidad formal que son parte inseparable de su estilo expositorio.

Hacer la plancha

Una idea común y equivocada es pensar y decir que hacer la plancha no es nadar. Y no es así: todo el que se mete en el agua y deja de apoyar los pies en el fondo, lo que hace para mantenerse a flote –haga o no pie– es, por definición, nadar. La diferencia radica en que algunos movimientos involucran activamente las extremidades que operan como propulsoras de las partes inertes o lastre (cabeza y tronco) a las que arrastran; así se dan el estilo pecho, el crol y el mariposa y sus combinaciones. Son los gestos propulsores. Pero además hay otros gestos corporales no propulsores, en tanto no involucran a las extremidades en esa función.

Algunos gestos son meros conservadores de la posición en el lugar mientras el agua se mueve o –mejor– el viento o los elementos provocan las ondas que atraviesan el medio líquido: las olas, bah. A éstos podríamos llamarlos gestos económicos. Y es, por ejemplo, lo que se denomina equivocadamente flotar, manteniendo la cabeza y en general los hombros fuera del agua mientras el cuerpo, vertical o en ángulo de inclinación leve se mantiene a flote mediante el movimiento rotatorio de brazos y piernas. Es un gesto activo para conservar la posición y la flotación. Las otras dos maneras de conservar la posición en el lugar, pero ya sin interesar (sic) a las extremidades en la gestión son el “cuerpo muerto” boca abajo (que requeriría largo espacio explicativo), y “la plancha”, que es nuestro tema.

Hacer la plancha es el gesto económico que consiste en acostarse en el agua y tratar de reproducir las condiciones de flotación propias de cualquier objeto que responda, en su comportamiento, al Principio de Arquímedes (creo): que el peso de la materia sumergida sea igual o menor que el peso del agua desalojada. Así flotan los barcos y así flotan los cuerpos cuando hacen la plancha, acostados sobre o en el agua. Por eso es fundamental no hundir el culo (sic) y no articular la nuca: mirar el cielo, no las uñas de los pies.

Hay muchas maneras de hacer la plancha y no todas tienen el mismo sentido. En principio cabe aclarar que estamos hablando de hacer la plancha en el mar. Es decir, un medio acuoso vivo y cambiante, no pasivo e inerte como puede ser una pileta, por más profunda que sea. El decir: la plancha es siempre una respuesta activa al medio y las circunstancias y no una simple adaptación adhesiva (sic) a un status permanente y previsible. Hacer la plancha en una pileta casera o pública –aunque sea el mismo gesto en términos de posición y actitud corporal– no es nadar sino descansar sin colchoneta: el agua es el colchón. Y el mar, pese a la banderita más celeste del verano, nunca lo es.

Por eso, groseramente, de acuerdo con mi experiencia –y sin considerar por ahora al sujeto planchador, si cabe llamarlo así– se podría establecer que hay tres tipos de plancha, o de maneras de elegir hacer la plancha. La plancha cómoda, la plancha reparadora y la plancha estratégica, con todas sus variantes y combinaciones. Convendría, para completar el sentido de cada una de ellas, combinarlas con las ideas de incompetencia / ignorancia, necesidad y elección más o menos libre.

En principio, hacer la plancha es siempre una elección, más o menos libre. En el caso de la plancha cómoda, es un gesto económico adaptativo al medio que consiste en la fantasía del dejarse estar / dejarse llevar propio de cierto ultraliberalismo existencial (sic) en el que se suelen obviar groseramente la objetiva competencia del mar y su devenir; el que se entrega a la plancha cómoda se supone que deriva su responsabilidad y destino personal a un medio inteligente al que sólo hay que entregarse pues él sabe lo que hace. Que el mar te devolverá la playa, es seguro. Lo que no te dice es en qué condiciones ni a qué costos. La actitud de plancha cómoda suele ir acompañada de la ignorancia de la naturaleza del medio y la incompetencia para afrontar al medio con otras modalidades de nado (gestos propulsores) con la dirección y energía de las convicciones.

La plancha reparadora es resultado de la experiencia; es una elección consciente a partir de la necesidad de recuperar fuerzas tras el maltrato físico sufrido (por incompetencia personal, por simple adversidad o desgracia o la consuetudinaria hostilidad del medio) en el ejercicio inútil o exhaustivo de distintas modalidades del gesto propulsor. El nadador hace la plancha en el mar que lo ha castigado mal. Si la plancha cómoda es tontamente anterior a la tormenta, la plancha reparadora es lo que –si cabe aún– puede intentarse después, por ejemplo, de agotarse en el esfuerzo contracorriente.

Finalmente, la plancha estratégica no es una decisión irreflexiva previa ni una postura desesperada ante la emergencia sino un saludable estado de alerta –similar al “desensillar hasta que aclare” que decían en el campo– que es una mezcla de reconocimiento de incompetencia, necesidad de recuperar fuerzas y rechazo de toda actitud soberbia. Además de conocer la naturaleza compleja del mar, cabe darse cuenta de su condición estacional, temporal o incluso semipermanente. El nadador que opta por la plancha estratégica debe partir del principio de que flotar no es simplemente sobrevivir (no ahogarse) sino darse tiempo para mirar en qué sentido habrá que volver a bracear para no equivocarse: hacia donde está la gente, claro.

Hasta aquí la consideraciones del Dudoso Noriega, maestro de bañeros y reflexivo divagante de la vida en general. Es probable que algún despistado de los que proliferan en este literal encrespado mar de dudas no necesite que llegue el verano para encontrarle algún provecho a las especulaciones manuscritas de los modestos Cuadernos de Batán. Desde ya sabemos que esta vez, como en el Titanic, hay pocos salvavidas y mal repartidos.

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