CONTRATAPA

La devaluación de la transversalidad

 Por José Pablo Feinmann

Podríamos partir de la cuestión de la transversalidad, de la actual devaluación de este proyecto. El proyecto existió y existe. Y hasta podría decirse que esa existencia se debe pese a su nombre. La palabra transversalidad tiene inconvenientes de todo tipo. No tiene transparencia. El hombre cotidiano la lee y no imagina nada. O se deriva hacia la confusión. “Transver” pareciera más cercano a cierta mirada mística o a alguna forma de espiritualismo esotérico: “ver más allá”, “ver a través de”. Tener una visión privilegiada. Pero sería arriesgado proponer que, en política, la visión que va “más allá” o “a través de” sea la más aconsejable o, al menos, la hegemónica. En cuanto a la palabra en sí –“transversal”– la riqueza de propuestas del opulento Diccionario de Moliner no logra aclarar mucho. La idea de una línea que atraviesa algo consigue imponerse. Y una de las definiciones acaso contribuya en esta búsqueda: al ubicar a “lateral” o “colateral” como sinónimos de “transversal” la Sra. Moliner define: “Se aplica con relación a una línea genealógica a otra que procede del mismo tronco”. Créase o no, esto nos acerca a nuestro elusivo objeto: el peronismo.
Todo aquel que visita este país se desgasta interrogando a algunos de sus habitantes sobre qué “es” el peronismo. Creo que hay que empezar a responder que esa pregunta no es, ante todo, peronista. El peronismo no “es”. Nada más claro: lo ha dicho desde sus orígenes. Siempre se definió –por medio de la creatividad conceptual de su creador, que fue, a la vez, su principal y casi excluyente pensador orgánico– como un “movimiento” y no como un “partido”. Aquí hay una punta, no la perdamos: un “partido” se aproxima más a la fijeza de lo que “es” que un “movimiento”. Un partido es una parte, una parte no es el todo. El partido, entonces, es una parte que ha decidido diferenciarse. Un partido es una diferencia. Una diferencia con todo lo otro que es. Alguien pertenece a un partido porque adhiere a una determinada visión de la política. Esta “determinación” le entrega al partido una mayor tendencia a lo identitario. Al cabo, si tengo una identidad es porque, negativamente, ella se define por no ser todo lo que ella es. Una vez establecido que mi identidad es una diferencia que propongo entre la parte que elijo como propia y el todo sólo me resta explicitar por qué mi parte no es el todo. Es decir, qué es mi parte. No sólo en qué se diferencia sino cómo se identifica: cuál es su ser. Hombre pragmático, ligado a la sumatoria de fuerzas, Perón desecha el concepto de “partido”. Un partido “es” algo pero este ser le impide la incorporación de todo elemento que requiera ser incorporado. Un “partido” es una fijación: “es” algo y, siéndolo, no es, no puede ser muchas cosas. Un “partido” no suma, resta. Fija una identidad, acaso una ideología, pero, por hacerlo, excluye demasiado. La práctica del “conductor” es la de la unidad de lo diverso. Unir lo diverso es sumar. Sumar es acumular poder. De aquí que el peronismo haya acudido al concepto de “movimiento”. Un movimiento es elástico, se mueve, se expande, incorpora y no excluye. Un movimiento –si se permite decirlo así– más que ser, deviene. El movimiento no “es”, el movimiento es acción, movilidad, inclusión constante, expansión ilimitada. El movimiento es devenir puro. El partido “es”: tiene identidad clara pero no se expande, no suma, no deviene. El movimiento “no es”: se mueve, deviene. Su identidad es laxa. De aquí su cercanía con el populismo. Un partido se basa en una teoría, esa teoría expresa su racionalidad. Un movimiento populista se expresa en una serie de formulaciones vitales, de valores, de propuestas que buscan despertar más la adhesión sentimental, la emocionalidad que la fría apodicticidad de la razón. De aquí que requiera la figura del líder como punto único de confluencia. El líder es al movimiento lo que el juramento es al partido. Los partidarios de un partido juran su fidelidad a una norma, a una legalidad estamental que se expresa en ideas, axiomas, valores no negociables. En cuanto tal: únicos, claros, estables. El juramento hace “ser” al partido lo que es. El movimiento, ahí donde el partido ubica al juramento, pone al “líder”.
¿Qué “es” entonces el peronismo? Está claro que el peronismo no es, deviene. Pero hay algo que “es”. Ser peronista (hoy, todavía) es pertenecer a un movimiento en el que todos, para hacer política, tienen que ponerse la máscara de Perón. De esta forma, el peronismo se remonta a los orígenes más originarios de nuestra historia. Nuestra historia nace con una máscara. La máscara nace con la argentinidad. La Revolución de Mayo no se presenta como eso que “es”: un movimiento separatista del poder real español. No: miente, simula, se “enmascara”. “Nuestro Rey Fernando”, dice, “está en manos de la perfidia de los Bonaparte. Lamentamos que no pueda gobernarnos. Lo haremos, de aquí en más, nosotros pero en su nombre”. Nuestro movimiento independentista nace enmascarado, se pone la máscara de Fernando VII y lleva adelante la emancipación con la máscara del opresor. En ausencia del Amo, nosotros, los Siervos, hemos decidido gobernarnos. Pero lo hacemos en nombre del Amo. No bien el Amo deje de ser un Amo cautivo, nosotros volveremos a ser lo que éramos, sus siervos. No era así: la revolución se hace contra Fernando... pero en nombre de Fernando.
Ser peronista es tener que hacer política con la máscara de Perón. Ser peronista implica asumir, enmascarándose, una verticalidad asumida por todos. Un juramento-máscara que es casi el único factor de unidad en un movimiento en el que hay de todo. Hay diez, cincuenta facciones. No importa. Todos son peronistas. Todos se ponen la máscara de Perón. O si se quiere: de ese peronismo que, vagamente, todos dicen que Perón representaba y al que declaran ser fieles. Jorge Semprún, con una mirada muy de europeo, muy conocida por nosotros y muy, también, comprendida, declara: “Cansa un poco ver el arraigo de la forma de populismo que rige en la Argentina, que es el resabio del peronismo”. Acaso lo que canse, fastidie y termine por agotar a la mirada externa es la incomprensibilidad del fenómeno. ¿Cómo puede todo un país ser peronista? La Argentina “es” peronista como Moreno y Castelli eran siervos de Fernando VII. Sólo por medio de esa máscara pareciera posible hacer política. Esto tiene raíces hondas en lo popular. Todos conocen esa frase de un personaje de Osvaldo Soriano: “Yo nunca me metí en política. Siempre fui peronista”. O la del líder sindical Lorenzo Miguel: “Ser peronista es comer tallarines los domingos con la vieja”. Las dos frases –sobre todo la segunda– tienen mucho de fascismo. La del “inocente” que nunca se metió en política expresa una delegación total de la voluntad propia en la del “líder”. Expresa, también, una despolitización que se une, peligrosamente, a la pureza de un vínculo originario, sencillista, irracional: auténtico. La de Miguel es claramente nacionalsocialista y fue dicha para atacar a los zurdos de la Jotapé: nada de ideologías extrañas, el peronismo no es la lucha de clases, ni es la revolución, es la familia (la “vieja”), la comida de la buena clase obrera inmigrante y laboriosa (los “tallarines”) y el día que Dios nos dio a los cristianos (enemigos todos del comunismo ateo) para descansar (el “domingo”). De aquí la caída (o la devaluación) de la transversalidad. Si “transversal” es, según Moliner, una línea lateral a otra que pertenece al mismo tronco, lo transversal no inaugura una nueva raíz: sólo es la lateralidad de “un mismo tronco”. Ese “mismo tronco” sigue siendo el peronismo en tanto “máscara de Perón”. Esta persistencia de la realidad argentina tal vez implique que aún todo aquel que desee crear algo nuevo, algo distinto del peronismo tenga que decir que lo quiere porque es peronista. Habrá que pensar la política argentina (o, sin duda, ese enorme espacio que es el peronismo, ese espacio que suele ser el “todo”) como un baile de máscaras.

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